Según Feijóo, económicamente hablando, España va mal y empeora; según Sánchez va bien y mejora. Pero hoy por hoy, los datos más fiables, los que no mienten, los que hablan por sí solos, son los que nos deja la Semana Santa. A saber:
Comer o cenar en un restaurante sin haber reservado ha sido imposible: todos estaban a tope desde varias semanas antes; tampoco ha sido fácil resolverlo con un bocadillo en el bar de la esquina: no pocos bares de barrio, debido a que los desfiles procesionales solo llenan el centro de las ciudades, decidieron cerrar y marcharse de vacaciones; los hoteles, pese a la subida de las tarifas, han estado al cien por cien; los coches, aunque subió la gasolina, han llenado las carreteras para ver una procesión a cientos de kilómetros, visitar a la familia, pasar unos días de playa o practicando cualquier deporte de moda; los aeropuertos y las estaciones de ferrocarril han estado de bote en bote pues el número de viajeros al extranjero incluso ha aumentado exponencialmente, y en Sevilla se han pagado entre seis mil y nueve mil euros por ver una procesión desde un balcón, que ya hay que tener ganas, devoción o fe aun sobrando el dinero. ¿Quién puede creer pues que España está en la ruina?
Algunos piensan que esta desbandada de gente dispuesta a viajar ha sido gracias al sol que ha decidido empezar bien la primavera, pero no nos engañemos, el sol, si no hay dinero, más que animar, desanima. Y aunque a partir de ya volveremos a nuestras quejas de costumbre, ojalá todas las Semanas Santas puedan decir lo mismo.