“El caso de la joven Noelia Castillo, que murió este jueves en Barcelona tras recibir la eutanasia después de casi dos años de batalla judicial por la oposición de su padre y organizaciones ultracatólicas y muchos medios de comunicación, ha abierto un debate en España, y también injerencia de los foros reaccionarios de Estados Unidos, sobre los límites de la ley, el papel del Estado y por qué se permitió alargar su sufrimiento durante 601 días”. (De la prensa)
La eutanasia no es solo un debate sobre la muerte. Es, sobre todo, un debate sobre la libertad. Sobre quién tiene la última palabra cuando el sufrimiento se vuelve insoportable. Sobre si el Estado y la sociedad están dispuestos a respetar decisiones que no comparten. España tiene ahora la oportunidad y la obligación de aprender del caso de Noelia Castillo Ramos. De reforzar una ley que no puede permitirse ambigüedades. De establecer límites claros a la injerencia, aquí y fuera de aquí. De garantizar que ninguna persona vuelva a atravesar un calvario semejante para ejercer un derecho reconocido.
En este país, el nombre de Noelia Castillo Ramos ha sido arrastrado por el barro del ruido, del espectáculo, de la sospecha constante hacia la autonomía ajena. Se ha hablado de ella como si no estuviera, como si no hubiera dejado dicho de forma reiterada, acreditada y confirmada, quién era y qué quería.
Noelia Castillo Ramos era una mujer adulta. Lo era en los términos más contundentes que reconoce un Estado de derecho: cinco dictámenes judiciales, informes clínicos exhaustivos, una comisión que validó su solicitud. No se trataba de una intuición, ni de un arrebato, ni de una grieta emocional malinterpretada. Era una decisión sostenida, razonada, atravesada por el dolor y por la lucidez. Pero todo eso no bastó, porque hay algo profundamente incómodo para una parte de la sociedad española y de los predicadores celestiales: la idea de que una mujer pueda decidir, de forma libre, sobre su propio final.
A Noelia Castillo Ramos se le ha arrebatado el lenguaje adulto, se la ha llamado por su nombre de pila, con esa falsa cercanía que no es afecto sino condescendencia: “Noelia”, como si fuera una niña a la que se reprende, como si no hubiera que reconocerle ni siquiera la dignidad de su apellido, como si nombrarla completa implicara aceptar su plenitud. Se la ha convertido en un cuerpo disputado, un símbolo útil, un campo de batalla ideológico donde otros decidían qué significaba su vida y, sobre todo, qué significaba su muerte: ese ‘cariño’ paternalista, invasivo, que no escucha sino que corrige; no acompaña sino que sustituye.
Los espejos de la sociedad española, en cuestiones morales, están demasiado empañados. No se trata solo de una discrepancia moral sobre la eutanasia, discusión legítima y necesaria, sino que esos espejos reflejan algo más hondo y más turbio: la incapacidad de aceptar que el otro -la otra- pueda decidir algo que no entendemos y a lo que respondemos con el afán de intervenir, de tutelar, de corregir. Un afán que, en el caso de Noelia Castillo Ramos, alcanzó una dimensión particularmente cruel porque no solo se la cuestionó, sino que se la retrasó, se la judicializó, se la sometió a un viacrucis burocrático y emocional que prolongó su sufrimiento durante dos años en los que el Estado, que debía proteger su derecho, permitió que se convirtiera en rehén de recursos, interferencias y voluntades ajenas. Y ahora, tras su muerte, parece que muchos, babeando en sus propios fanatismos, siguen manoseando el, para ellos, juguete de su dolor.
La ley de eutanasia, concebida como un instrumento de alivio, terminó funcionando como un mecanismo de dilación, de freno, de imposición. Y cuando lo que está en juego es el final de una vida atravesada por el dolor, la fragilidad de la ley es una forma de violencia. Ha habido declaraciones políticas que rozan lo obsceno, intervenciones mediáticas que han convertido el sufrimiento en espectáculo, discursos que mezclan religión, moralina y simplificaciones peligrosas. Se ha visto a ‘opinadores’ que creen poder resolver la complejidad humana con tres frases de autoayuda, coachers charlatanes que pontifican sobre una experiencia que no les pertenece.
El mundo fue cruel cuando dejó a Noelia Castillo Ramos vivir en el dolor. Pero fue aún más cruel cuando decidió que debía salvarla a cualquier precio. Salvarla de sí misma de su propia voluntad; salvarla, negándola. Hoy ha sido ella pero mañana puede ser cualquiera cuya decisión no encaje en los márgenes de lo aceptable para una mayoría social, la española, que se deja engañar con facilidad por saetas, boleros y corazones en el móvil; mañana será cualquiera cuya lucidez resulte incómoda y cuya libertad sea percibida como una amenaza.
La sociedad española arrastra la asignatura pendiente de superar su tendencia a infantilizar, a tutelar, a invadir las decisiones personales, y aprender a entender que bajo ciertas capas de modernidad sigue latiendo en lo más profundo de nuestro modo de vivir la incomodidad con la autonomía individual, especialmente si se ejerce en los márgenes más extremos: la vida y la muerte.
Si un día fuésemos capaces de librarnos de las costras de ciertas tradiciones, de las imposiciones morales y las autoimposiciones costumbristas, de los gurús del alma, los coachers del sentimiento y los caudillos de la cabeza, podríamos entender que la próxima vez que pronunciemos un nombre como el de Noelia Castillo Ramos hemos de hacerlo con la clara conciencia de que aunque sea de nuestra casa, no nos pertenece; entender que hay decisiones que, por muy difícil que resulte aceptar, solo pueden ser tomadas por quien las vive.