Es profesora en el IES Mateo Hernández y expone hasta el 26 de abril una muestra magnífica de sus particulares 'Universos'
Acaba la clase y la pizarra en la que Raquel explica dibujo técnico es un prodigio de geometría y precisión que borra tranquilamente. Y allá va por los pasillos del IES Mateo Hernández, el paso sosegado, el acento gallego y esos ojos claros siempre sonrientes, abiertos a la belleza del mundo. Con minucia de orfebre pinta sus deliciosos, sus intrincados dibujos de casitas en las que deseamos habitar, pero como mar de azules, toda esta dulzura calmada y amable esconde una fuerza artística original, profunda e indomable. Cuadros de rigurosos fondos geométricos donde se asienta la imagen exacta e impresionante, animales que sorprenden, flores de una carnosidad sensual y delicada. Es la potencia de la fragilidad, el pétalo exquisito. Universos en los que vive profunda, bellísima, casi secreta, la obra de la pintora Raquel Pérez Giráldez.
Carmen Borrego: Estas piezas impresionantes, ¿han sido fruto de un proceso largo?
Raquel Pérez Giráldez: Cómo lo sabes. Los cuadros de gran formato han sido un proceso de cinco años, llevaba ya tiempo pensándolos… Yo dejé la pintura durante algún tiempo, dedicada por entero a la docencia y a la familia, sabiendo que iba a regresar al óleo. Mis hijos se fueron independizando y yo, también, volví a la pintura. Tenía la idea de esta serie ya rumiada y comencé. Estos cuadros son un poco como soy yo.
Charo Alonso: ¿Y cómo eres tú?
R.P.G.: Un mix. Tengo una formación de ciencias puras y me encantan la literatura y el arte. Iba destinada a estudiar Arquitectura, pero acabé presentándome a la prueba de la Facultad de Bellas Artes por una profesora que tuve en Bachillerato, una monja que me enseñó muy bien la técnica y que pintaba espectacularmente. Acabé la carrera y perfeccioné el dibujo técnico en San Eloy, con Carlos Bernal.
Ch.A.: Fue mi profesor, pero yo detestaba el dibujo técnico que tan bien enseñas a nuestros alumnos. ¿Cómo se conjuga eso con la libertad del dibujo artístico?
R.P.G.: No sé, a mí me gusta la geometría. ¿No era Leonardo da Vinci un pintor y un ingeniero al mismo tiempo? Yo tengo ese mix y en estos cuadros se ve bien, tienen un fondo geométrico que empiezo con óleo. Luego me pasé al acrílico que me permite pulir y tener un trazo más limpio, pero los primeros planos siempre son óleo. Voy buscando esa interacción entre la geometría y lo figurativo.
Ch.A.: La exposición está muy bien colocada, introducción, piezas grandes y la ilustración recogida en el recodo. ¡Y esos dos poemas tan especiales de I. Brey!
R.P.G.: Son de mi hija, que también ha diseñado la cubierta del catálogo. Esta sala para mí es especial, casi de casa. Cuántas veces he venido paseando… te acercas y ves las obras a través del cristal, desde la calle, y si te interesa… entras. Ahora tenemos la Torre de los Anaya para seguir la ruta y acabar en San Esteban, ese es mi paseo. Esta sala tiene unos huecos que se prestan a la diferencia.
C.B.: Es como si estuviéramos en dos exposiciones…
R.P.G.: Claro, por una parte está mi trabajo de pintora y por otra, la ilustración. Cuando acabé Bellas Artes, con la especialidad de Diseño Gráfico, hice muchas cosas: diseño de joyas, que me hacía un platero de Salamanca, ex libris… Como ilustradora, en el 2002 me pidieron, desde la Diputación, dibujos para un libro de poemas que había escrito a sus nietos Isidro Marcos de Paul. También he ilustrado un cuento en el proyecto “Contamos la Navidad”. Tengo como dos yos, la ilustradora y la pintora en cuyo campo nunca he aceptado encargos, soy libre.
Ch.A.: Hasta que llegó Lola Fidalgo y te pidió un cuadro para el homenaje a la poeta zamorana del 27, Margarita Ferreras…
R.P.G.: Sí, el encargo de Lola Fidalgo para el libro “Ávida llama” me rompió los esquemas. Quise representar su pueblo natal, Alcañices, el agua que remite a su libro de poemas “Pez en la tierra” y pinté un lirio que es ella, con su fragilidad, su carnalidad, su voluptuosidad, sus matices… No fue fácil su vida, de ahí los triángulos que van enredando su cerebro, la historia que sufrió y vivió.
Ch.A.: Lola Fidalgo dice que tienes veneración por la naturaleza. Tu tratamiento de las flores es magnífico.
R.P.G.: Empecé con las flores como un estudio para los cuadros grandes… y fui haciéndolas más minimalistas, estas amapolas, por ejemplo, cada vez son más sutiles. Soy una enamorada de las ilustraciones botánicas del siglo XIX, que además, estaban hechas por mujeres, era la tarea humilde que nos dejaban a nosotras. Y también de la pintura japonesa.
Ch.A.: Llevas mucho tiempo en Salamanca pero eres gallega, gallego tu acento, tu casa. ¿Eso condiciona tu visión de la naturaleza?
R.P.G.: Claro, es mi tierra, mi paisaje. Y cuando aquí voy a la Sierra, también me siento más en casa. Mi tierra determina mi tratamiento de la naturaleza y también esa costumbre de dibujar casitas, la arquitectura rural me flipa y muchos de estos dibujos parten de las galerías, las casas gallegas…
C.B.: Pero volviendo a tu técnica, ¿primero manchas y luego dibujas? ¡Es pregunta de pintora a pintora!
R.P.G.: Depende de lo que me vaya pidiendo. Las casitas no, son sobre todo dibujo que luego acuarelo o trabajo con rotulador calibrado. Las casitas y los animales que se van convirtiendo en seres extraños, son como un juego. El otro día vino alumnado de un colegio y era maravilloso verles buscar en las casitas el detalle del pájaro, del gato, estaban fascinados. Creo que ahora mismo necesitamos arte, un arte amable, que es donde yo me muevo. El arte que estaba en mi casa y que me han animado a exponer en este lugar que me gusta tanto.
C.B.: Eres profesora, eres pintora… ¿Cuándo pintas?
R.P.G.: Cuando me da la vida. En invierno no suelo subir al estudio por el frío y trabajo en formatos más pequeños, ahí, en cualquier parte, a los ratitos. Me encanta la docencia, le he dedicado mi vida, pero llega un momento en el que das un paso más y en eso ha consistido sacar la obra del estudio, lo que hacía para mí y para los que conocen mi trabajo y articular esta exposición.
Ch.A.: Las piezas más sorprendentes son este conjunto de animales tan espléndidamente retratados sobre un extraño fondo geométrico.
R.P.G.: Es un fondo muy trabajado que supone mi amor por el dibujo técnico y el recuerdo de mi infancia. Pasaba mucho tiempo jugando sobre las baldosas hidráulicas del suelo de mi casa, me fascinaba. Yo colocaba los muñecos como en estanterías, tenía ya esa visión tridimensional del espacio.
Ch.A: Yo no era capaz de ver ni la dimensión tridimensional ni la bidimensional, de ahí que me suspendiera don Carlos. Pero tú les enseñas eso a nuestros alumnos.
R.P.G.: Es que yo lo veo, no todo el mundo ve las mismas cosas. Cada uno venimos con diferentes cartas y con ellas jugamos. A mí me resulta muy fácil ver el espacio, de ahí que me sea tan sencillo dibujar las casitas. Cada uno tenemos lo nuestro, el oído, el gusto… yo veo el espacio y me gusta mezclarlo todo: la geometría de las baldosas de mi infancia, una tela escocesa, mi visión del mar… y luego, la figuración para reflejar los animales sobre este fondo.
Ch.A.: ¿Pintas del natural estos animales, estas flores…?
R.P.G.: Lo intento, pero a veces se me pochan en el proceso y tengo que hacerles una foto. Mirad las uvas, no me gustan pero ¡son tan bonitas! Le digo a mi marido cuando las compra: ¡Qué bonitas son! ¡Pues comételas! me responde. Pero no, las pinto, y esa rosa esperé a que se pochara un poco porque la quería así… Tengo lirios en el jardín y los pinto, descubriendo que en el jarrón tiñen el agua de sus colores.
C.B.: Los castellanos parece que usamos más los tonos marrones, ocres, verdes, colores de nuestra tierra, ¡pero tú, en ese pez, has usado todos los tonos posibles del rosa!
R.P.G.: Me fijo en esos colores, están en la naturaleza. El pez tiene todas esas tonalidades irisadas, sus ojos son gelatinosos… es una riqueza absoluta la de la naturaleza.
Ch.A.: Y tú sabes reflejarla, ¿Cuál es el pintor cuya obra admiras?
R.P.G.: Ya os he dicho que siento la influencia de la pintura botánica, esa en la que nos relegaban a las mujeres, y la de las estampas japonesas, tan delicadas. Pero quisiera llegar a esa décima parte de lo que hacía Joaquín Sorolla con el color y el uso de la luz. Esa es otra dimensión.