OPINIóN
Actualizado 30/03/2026 19:22:14
Charo Alonso

La parroquia chiquita estrena ramos y siempre hay alguien que busca el más frondoso para que la su puerta parezca sede catedralicia y la bendición caiga con más agua, pero a mí me gusta el humilde, el que es pura rama y poca hojita, más dispuesto a la cocina que a mostrarse con alegría al viento de marzo. Hasta aquí no llega la fanfarria de la procesión de los niños, toda palmas y alegría de la borriquilla. A Jesús no le hizo falta un falcom y menos un coche oficial para llegar en loor de multitudes, prefirió niños que hoy se apresuran en las calles para no perder el paso, niños tocados de rojo y palma más alta que ellos. Y recuerdo el año que la cofradía buscó en el colegio al séquito del salvador, porque en aquellos tiempos no existía esa especie de fiebre cofrade que ahora parece que a todos les confunde la devoción con la tontería, y uno de mis hermanos, tan rubio, tan guapo que ya le había tocado de niño Jesús de Belén viviente, fue elegido para pasearse en pos del paso.

Y allá que fuimos toda la familia a ver la procesión del Domingo de Ramos, que mi madre era aficionada, pero conmigo de niña se le quitó la costumbre porque yo berreaba como una carraca cuando veía a un cabeza puntiaguda y no era cuestión de dar el espectáculo. Digo que bajamos al centro un domingo soleado a seguir al niño, pensando que no podríamos distinguirlo en la turba de querubines cuando reparamos en que mi madre, tan concienzuda ella, había lavado el hábito con tal denuedo que mi hermano refulgía de puro blanco entre las hordas benditas. Vamos, que lo había dejado tan limpio como una patena y el pobre se distinguía como un cordero pascual, eso sí, llevando muy erguida su palma que le sacaba tres cabezas.

En aquellos días, como empieza el evangelio, no había tanta cámara y por supuesto, los móviles eran una utopía, así es que quedan del acontecimiento un par de fotografías de esas de los años ochenta con los colores desvaídos, fiel reflejo de que sí, de que mi hermano era el niño más limpio y puro de corazón, vamos, que refulgía entre la marabunta ordenada bajo el sol de la plaza. Y tan rubio, tan rubio que la gente, cuando era más chico, se quedaba mirándolo en la sillita de paseo, que era un niño de anuncio que nos podía haber solucionado la vida. Y es que en mi casa, los varones son especialmente guapos y los nietos, ni se diga, ninguno ha heredado la nariz hebrea de las mujeres aunque hayamos tenido un habitante de la Jerusalén evangélica en pos del Jesús de los Niños, el Jesús de la sencillez y la alegría. Y es en estos ramos felices, ramos bendecidos, en los que confío el tiempo de Pascua. En el silencio, el recogimiento, la costumbre y hasta la Dafne mitológica en laurel reverdecida. Y en este barrio de parroquia chiquita, alegre en la mañana, salimos todos, procesión bendita, agitando los ramos que acabarán en la puerta de mi madre, para protegerla de toda perturbación y recordarle al niño suyo, más limpio que una patena al paso alegre de una borriquilla.

Charo Alonso. Fotografía: David Sañudo.

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