OPINIóN
Actualizado 25/04/2026 07:20:12
Juan Ángel Torres Rechy

En la poesía china, la mancha de tinta pone de realce escenas simples: montañas, ríos, campesinos. Esa estética, bajo la mirada hispánica (latina), podría llamarse vida retirada

La ida y la vuelta son diferentes. En mi caso —diferente de Ulises—, la vuelta es corta. Al inicio de Pedro Páramo, la novela de Juan Rulfo, el narrador, o algún personaje, dice algo parecido, sobre la impresión del camino según va o vuelve (sube o baja).
Para un escritor, la palabra no es el instrumento de trabajo. En cambio, la persona se convierte en el instrumento de la palabra. Eso no constituye ninguna novedad para los escritores, ni probablemente para los músicos, si en lugar de escritura decimos música. Para la pintura, no obstante, cabría una salvedad: con un grano de sal diremos que Pablo Picasso habría preferido ser poeta —por lo menos, lo intentó—.
Qué es la poesía, podríamos preguntarnos a 150 años de Bécquer. Provisionalmente, si sostenemos que la palabra emplea al autor para aparecer en la hoja en blanco, diremos que la poesía es la estampa impresa en composiciones como el Romance sonámbulo, de Lorca.
En la poesía china, la mancha de tinta pone de realce escenas simples: montañas, ríos, campesinos. Esa estética, bajo la mirada hispánica (latina), podría llamarse vida retirada.
Otro tipo de retiro es el de Tarabas, personaje de la obra homónima de Joseph Roth. Su retiro fue diferente, purgó una pena, para volver al mundo a ofrecer una disculpa. Otro retiro diferente, no externo sino interno, en alguna morada del alma, es el de Christmas, de Luz de agosto, William Faulkner.
Desde la perspectiva del compromiso social, Alejo Carpentier no dejó de echar en cara la supuesta falta de este compromiso por parte de Jorge Luis Borges. No quiso entender lo que el mismo Borges, tal vez también con Joaquín Soler Serrano, dijo a propósito de la ficción: sin su clave, no podrían abrirse puertas al bien común, que de otro modo quedarían cerradas.
Las olas (Woolf), Justine (Durrell), La verdadera vida de Sebastian Knight (Nabokov), Nocturno hindú (Tabucchi), La bruja y el capitán (Sciascia), Bartleby (Melville), Cervantes (otro grano de sal, con El Quijote): en esas obras, queda manifiesta la imposibilidad de establecer un criterio único en torno a una circunstancia: la sospechosa locura del Quijote —palabras de Ernesto de la Peña, creo—, actúa en relación con el entorno. En otras palabras, Macedonio Fernández habló de su incapacidad para afirmar que quien roba es ladrón y quien reza santo.
En La casa de Asterión, de Borges, el oponente, el minotauro, no ofrece resistencia a la espada que lo embiste. Otro personaje del autor argentino, Tzinacán, La escritura del dios, tampoco levanta la mano cuando puede desprenderse del yugo y conseguir la libertad. Ni lo hace el personaje de El sur. Todos ellos asumen, en cambio, el destino que la realidad les ha administrado. Ni ellos, ni el personaje de El libro de arena sustituyen la verdad del destino por la de la magia conquistada. En su conjunto, conservan el mundo tal como lo resguarda la Historia.
Afirmar el pensamiento mágico no descarta abogar también por la razón. Ni optar por esta última descarta la validez del primero. La ficción de Borges no se enfrenta al puño cerrado de Carpentier (más granos de sal).
La perspectiva de la ida y la vuelta es diferente. A la vuelta de la literatura citada, el encantamiento ha impregnado el mundo hasta reducirlo a lo simple y puro, como una taza de té, un Alonso Quijano. Al menos, esto es lo que veo en el paisaje chino. Un problema adicional lo representa, sin embargo, establecer el punto de llegada y partida.
torres_rechy@hotmail.com

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