OPINIóN
Actualizado 11/04/2026 09:00:30
Francisco Aguadero

Eso es lo que nos ha dicho el Fondo Monetario Internacional (FMI) a todos los ciudadanos del mundo: “prepárense para lo peor”, como consecuencia de esta monstruosa e ilegal guerra que se está llevando a cabo en Oriente Medio, iniciada el 28 de febrero de 2026 por Estados Unidos (EE. UU.) e Israel, con ataques aéreos contra Irán, atacando objetivos militares y gubernamentales, asesinando al líder supremo de aquel país, Ali Khamenei, a otros funcionarios iraníes, infligiendo bajas civiles y saltándose el derecho internacional.

La directora y gerente del FMI, Kristalina Georgieva, asegura que las consecuencias de esta guerra ponen en grave riesgo a la economía internacional y cree que puede empujar a 45 millones de personas a padecer hambre. La directora gerente del organismo internacional está convencida de que el conflicto armado de Oriente Medio ha dado un vuelco a las perspectivas mundiales positivas que había y provocará una crisis "grande, global y asimétrica" que implica una revisión a la baja de las previsiones de crecimiento, incluso en el escenario futuro más optimista.

Y es que para el FMI los efectos de esta crisis, con una caída estimada del 13 % del flujo diario de petróleo o del gas natural licuado (GNL) de hasta el 20 % (aunque, a nuestro entender, dependerá mucho de lo que dure la guerra, las fuentes de energía que resulten dañadas, el tráfico de esas energías y los acuerdos que en última instancia hubiere) provocarán fuertes perturbaciones en la economía mundial, con sus correspondientes consecuencias negativas.

Por eso, los líderes políticos de diferentes países están tomando conciencia de la gravedad de la situación y la sociedad en su conjunto, de forma mayoritaria, está pidiendo que pare la guerra. Tal vez por esa presión, en la noche del martes 7 de abril, EE. UU. e Irán acordaron un alto al fuego temporal. El anuncio del mismo se hizo 90 minutos antes de que venciera el plazo fijado por el presidente Donald Trump para que Irán reabriera el estrecho de Ormuz o se enfrentara a la apocalíptica amenaza de acabar con toda la “civilización” iraní. Trump está buscando una puerta de salida de la guerra y se agarró a una propuesta paquistaní de alto el fuego y apertura del estrecho de Ormuz durante 14 días, en los cuales Teherán y Washington intentan negociar en Islamabad un acuerdo de paz.

Un alto el fuego bilateral para el cese temporal de las hostilidades que supuso un alivio para la humanidad y un freno para la crisis e hipotética recesión mundial que se veía venir, si la guerra se alargaba en el tiempo.

En ese acuerdo faltaba Netanyahu, principal instigador de la guerra e interesado en que esta continue, y, a las pocas horas, lo voló por los aires, lanzando el mayor ataque israelí sobre el Líbano desde que comenzara la guerra: 160 bombas en 10 minutos, dejando al menos 254 muertos y 1.165 heridos. La reacción de Irán, que tras la petición de China había aceptado la propuesta de los diplomáticos de Pakistán del alto al fuego, no se hizo esperar, y cerró nuevamente al tráfico el estrecho de Ormuz, acusando a EE. UU. e Israel de haber roto el acuerdo de alto al fuego. La tregua, aunque oficialmente se mantiene, en la práctica sigue habiendo bombardeos y muriendo personas, algo ya habitual en los conflictos de Oriente Medio, que se firman los acuerdos, pero no se respetan; se piden negociaciones de paz, pero acto seguido se llevan a cabo nuevos bombardeos por quienes pidieron aquella.

La comunidad internacional y muchos ciudadanos se preguntan ¿cómo se ha metido EE. UU. en esta guerra? Ante la ausencia de información, se han hecho muchas conjeturas sobre las motivaciones, razones y objetivos de EE. UU. para embarcarse en una guerra tan complicada. Al respecto y según la reconstrucción que hace el periódico The New York Times, Washington terminó “comprando” el plan israelí, tras la visita que el 11 de febrero hizo Benjamin Netanyahu a la Casa Blanca, con un simple “Me parece bien” de Donald Trump. Sin deliberación estratégica profunda ni discusión cerrada sobre objetivos, costes, salida de la guerra o situación futura, y pese a las dudas del vicepresidente JD Vance, del secretario de Estado Marco Rubio, de mandos militares y de la CIA, sobre la viabilidad real del plan propuesto por Israel.

El plan en cuestión y siempre según la citada reconstrucción del periódico mencionado, se articulaba en cuatro estadios: eliminar al líder supremo iraní, destruir la capacidad militar de Irán, provocar una insurrección popular interna y facilitar un cambio de régimen. La presentación hecha por Netanyahu incluía un vídeo con supuestos dirigentes futuros en Teherán. El plan fue vendido por el dirigente israelí y comprado por el estadounidense como rápido y limpio. La impronta que deja The New York Times sobre la decisión de ir a la guerra es que casi nadie en la Casa Blanca avalaba sin matices el plan israelí, pero tampoco cuajó una oposición capaz de frenarlo. Trump oyó los inconvenientes, pero mantuvo el rumbo de ir adelante, aunque fuera sin un plan ni objetivos propios.

Según el relato del citado diario, una guerra abierta contra Irán abriría una cadena de decisiones en las que pesaría más la intuición política del presidente y la presión israelí que un acuerdo sólido dentro de su propio equipo de seguridad nacional. Tras 41 días de guerra, más de 3.000 muertos en Irán, un frágil alto el fuego que realmente no se cumple y unas difíciles negociaciones abiertas en busca de la paz, dejan en el aire muchas preguntas sobre qué ha obtenido realmente EE. UU. en esta operación política y militar.

Para algunos analistas y crónicas publicadas recientemente, EE. UU. no ha logrado ninguno de los grandes objetivos (salvo el de eliminar al líder supremo iraní) que Israel contemplaba en el plan que le vendió. La continuidad del régimen iraní, la fragilidad del alto el fuego y la crisis mundial originada por el estrecho de Ormuz, deja abierto el debate sobre el asunto. Confiemos que en las negociaciones de paz que se lleven a cabo no se contemple cobrar un peaje por cruzar el estrecho de Ormuz en forma de un "negocio conjunto" entre Irán y EE. UU., la Unión Europea ya ha rechazado tal idea, porque supondría quebrar el derecho internacional que establece la libertad de navegación. El estrecho de Ormuz es un bien público para toda la humanidad, la navegación marítima por esta vía debe ser restaurada y libre.

De momento, Estados Unidos está pagando un precio muy caro por esta guerra: tensiones internas, con los aliados, los arsenales vacíos y dinamitado el prestigio internacional que tenía. Mientras, el gobierno israelí sigue con su histórico y particular plan expansionista, encaminado hacia la creación del Gran Israel. Pero de esto hablaremos en otro momento.

Escuchemos a Diego Torres - Color Esperanza:

https://www.youtube.com/watch?v=Nb1VOQRs-Vs

Aguadero@acta.es

© Francisco Aguadero Fernández, 11 de abril de 2026

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