OPINIóN
Actualizado 12/04/2026 22:14:28
Concha Torres

A mis mayores les gustaba cumplir con las tradiciones culinarias en el momento exacto; de niña jamás vi un pedazo de turrón suelto por casa antes del 24 de diciembre, un roscón tempranero antes del 5 de enero, torrijas fuera de la Semana Santa y, por supuesto, nunca un Hornazo antes del Lunes de Aguas. Luego los plazos se prolongaban varias semanas, ahí eran menos rigurosos: los restos de turrón perduraban hasta febrero, el roscón se desayunaba y merendaba durante varios días y el hornazo servía para un par de cenas frías antes de tener que partirlo con un hacha. No sé si estaban en lo cierto o no, pero sí se que entonces, aquellas delicias las esperábamos salivando y no se encontraban en las cartas de postres de los restaurantes acompañadas de tres o cuatro frases de texto para describirlas.

Hoy me voy a dar un baño de costumbrismo gastronómico, porque escribo a la vez que espero con ansia el Lunes de Aguas, que celebraré con los salmantinos de Bruselas, que son bastantes más de los que ustedes se piensan y que andan y andamos todos a la espera de catar un cuadradito de esa empanada que se llama también nostalgia. La expatriación tiene quizás ese lugar común con la emigración (yo que tanto defiendo que son cosas muy distintas): lo nuestro nos sabe mejor cuando estamos fuera de donde siempre lo catamos.

El año pasado, por si les sirve de recordatorio a mis paisanos, coincidió con el apagón y un día de primavera esplendorosa en el que la gente se echó a las calles a celebrar la fiesta, juntarse con vecinos y amigos y hablar, dado que los teléfonos móviles dejaron de funcionar y donde el bendito hornazo salvó muchas comidas y cenas en unos hogares que tienen cocinas de diseño que parecen quirófanos de limpias que están por no usarse, y que aquel día de poco servían sin electricidad. No cruzaron los estudiantes el río en barcas ni vinieron las prostitutas de la otra orilla con la Cuaresma ya a la espalda (para no iniciados, buscar “Lunes de Aguas” en cualquier IA) a compartir lo que significaba el regreso del jolgorio y de las enfermedades venéreas a las calles de la ciudad, pero algo hemos evolucionado desde entonces y francamente, me encanta que celebremos una fiesta que implica el fin de la oscuridad, la seriedad y el recogimiento; a mí, a pesar del oscuro momento actual, de Rosalía y sus delirios místicos y de la multiplicación de pasos y procesiones, me siguen gustando más las celebraciones que solo implican alegría, comer, beber y juntarse; una es así.

El hornazo llega a Bruselas algún que otro año a destiempo, y algún año también con retención aduanera y todo. Nos lo mandan desde Salamanca y hay unas almas generosas y trabajadoras que hasta algún año han ofrecido el jardín de su casa a falta de local a propósito. A este hornazo asisten a veces unos cónyuges suecos o alemanes a los que hay que explicarles varias veces de donde viene la tradición a riesgo de que nos cancelen y aconsejarles que no pretendan engullir de un solo mordisco todo lo que esta tremenda empanada lleva dentro. También vienen los vegetarianos, que los tiempos están cambiando mucho y para ellos siempre hay unas tortillas de patata que hacen de plato sustitutorio.

En Salamanca el hornazo junta familias más y mejor que las comidas navideñas, cierra las tiendas por una tarde y lleva pandillas de jóvenes a la orilla del río a comer, beber y celebrar. En Bruselas, no es un lunes como los demás, porque a la hora en la que la ciudad se recoge y las gentes civilizadas ya han cenado, una pandilla de salmantinos cada año más numerosa, se junta para darle un mordisco al recuerdo de casa, de abuelas que amasaban o de las colas en las pastelerías para recogerlos. Muchos y muchas salimos a escape de nuestras oficinas con expedientes a medio terminar y reuniones que se han eternizado para, por un día abrazar una masa rellena de chorizo, lomo y jamón en vez de esa ensalada rápida que nos preparamos para salir del paso después de un día de muchas horas laborales. A ustedes este año el hornazo les habrá sabido como siempre, a nosotros el deslocalizado, del que tocamos a un cuadradito y poco más, nos sabe a gloria. Y se lo dice una a la que, precisamente, no le gusta demasiado el hornazo, pero como pasa con el amor: el corazón tiene razones que la razón no entiende. Y el estómago tampoco. Feliz Lunes de Aguas a todos.

Concha Torres

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