OPINIóN
Actualizado 06/04/2026 08:15:57
Toño Blázquez

Ayer, domingo de Resurrección, me quedé en casa para ver la corrida (“partido de la jornada” en lenguaje futbolero) de la Maestranza de Sevilla. Lleno de “No hay billetes”, sol, tiempo excelente, mucha gente “de durse”. Tarde de gran expectación por el regreso a la “guerra” del general más valiente, retirado a sus aposentos por diferentes desencuentros emocionales.

Morante es el artista que en los últimos años ha abierto el toreo a la genialidad más solvente: peana de arte y valor perfectamente conjuntados. Aquellos que iban largando por los rincones con lenguaraz ironía “los de valor a mandar, los de arte a acompañar”, se les han caído los palos del sombrajo porque este tipo corto de estatura, con tendencias a enfuertar y con cara de pan, es un vivo y pertinaz ejemplo de torería absoluta, de armónica naturalidad ante los cuchillos y de frescas resonancias antiguas en el empaque y maneras ante los toros. Morante, hoy era la necesidad para la fiesta. Sin él, andábamos, como decía el poeta Joan Margarit en otro contexto: “el hombre, sin la poesía, está a la intemperie”.

Pues eso. Sin Morante, hoy, la fiesta anda un poco desnutrida. Pero el tipo ha vuelto. Con el mismo cante de antes. Y sigue con la antorcha en la mano. Hasta aquí, de acuerdo.

Mi padre me dijo un día, siendo chaval aficionado que iba sin perderme una a la Glorieta, que los toreros de verdad son los que consiguen hacerle faena a los toros que no quieren embestir, a los peligrosos y difíciles. Por eso me metió en la cabeza a héroes como “El Viti” o Dámaso González.

Por eso, cuando ayer acabó la corrida en Sevilla, admiré profundamente a David de María, un férreo marino del toreo, luchando contra la gloriosa tempestad de pasiones que levanta quien lleva, hoy por hoy, la fascinante antorcha del toreo.

Dicen los libros que el salmón, al llegar a la madurez, remonta los ríos, enfrentándose a fuertes corrientes y cascadas…

David de María me encendió con su cerilla de valor extraordinario el recuerdo de mi padre y me dije: “este tío es un salmón, llegará al mar”.

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