De nada sirven los rezos, si los pensamientos o las manos de los que rezan están manchadas de sangre. Esta debería ser una máxima de todo aquel que promueve la guerra o que arrastra a ella a ciudadanos inocentes que vinieron a este mundo para vivir en paz. Esa paz que tanto pregonan las religiones mientras que, a veces, hacen la guerra y hasta se atreven a pregonar que la hacen en nombre de Dios.
Ahora que estamos en tiempos de máxima religiosidad, con la cuaresma, la Semana Santa y la Pascua judía, parece un momento oportuno para analizar las implicaciones religiosas en las guerras, y, especialmente, de la que está ocurriendo con escenario principal en Oriente Medio, pero que nos afecta a todos. Análisis que hacemos desde el más profundo respeto a todas las religiones y a sus respectivos practicantes.
Quienes tenemos una cierta formación histórica sabemos que la religión ha estado siempre presente en las guerras, ya sea abanderándolas directamente por una u otra causa, o por que otros utilicen a la religión como escusa, para defender intereses propios, apropiarse de bienes ajenos o satisfacer egos personales.
Puede que, el fenómeno más singular de esa intervención, sean “Las cruzadas”. Llamadas así a toda una serie de campañas militares impulsadas inicialmente por el papado y los reinos cristianos de Occidente, desarrolladas principalmente entre 1095 y 1291 con ocho grandes expediciones a Tierra Santa (la que pisó Jesucristo) con el principal objetivo declarado de recuperar aquellas tierras del poder musulmán. Pero que en realidad supuso todo un control de riquezas, tierras y asentamientos de fortalezas para que perviviera el control de las mismas.
Si bien, ya en la Alta Edad Media (siglos V-IX) papas de la Iglesia como Gregorio I (590-604) comenzaron a movilizar recursos militares para defender Roma de los lombardos. Y, León IV (847-855) organizó y acompañó a las fuerzas navales contra los piratas sarracenos. Más tarde, entre los siglos IX y XI los papas organizaron, encabezaron ejércitos o participaron físicamente en campañas militares, cual es el caso del papa León IX (1049-1054) que dirigió personalmente un ejército contra los normandos en la Batalla de Civitate en 1053. Aunque la mayor actividad bélica directa del papado fue durante el Renacimiento (siglos XV y XVI) El caso más conocido de ese período es el de Julio II (1503-1513) por comandar activamente a sus tropas en las guerras contra Venecia y Francia.
Por lo que acabamos de ver, la figura del "papa guerrero" se asocia frecuentemente con el Renacimiento, pero la realidad es que la participación directa del papado en los asuntos militares fue una constante a lo largo de la historia de los Estados Pontificios. Y, aunque en los siglos XVII-XIX los papas ya no solían encabezar ejércitos o cargas de caballería, el papado siguió involucrado en conflictos bélicos y mantuvo ejércitos propios hasta 1870 en que se dio la unificación de Italia.
Por otro lado, y especialmente entre los siglos XVI y XVII, se dieron en Europa grandes y sangrientos conflictos armados relacionados con la fe o por intereses políticos vinculados con aquella. Bajo el nombre de “guerra justa” o “guerra santa” se llevaron a cabo las conocidas como “guerras de religión” que determinaron el mapa político europeo y la forma de vida ciudadana porque, aunque así se denominaron, no solamente eran disputas teológicas, con frecuencia también encerraban alianzas políticas, intentos de centralizar el poder y controlar el poder estatal, especialmente.
Conflictos que ocurrieron en el contexto del choque de la Reforma Protestante y la Contrarreforma de la Iglesia Católica, entre ellos la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), la Guerra de los Ochenta Años y los conflictos en Francia entre católicos y hugonotes.
Las guerras de religión han demostrado que la diversidad de creencias religiosas puede provocar, y de hecho provocan, grandes enfrentamientos, de ahí la necesidad de la tolerancia y el respeto mutuo ya que, aunque la mayoría de los conflictos actuales son principalmente políticos, con frecuencia se utiliza la identidad religiosa para promover enfrentamientos, provocar divisiones o buscar apoyos para determinadas causas, apareciendo con frecuencia el concepto de “Cruzada”.
La guerra de Oriente Medio en curso es un caso paradigmático de lo que venimos comentando. Se mezcla el fanatismo religioso con los intereses económicos institucionales o particulares, junto con la satisfacción de egos personales. En el fondo se encuentra el fanatismo de tres religiones: la musulmana o islámica, representada por los ayatolas y sus proclamas; el judaísmo, representado por los judíos ultraortodoxos conocidos como “jaredíes” y Benjamín Netanyahu con sus citas bíblicas; y la rama evangélica del cristianismo, visualizada por sus predicadores en una especie de adoración a Donald Trump en el Despacho Oval. Al respecto, recientes informes indican que altos funcionarios del Departamento de Defensa de EE. UU. (el Pentágono) y entre ellos su secretario, Pete Hegseth, han utilizado retórica cristiana extremista para justificar la guerra, con referencias bíblicas, para describirla como una “guerra santa” y “parte del plan divino de Dios”.
Retórica religiosa esta que utilizan muchos de los altos cargos de la Casa Blanca (residencia del gobierno estadounidense) poniendo de manifiesto la deriva del cristianismo ultraconservador que desde la extrema derecha pretende la apropiación política del mensaje cristiano y que el riesgo de que se quiera presentar el conflicto de Oriente Próximo como una guerra de religión, supone una de las preocupaciones de León XIV, el Papa, quien ya ha manifestado su no a la guerra y que el Vaticano no hará nada que pueda ser interpretado como un llamamiento a la cruzada.
Escuchemos a Rosalía en Saeta - Míralo Dulce y Sereno.
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© Francisco Aguadero Fernández, 4 de marzo de 2026