OPINIóN
Actualizado 25/03/2026 10:50:33
José Amador Martín

La niebla en primavera, al amanecer, tiene algo profundamente simbólico: no es solo un fenómeno meteorológico, sino una especie de pausa del mundo. En las imágenes que compartes, los árboles aparecen como siluetas suspendidas entre lo visible y lo invisible, como si todavía no hubieran decidido del todo pertenecer al día que comienza.

En primavera solemos asociar la vida con el brote, el color, la claridad… pero la niebla introduce una contradicción hermosa: el crecimiento ocurre envuelto en incertidumbre. No vemos con nitidez, y sin embargo la vida sigue abriéndose paso. Esa capa gris que cubre el paisaje no es ausencia, sino transición. Es el instante en que la noche todavía no se ha ido del todo y el día aún no ha tomado posesión completa del mundo.

Los árboles desnudos o apenas brotando, recortados contra ese fondo lechoso, parecen más vulnerables, más humanos incluso. La niebla elimina distracciones, borra el horizonte, y nos obliga a mirar lo cercano: una rama, una luz tenue, la textura del aire. En ese sentido, el amanecer con niebla es una invitación a la introspección. No se trata de ver más lejos, sino de ver más profundo.

Las farolas encendidas en plena claridad naciente refuerzan esa idea de límite entre dos estados. No son ya necesarias, pero tampoco han dejado de serlo del todo. Representan ese momento intermedio en el que seguimos aferrados a lo que nos guiaba en la oscuridad, aunque la luz esté llegando. Es una metáfora muy potente de los procesos personales: muchas veces seguimos buscando apoyos antiguos incluso cuando estamos empezando a ver con nuestros propios ojos.

La niebla también suaviza el mundo. Difumina los contornos, apaga los contrastes, y crea una atmósfera casi silenciosa, como si el sonido también se volviera más lento. Hay una calma particular en ese instante, una sensación de que el tiempo se expande. No hay urgencia. Todo parece suspendido.

Y quizá por eso el amanecer con niebla en primavera tiene algo esperanzador, aunque no sea luminoso en el sentido habitual. No es la esperanza brillante del sol pleno, sino una más íntima, más humilde: la certeza de que incluso cuando no vemos con claridad, algo está cambiando, algo está naciendo.

En el fondo, la niebla no oculta el paisaje; lo revela de otra manera. Nos recuerda que no todo lo importante es nítido, que hay procesos —naturales y humanos— que solo pueden comprenderse atravesando esa zona difusa donde la certeza aún no existe. Y que, como ese amanecer, la claridad siempre llega… pero a su propio ritmo

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