Ana María, Marcial y Gladys relatan cómo los Itinerarios Sociales de Cáritas les han devuelto la ilusión y las redes de apoyo
Detrás de las cifras y los programas de acción social se esconden historias de resiliencia y superación personal. El Proyecto de Itinerarios Sociales de Cáritas Salamanca se ha convertido en un refugio vital para decenas de personas que, por diversas circunstancias de la vida, necesitaban un impulso para seguir adelante.
La iniciativa, centrada en combatir la soledad no deseada y fomentar el bienestar emocional, exige a sus participantes un compromiso de asistencia de tres días a la semana. A cambio, ofrece un espacio de comprensión, aprendizaje y, sobre todo, calor humano.
Tres de los integrantes del actual grupo comparten cómo esta experiencia ha transformado su día a día, demostrando que siempre es posible reconstruir las redes sociales y encontrar nuevos propósitos, independientemente de las adversidades sufridas.
Natural de Valladolid, Ana María Rivero experimentó un profundo aislamiento tras quedarse viuda hace cinco años. Después de cuatro décadas de matrimonio, la pérdida de su marido en la capital vallisoletana la sumió en una profunda tristeza que la llevó a encerrarse en sí misma.
"Yo no quería hablar con nadie, no quería salir a ningún sitio. Mi marido se fue y yo me hundí con él", relata con sinceridad. Fue su hija quien dio la voz de alarma al ver que su madre, literalmente, "iba a acabar consigo misma".
Su entrada en Cáritas se gestó tras un ingreso hospitalario crítico en el que Ana María tuvo que someterse a una grave intervención quirúrgica por problemas de circulación en la que, según sus propias palabras, la "abrieron entera". Fue entonces cuando su hija, a través de una amiga logró vincularla al proyecto. El programa no solo le ha ayudado a superar el duelo, sino a romper una dinámica de aislamiento que arrastraba desde hacía décadas, ya que durante su matrimonio no le estaba permitido cultivar amistades ni con hombres ni con mujeres.
Hoy, celebra haber descubierto el valor de la amistad incondicional. "Me han levantado del todo, de que estaba completamente hundida. Me gusta ayudar a todo el mundo, no espero nada a cambio, simplemente una sonrisa", asegura Ana María, quien destaca el fortísimo vínculo que ha forjado con compañeros como Marcial, una amistad que "no quisiera que se rompiera por nada del mundo".
El testimonio de Marcial López Martín, natural de Guijuelo, es un ejemplo de fortaleza física y mental. Tras un divorcio y una etapa vital que él mismo define como "vivir la vida loca", sufrió hace cuatro años un gravísimo accidente de moto que motivó su traslado médico a Salamanca. El siniestro le provocó la pérdida de una pierna, múltiples fracturas en la tibia, el peroné, la pelvis por tres sitios y las cuatro costillas, además de un hematoma craneal y la necesidad de someterse a once operaciones quirúrgicas.
Tras pasar por los centros de Ranquines y Casa Samuel, y tras haber atravesado una profunda depresión, se incorporó al itinerario social, donde destaca el trato recibido por profesionales como la coordinadora Ana Cruz o la cocinera Lucía. A pesar de las secuelas físicas, de convivir con un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) y de estar a la espera de una próxima intervención, porque tiene la cadera rota, Marcial participa activamente. Su fuerza de voluntad es tal que incluso se mantiene de pie durante el módulo de cocina y acaba de matricularse en clases de informática.
Su implicación va más allá de ser un mero participante. Marcial forma parte de un Grupo de Ayuda Mutua (GAM) surgido en el centro Ranquines y utiliza su propia experiencia para ayudar a otros. Recientemente, ante una compañera que le confesaba su incapacidad para empatizar, Marcial pudo demostrarle cómo el programa le ha enseñado a él a practicar la escucha activa. De hecho, actualmente apoya a una de las compañeras de Casa Samuel, Sara, a gestionar y comprender su propio diagnóstico de TDAH.
"En vez de guardar rencor a ciertas cosas, he elegido querer, y es muy diferente", reflexiona Marcial. "Intento dar ejemplo a personas que, aunque se vean mal, crean que tú estás peor. Tienes que tirar adelante", subraya.
Para Gladys María Casola, el proyecto ha representado un arraigo fundamental en España, país al que llegó hace exactamente cuatro años y ocho meses. Madre de tres hijos, tras 48 años de matrimonio y nueve de viudedad, la pandemia de la COVID-19 la sorprendió sola en Venezuela. Decidió entonces cruzar el océano en solitario para reunirse con una de sus hijas, su yerno y sus dos nietas.
Tras residir ocho meses en la localidad de El Encinar, se estableció en la capital salmantina. Su vínculo con Cáritas comenzó precisamente acompañando a sus nietas a las clases de apoyo escolar de la entidad, y hoy su implicación es total: "Yo en Cáritas participo en todo, desde el lunes hasta el viernes".
"Para mí Cáritas es mi familia, son mis amigas, mis hermanas, mi todo", afirma con emoción. Su participación en el itinerario social le ha permitido cumplir su deseo de aprender en los talleres de cocina -una oportunidad que agradece profundamente, ya que a veces "la edad limita" el acceso a estos cursos-, además de asistir a clases de ganchillo e informática.
Durante las sesiones de cultura general, Gladys tuvo la oportunidad de exponer sobre su país natal, un momento que vivió con tanta intensidad que llegó a emocionarse hasta las lágrimas. Al mismo tiempo, demostró sus amplios conocimientos sobre geografía española compitiendo amistosamente en un juego de trivial con la propia coordinadora del programa, unos conocimientos adquiridos tras aprobar recientemente el examen del Instituto Cervantes para solicitar la nacionalidad. De su paso por el programa de Intinerarios Sociales de Cáritas, destaca la integración absoluta: "De aquí salimos con cambios, transformaciones y restaurados. Es un equipo maravilloso donde todos participamos", concluye.