OPINIóN
Actualizado 31/03/2026 09:48:33
Francisco Delgado

El caso de Noelia Castillo, la joven que ha tenido que seguir soportando sus interminables dolores a pesar de tener la aprobación jurídica de su eutanasia 600 días antes de ser aplicada, ha puesto de manifiesto al menos tres graves asuntos aún no resueltos en nuestra sociedad:

El primero, que el criterio de un padre y un grupo de abogados con el calificativo de cristianos, hayan podido paralizar la actuación de la ley durante casi dos años e imponerse al respeto a la palabra de esta joven y a su derecho a ser protegida por la Ley.

Segundo es el prejuicio que cito en el título de este artículo: un gran sector de nuestra sociedad rechaza manifiesta o latentemente que sea un bien para la persona y en general para la sociedad que se tenga una experiencia de despedida y buena muerte, con ausencia de graves dolores. Como si estas mismas personas que rechazan la ausencia de dolor en la hora de la muerte, pudieran pensar también que en el momento del nacimiento “cuanto más dolor haya para el recién nacido y para la madre, mejor”.

La joven Noelia a la que la suerte no le acompañó en sus veinte años de vida ( al menos por los pocos datos que han trascendido en los medios de comunicación) pasó su infancia y juventud caracterizada por dolores psíquicos y posteriormente también físicos: la separación de sus padres cuando ella tenía trece años y la necesidad posterior de ser acogida en una Institución pública, habla de una inestabilidad y falta de seguridad en la función de padres, que posiblemente impidió que ella pudiera aprender paulatinamente a cuidarse a sí misma. Pero es muy difícil en algunas parejas aceptar con humildad el fracaso de su proyecto matrimonial, cuidar el vínculo amoroso y cuidar y educar a los hijos.

El tercer grave asunto no resuelto en nuestra sociedad que revela este caso es que en nuestro país aún la mujer, en general, y más aún la mujer joven, está sometida a numerosos riesgos y abusos sexuales traumáticos, como conocemos por los medios, y por la estadística de asesinatos y maltratos machistas.

El día en el que Noelia tomó la decisión del suicidio, arrojándose desde un alto piso, puso el punto final a su capacidad de soportar el dolor. Todas las medidas sociales y sanitarias que siguieron a este episodio, tendrían que haber estado centradas en que la paciente tuviera la experiencia de ser respetada ( el respeto es la base del afecto) y no que su última decisión de acogerse a la ley de la eutanasia, saltase a la escena pública y a ser objeto de debate.

Si las instituciones sociales y sanitarias dejan de ser redes de acogida y cuidados y las opiniones públicas las suplantan con debates ajenos a las necesidades de la persona que sufre, seguiremos testigos pasivos de las actuales dificultades en salud mental de nuestros niños y adolescentes.

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