OPINIóN
Actualizado 16/04/2026 10:37:57
Ángel González Quesada

“Úsame, utilízame; puedes hacer lo que quieras; si quieres hazme bandera o barquito de papel. Qué más da, a ti qué más te da…” ALBERTO CORTEZ.

La mayor parte de los correos, las “cartas” y los mensajes que uno recibe en los últimos tiempos, tienen el inconfundible ‘olor’ de la I.A. No es ésta una queja sobre la Inteligencia Artificial generativa, herramienta muy útil para los trabajos diarios repetitivos, predecibles y fatigosos. Y, sobre todo, para la investigación técnica y científica de alto nivel. Y otras labores técnicas y super especializadas. Útil para mucho. No tanto para las relaciones humanas. Ni para el conocimiento. Ni para nosotros mismos cuando queremos ser… nosotros mismos.

La eficiencia aumenta, el error desaparece y con él la lentitud de la reflexión, el tiempo de pensar y el deseo de hacerlo (quiero creer que seguirá habiendo quienes aún valoren su pensamiento y quieran utilizar su tiempo para crear, con sus imperfecciones, sus ensayos y, sobre todo, sus errores). Sería ingenuo, e incluso inútil, rechazar una tecnología tan útil y fascinante como la I.A., una herramienta que está entre nosotros y va a seguir creciendo, perfeccionándose y ocupando espacios. La cuestión que quiere plantearse en estas líneas no gira en torno a su existencia sino a nuestra actitud frente a ella; pregunta por la dimensión de lo que estamos dispuestos a delegar y se interroga sobre qué parte de nosotros consideramos irrenunciable.

Jóvenes, y no tanto, hablan con la I.A. como si fuera un amigo, un confidente, un consejero, sintiendo que la herramienta los quiere tal como son porque no les discute nunca y siempre les da respuestas, engañándose con la ilusión de una compañía ideal, sin el riesgo de la discusión, de la discrepancia, de la opinión distinta, en una relación sin heridas, pero también sin nada que aprender. Jóvenes adolescentes, y no tanto, se pasan el día en TikTok, en Instagram, sin saber escribir, convertidos en cuerpos sin autonomía, robots que solo responden a señales, impulsos…

Hay en la realidad como una fatiga, un cansancio de pensar y cierta certeza de que se hubiese encontrado un lugar donde descansar: la I.A. Una tecnología que ha llegado arrasando con todo y ante todo, también con nosotros mismos. Y la hemos aceptado sin resistencia, con entusiasmo y hasta con alivio y no pocas dosis de agradecimiento. Gobiernos, empresas y, sobre todo, ciudadanos de a pie, parecen celebrar la llegada de una herramienta que escribe, responde, crea, otorga tiempo para descansar, relajarse, abandonarse… Algo que esconde, o muestra claramente, un diabólico precio: la renuncia a ser nosotros mismos.

Lo que perdemos en esa renuncia es brutal: la capacidad de pensar, de dudar, de equivocarnos, demorarnos, recorrer caminos que no llevan a ninguna parte, reír, rectificar... La I.A. no duda, no se pierde ni se contradice, pero avanza como quien ya conoce todas las respuestas, porque en realidad las conoce, y no hace más que reorganizar lo ya dicho, lo ya escrito, lo ya vivido por otros, con un lenguaje hecho de ecos de lo que fuimos.

Como en los grandes autoengaños, como en las obsesiones y las destructoras dependencias, se escucha a miembros de colectivos de todo tipo, principalmente de la educación, la enseñanza y el academicismo, aunque no solo, jactarse de los avances y ventajas que consiguen en su trabajo mediante una herramienta destinada a sustituirlos y, como en las grandes adicciones, aseguran en vano, cual modernos yonkis en aulas, grupos, chats, páginas y sitios de notable fanatismo tecnológico y poco sentido del ridículo, que podrán prescindir de su dependencia cuando lo deseen.

Hay categorías y atributos en el ser humano que no pueden formalizarse matemáticamente, que no son predecibles ni escalables, que escapan a los patrones y huyen de las estadísticas: la intuición, la sensibilidad, el pensamiento que nace de la experiencia y del cuerpo, la nostalgia, el paso del tiempo, el amor, la furia... Defender todo esto es de algún modo una forma de resistencia; pensar sin red, sostener una idea por muy imperfecta que pueda ser, es una tarea que hoy, frente a la I.A. generativa, parece romántica, atávica y hasta inútil, pero que puede emocionar en lo más simple, en, como ahora mismo hago, haber escrito esta frase yo mismo, haber elegido una palabra y no otra, borrar, volver a empezar, equivocarse...

Tal vez con la llegada de la I.A. generativa, a mi juicio un acontecimiento al mismo nivel, si no superior, a la imprenta, el lenguaje o el cálculo infinitesimal, se haya planteado la verdadera encrucijada de nuestro tiempo, que no es saber lo que la Inteligencia Artificial pueda hacer, sino lo que nosotros estamos dispuestos a dejar de hacer, no por el tamaño de la herramienta sino por el de nuestra renuncia. Porque al final, la pregunta no es cómo será, qué hará ni hasta donde llegará la I.A.; la pregunta es qué será de nosotros.

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