OPINIóN
Actualizado 14/04/2026 09:50:14
Francisco Delgado

Durante muchos años he tenido la impresión o prejuicio de que los japoneses, si no tienen imposibilidad, sí tienen gran dificultad para entender el concepto y la capacidad de espontaneidad que poseen la gran mayoría de los seres humanos.

Como la espontaneidad es un instrumento muy valioso para utilizar en la técnica de grupo llamada psicodrama, decidí hace unos 50 años inscribirme en un Congreso Internacional en Amsterdam ( debido a mi profesión de psicólogo) y participar allí en un Taller de psicodrama de terapeutas japoneses. ¡Cuál fue mi sorpresa cuando comprobé que en la metodología utilizada en el taller no había lugar para la espontaneidad! Los/as asistentes al Taller que hacían el papel de enfermos, fueron provistos de un guión para leer su papel, pero no se les dio ninguna posibilidad de improvisar, inventar, transmitir emociones espontáneas. Tuve una respuesta contundente a mi duda: en la cultura japonesa hay muchas virtudes y utilidades, pero no hay lugar para la espontaneidad.

Unos años antes de este Congreso de Amsterdam, tuve la posibilidad de asistir como becado en Paris a las consultas de dos famosos psiquiatras infantiles, los Drs. Lebovici y Diadkine. Un día, mientras un pequeño grupo esperábamos en la consulta, un psiquiatra japonés se quejaba con tristeza de que su hijita no cantaba bien, y todos en la familia estaban muy preocupados; en Japón, nos explicaron al resto, si un niño/a canta mal, está considerado que tiene un síntoma del que debe tratarse. Al oír esa opinión los demás nos reímos con respeto. En Occidente estar dotado para cantar lo concebimos como una gratuita dádiva de la naturaleza, que no está conectada con la salud mental previa del niño o niña.

Finalmente, como tercera anécdota, también en Francia, conocí en Dijon a una joven mujer japonesa con la que coincidía en el autobús casi a diario; ella iba a hacer su diaria visita al cementerio y yo iba al Hospital de la Chartreuse, Centro Psicoterapéutico, para seguir mi formación en Psicodrama con enfermos mentales. Ya con suficiente confianza me contó que se había quedado viuda de su primer marido hacía unos cuatro años y que ella había decidido quedarse a vivir en Dijon, donde no tenía más familia ni ocupación que recordar a su marido fallecido y encargarse de mantener presentable y limpia la tumba. Me comentó que quería tanto a su marido que aún su habitación y el resto de la casa la mantenía exactamente como estaba el día que él murió. No podía concebir, esta joven mujer, que pudiera vivir más feliz que con ese modo de vida elegido.

Además de asombrarme de la intensidad atemporal de ese amor, me pareció de nuevo que la joven japonesa no podía improvisar espontáneamente, (sin sentirse traidora a su marido), algún cambio de vida de que le ayudara a descubrir que en algún momento de su vida futura podía recuperar la felicidad de enamorada, que el Destino le había quitado, pero que de nuevo podía reponérselo.

Si hay dos momentos vitales en los que más frecuentemente surge la espontaneidad del ser humano es en el momento de conocer a nuevas personas y en el momento de despedirse de otras. Pero, para mí, con estas experiencias quedó claro que los japoneses poseen una vida tan reglamentada en cada momento que les es muy difícil pensar en términos de la capacidad terapeútica que tiene todo ser humano con su espontaneidad.

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