Este capicúa, como las ocho palabras palíndromas que voy a incluir en estas líneas, por si alguno las quiere contar, es el número de médicos cuyo título obtenido fuera de España ha sido homologado en 2025 por el Ministerio de Ciencia. La titular de la cartera, Diana Morant, declaraba la semana pasada que se trata de “un acto de justicia” y que su “incorporación laboral a nuestro día a día favorece la economía española”. Según la noticia firmada por Elisa Silió en El País, “por fin, el sistema de convalidación de las carreras, másteres y doctorados cursados en universidades foráneas parece haber dado con la tecla”. La tecla Esc diría yo.
Prácticamente a la vez, desde otro Ministerio, el de Sanidad, que no homologa los títulos de graduado en Medicina sino los de especialista, el secretario de estado Javier Padilla vino a reconocer la “ceguera selectiva” del Ministerio ante las contrataciones de médicos con título de grado homologado pero sin especialidad reconocida. Estas contrataciones, sin necesidad de activar mucho el radar, ya son masivas en toda España para ejercer las funciones propias de especialistas en Medicina Familiar y Comunitaria, sin tener dicha especialidad. Padilla afirmó que el Ministerio trabaja en un plan para afrontar de manera “clara y decidida” esta cuestión.
Motivos hay para ser escépticos, si dentro del mismo Gobierno se avanza por caminos difícilmente convergentes, el de bajar claramente el listón en la homologación de títulos mientras se dice, con la boca pequeña hasta que no demuestren lo contrario, que quieren dejar de hacer la vista gorda. Compleja retractación ante tantos hechos consumados, cuando los gestores sanitarios de toda sigla política se han dedicado a nadar y guardar la ropa aferrados al argumento de la cobertura del servicio. Somos muchos los médicos que alertamos del deterioro en la calidad asistencial que esto supone pero parece que estamos muy solos ante el escaso eco mediático de nuestras alertas, que tampoco es que lancen con demasiado brío (a veces con ninguno) tanto colegios profesionales como sindicatos o sociedades científicas. Se les azuza pero... ¿Y los pacientes lo saben? ¿Lo votan? ¿Lo acatan?
En la mencionada noticia de Silió se reflejaban, con un enfoque bastante crítico, las trabas que se ponen a la homologación de títulos en Odontología. Al referirse a los médicos se enlazaba a otro texto de hace dos años en el que se justificaba la contratación de médicos sin especialidad, pues se achacaba a la lentitud de los procesos “un desperdicio de talento”. Pero no, no se trata de juzgar el talento de nadie, ni las situaciones concretas de cada uno.
Como médico rural, desde que la pandemia abrió aquella puerta tan peligrosa, he sido compañero de muchos médicos sin especialidad que están trabajando conmigo, ejerciendo las mismas funciones que yo asumo después de haber completado la formación MIR para la que tuve que examinarme y en la que, durante cuatro años, se me evaluó. No son menos compañeros, los tengo por supuesto como tales, pero esto no impide que, una vez más, aunque me llamen don Erre que Erre, repita que así no se da con la tecla, y que, mientras el secretario de estado de Sanidad no sea más claro y más decidido, la de degradar la especialidad de Medicina Familiar y Comunitaria, equiparándola con grados en Medicina obtenidos en docenas de países del mundo, es la tecla Enter que han decidido pulsar los que gestionan el Sistema Nacional de Salud.