OPINIóN
Actualizado 19/04/2026 17:16:35
Ángel González Quesada

Con más pena que gloria (mediática), y con un eco mil veces menor que cualquier trivialidad, hace días murió Jürgen Habermas, uno de los mayores pensadores del siglo XX y una de las personalidades filosóficas que, junto con Hannah Arendt, Theodor W. Adorno, Herbert Marcuse, Cornelius Castoriadis o Michel Foucault (y pocos más, tan desconocidos como fundamentales para la historia del pensamiento en el siglo XX), definieron críticamente, filosóficamente y con clarividente argumentación, la deriva actual del pensamiento político hacia el foso de intrascendencia y puerilidad (social, económica y cultural), que explica el origen del cataclismo sociopolítico global de hoy, y que anunciaron, “profetizaron”, analizaron y advirtieron (y aventuraron elementos y medios de acción y defensa) y que, de haber sido leídos con atención, hubiesen tal vez evitado la actual caída de la acción política y pública en un reaccionarismo que extiende la implantación social de las plusvalías del poder.

Valorar, hablar o citar, en las actuales circunstancias sociopolíticas globales, los fundamentos de la Filosofía, especialmente en su rama política, puede parecer un brindis al sol y una pérdida de tiempo, porque los grandes presupuestos de la Filosofía Política (la teoría de la verdad, la identidad del sujeto democrático, la igualdad, la sociedad libre o la ideología) parecen perder significado y carecer de sentido en un mundo que hemos dejado en manos de codiciosos incendiarios de la honradez y de la inteligencia.

Pero aun en un artículo de opinión como este, incluso en cualquier hoja volandera u opinión expresada ante muchos o pocos oyentes, defender los grandes presupuestos del entendimiento humano y los fundamentos de la fraternidad universal (sé cómo suenan esas palabras hoy), se revela ahora mucho más necesario, indeclinable y casi obligatorio en cualquiera que no haya renunciado a sí mismo en brazos de la indiferencia.

Hay mil preguntas que interpelan sobre qué es lo que puede hacerse contra la irracionalidad y el absurdo (y la fuerza bruta económica y militar), sobre todo qué es lo que podría hacerse desde posiciones de ciudadanía “normal”, desde la vida de vivir del llamado ciudadano de a pie, y parece que la respuesta tipo (o la auto respuesta) es que nada puede hacerse y que habrá que dejar que todo lo dicte esa codicia política, usurera y ladrona, sentándose el indefenso ciudadano a mirar pasivamente, con una conciencia (falsa) de que a él en poco o nada afecta la situación y, por tanto, menos puede hacer para cambiarla.

La respuesta, sin embargo, debiera ser la contraria: huir de la indiferencia, sentirse concernido por cada víctima y cada injusticia y no permitir, sin respuesta, la expresión de apoyo al reaccionarismo ladrón, al fascismo rampante, al crimen, a la guerra y a la desigualdad instaurada; defender los propios principios con los argumentos a mano, sea cual sea el nivel expresivo, de conocimiento o de influencia de quien lo defienda; mostrarse como activo elemento no tanto en contra de la brutalidad y la imposición como a favor de sus contrarios, coincidentes casi siempre con los principios fundamentales tanto de la Filosofía Política como, sobre todo, con las grandes lecciones morales, humanas y de ética pública que contiene, en general, la Filosofía.

Arrinconada la Filosofía en los planes de enseñanza, sobre todo en los niveles primarios y secundarios (también universitarios), y tildada si no de asignatura “maría” sí de relleno de expedientes académicos y de redondeo de calificaciones escolares, el admirable esfuerzo que cada vez menos docentes y profesor@s realizan para explicar, respetar y elevar la Filosofía al lugar que le corresponde, se ve demasiado a menudo contestado por el desprecio de un alumnado ignorante, inculto y amorfo, no solo en ámbitos familiares sino en el veneno de la imitación, del seguidismo estúpido y un equivocado gregarismo adquirido en esas mismas aulas cuyas paredes ensucian ahora con las babas de su desprecio.

La Filosofía Política no es más que una rama de la gran Filosofía, la desprestigiada materia académica cuya defensa será, ha de ser, el último reducto que podrá librarnos de caer en la irrelevancia, el rebaño y la sumisión. Y en el silencio. Defender la Filosofía, y no tanto a los que quieren cuadricularla, es defender el reino de las preguntas y las búsquedas, el sendero del lenguaje, los atributos de la lógica y la racionalidad, las ventanas abiertas de la ética, la buena acción, el pensamiento incómodo, la crítica, el error y la rectificación, la reflexión, la axiología y los cimientos de la ciencia, el sentido de la historia, el valor del tiempo, los espejos de la antropología y hasta el derecho a creer… en lo increíble. Defender la Filosofía es, por encima de todo, disponer frente a la irracionalidad del más potente y efectivo mecanismo de autodefensa que pueda imaginarse.

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