OPINIóN
Actualizado 08/04/2026 09:45:20
Juan Antonio Mateos Pérez

“El absurdo nace de esta confrontación entre el llamamiento humano y el silencio irracional del mundo.”

ALBERT CAMUS

“La angustia es el vértigo de la libertad.”

SØREN KIERKEGAARD

La sospecha de que el sinsentido invade nuestra época se ha convertido casi en un lugar común. Se repite que vivimos en una sociedad sin valores, que hemos cambiado las convicciones por la comodidad, la verdad por la opinión, la profundidad por la inmediatez, y que de ese vaciamiento brota un malestar difuso que se extiende como una niebla sobre las conciencias. Sin embargo, la cuestión es más incómoda de lo que parece, porque obliga a mirar en dos direcciones a la vez: hacia la fragilidad cultural de nuestro presente y hacia la estructura misma de la condición humana, atravesada desde siempre por la incertidumbre, la finitud y la muerte. Tal vez el sinsentido no sea solo un fenómeno histórico ligado a la pérdida de referencias compartidas, sino una posibilidad permanente inscrita en la libertad humana, que en algunos contextos se intensifica y en otros se disimula.

Es evidente que los marcos simbólicos que durante siglos ofrecieron orientación y pertenencia se han debilitado. Las tradiciones religiosas ya no configuran de manera unánime el horizonte de significado; las grandes ideologías del siglo XX han perdido credibilidad tras sus fracasos; el mercado se ha convertido en proveedor de deseos más que de fines. Cuando todo parece intercambiable y provisional, también las convicciones adquieren fecha de caducidad. No extraña que muchos experimenten desorientación, como si caminaran sin mapa en un territorio que cambia cada día. Friedrich Nietzsche lo expresó con crudeza al anunciar que “Dios ha muerto”, no como un gesto triunfalista, sino como el diagnóstico de una ruptura cultural que dejaba al ser humano ante la tarea de crear valores nuevos o deslizarse hacia el nihilismo. Sin un horizonte compartido, la vida puede sentirse suspendida sobre el abismo.

Pero reducir el sinsentido a la mera falta de valores sociales sería simplificar demasiado. Incluso en épocas de fuerte cohesión religiosa o moral el ser humano ha conocido la angustia. Blaise Pascal confesaba que “el silencio eterno de esos espacios infinitos” lo aterraba, en una Europa todavía profundamente cristiana. Søren Kierkegaard definió la angustia como el vértigo de la libertad: no nace solo de la ausencia de normas, sino de la conciencia de que ninguna norma puede decidir por nosotros. La posibilidad del sinsentido está vinculada a nuestra condición de seres libres, capaces de preguntarnos por el sentido y, precisamente por eso, expuestos a experimentar su ausencia.

Conviene distinguir, por tanto, entre vacío cultural y vacío existencial. El primero remite a la erosión de referencias compartidas y a la fragmentación del relato común; el segundo brota de nuestra finitud. Martin Heidegger describió al ser humano como un ser-para-la-muerte, alguien que sabe que su existencia es limitada. Esa conciencia introduce una grieta en cualquier proyecto. Podemos rodearnos de normas, éxitos y reconocimientos, pero nada elimina del todo la pregunta por el sentido último. La muerte no es solo un hecho biológico: es el recordatorio de que todo lo que hacemos se desarrolla bajo el signo de la provisionalidad.

Sin embargo, reconocer esta fragilidad no implica aceptar el sinsentido como condena. Viktor Frankl, superviviente de los campos de concentración, escribió: “quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”. No negaba el sufrimiento; mostraba que incluso en condiciones extremas el ser humano conserva una última libertad: la de orientar su actitud y descubrir un motivo para resistir. El sentido no es simplemente un legado cultural que recibimos intacto; es una tarea que exige decisión, interpretación y compromiso.

La sociedad puede facilitar u obstaculizar esa búsqueda, pero no puede reemplazarla. Una cultura centrada exclusivamente en el consumo y en la eficiencia tiende a desplazar las preguntas últimas y a sustituirlas por satisfacciones inmediatas. Cuando el valor se mide en términos de rendimiento o visibilidad, la vida corre el riesgo de reducirse a desempeño. Y el desempeño nunca es suficiente: siempre reclama más. En ese círculo, el individuo puede sentirse agotado y, paradójicamente, insignificante. Basta, sin embargo, una pérdida, una enfermedad o un fracaso para que la pregunta por el sentido irrumpa con fuerza y desbarate la ilusión de autosuficiencia.

Albert Camus formuló el problema con claridad: “el absurdo nace de esta confrontación entre el llamamiento humano y el silencio irracional del mundo”. El mundo no responde de manera transparente a nuestras preguntas más hondas, y esa desproporción genera la experiencia del absurdo. Pero Camus no propone la resignación, sino una rebelión lúcida: afirmar la dignidad y la coherencia incluso sin garantías trascendentes. El sentido, en esta perspectiva, no se descubre como una evidencia objetiva, sino que se afirma en la fidelidad a ciertos valores vividos con honestidad.

Desde una mirada espiritual, la cuestión adquiere otra profundidad. Si el ser humano es apertura a la trascendencia, el sinsentido puede interpretarse como desajuste entre un deseo que parece ilimitado y una realidad inevitablemente finita. San Agustín lo expresó con palabras que atraviesan los siglos: “nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Más allá de su confesión religiosa, la frase señala una estructura humana: el deseo excede siempre los objetos concretos que intenta poseer. Cuando se reduce a metas superficiales, surge la frustración; cuando se orienta hacia horizontes más amplios —la verdad, la justicia, el amor, la entrega— puede transformarse en búsqueda fecunda.

Plantear el sinsentido como fruto exclusivo de la falta de valores o como rasgo inevitable de la condición humana es, quizá, una falsa alternativa. El ser humano está estructuralmente expuesto al vacío porque es libre y finito; pero la cultura puede agravar o aliviar esa exposición según los valores que promueva y las preguntas que permita formular. Una sociedad que banaliza el sufrimiento y evita hablar de la muerte intensifica la experiencia del sinsentido. Una comunidad que cultiva la memoria, la solidaridad y la apertura a lo trascendente crea, en cambio, espacios donde la pregunta puede compartirse y elaborarse.

En el fondo, la cuestión decisiva no es solo de diagnóstico, sino de actitud. El sinsentido puede convertirse en coartada para la indiferencia o en umbral para una comprensión más profunda. No poseemos el sentido como una certeza definitiva, pero tampoco estamos condenados a su ausencia. Entre la ingenuidad que cree tener todas las respuestas y el cinismo que niega que exista alguna, se abre un espacio más humilde: el de quien, consciente de la fragilidad de la vida y de los valores, decide apostar por aquello que humaniza y construye vínculos. En esa apuesta, siempre vulnerable y nunca garantizada, el sinsentido deja de ser un abismo paralizante y se convierte en una pregunta que mantiene despierta la conciencia.

Etiquetas

Leer comentarios
  1. >SALAMANCArtv AL DÍA - Noticias de Salamanca
  2. >Opinión
  3. >Entre el vacío y la búsqueda