OPINIóN
Actualizado 20/03/2026 10:06:04
Concha Torres

Hace seis años ya. Era una primavera de sol radiante en Bruselas y lluvias frecuentes en España y desde hacía semanas nos hablaban de un virus que padecían chinos, coreanos y gentes lejanas y que, como todo lo lejano, pensábamos que nunca nos afectaría; como pensamos ahora que está lejos Irán (que no lo está) y de ese polvorín también podemos ser víctimas, pero ese no es hoy el tema.

Por supuesto que el virus llegó hasta nuestras casas, facilitada la tarea por esos aviones que cogemos sin descanso y tantas veces sin ton ni son y una, que entonces aún era creyente en muchas cosas que nada tienen que ver con la religión, se dijo que aquello que podría parecer una guerra, al ir todos contra el mismo enemigo que era un bicho muy malo y que no discriminaba entre credo, raza, opiniones o cuenta bancaria, podría sacar lo mejor de todos e inaugurar un mundo menos egoísta y más humano. Grave error el mío, gran desilusión lo que vino después y, por supuesto, la firme creencia que de aquello no solo no salimos mejores sino bastante empeorados.

Hicimos cosas absurdas como ir a la playa con mascarilla o caminar por las calles a dos metros del prójimo porque nos lo mandaban quienes pensábamos nosotros que sabían cómo enfrentarse al asunto. Separamos familias, dejamos a los abuelos sin sus nietos y a la juventud matando horas muertas delante de una pantalla en donde se reflejaban sus propios miedos, complejos y miserias. Nos enfilamos miles de bastoncillos por la nariz porque era requisito indispensable para subirse a un avión, sin pararnos a pensar lo absurdo de hacerlo a veces hasta dos y tres días antes de ir al aeropuerto; pusimos por doquier mamparas y falsos tabiques de plástico pensando contener a un microorganismo que la mayoría de las veces se las arreglaba para meterse por cualquier resquicio posible. Aplaudíamos a los sanitarios a las ocho de la tarde porque tampoco teníamos nada más interesante que hacer, y poco nos acordamos ahora de quienes nos traían la tortilla de patata a domicilio o se encerraron a vivir con nuestros mayores en las residencias para seguir atendiéndolos. Rogamos a la ciencia que encontrara pronto una vacuna y, cuando eso ocurrió, se organizaban manifestaciones para no ponérsela. Y así todo.

Comenzamos a ver conspiraciones por todas partes, e incluso después de aplicarnos el toque de queda (que no pensaba yo que lo verían mis ojos) hubo quien pidió el regreso de la dictadura para recuperar la libertad perdida…Analicen la frase, pero en aquel entonces la prensa y ciertos medios, nos regalaban titulares de este porte. No queríamos gobierno que nos gobernara y en la gran potencia geopolítica de nuestros tiempos, varios miles de ciudadanos le hicieron caso a su presidente que aconsejaba beber lejía para desinfectarse interiormente; nota de la redacción: aquello no debió costarle muchos votos porque es presidente de nuevo.

En aquellos dos primeros años pandémicos, Salamanca me parecía un lugar tan alejado de Bruselas como la selva de Borneo, y muchas noches de aquellos días eternos donde nada podíamos hacer sino esperar me pregunté qué hacía tan lejos y si podría volver de alguna manera. Mientras muchos seguíamos obedeciendo a quienes aconsejaban no viajar y moverse lo imprescindible en aras del bien común, Madrid se convertía en una especie de Sodoma y Gomorra europea donde su presidenta se echó a la espalda todos los muertos que hicieran falta con tal de que toda Europa pudiera acudir a tomarse una caña. Qué cosas, ¿no?

Del bien común no ha quedado ni rastro, los sanitarios tan aplaudidos siguen cobrando bastante menos que quienes especulan con el dinero que guardamos en unos bancos que también son un hervidero de ladrones. La ciencia que nos trajo las vacunas que nos ayudaron a salir de aquello sigue financiándose poco y mal en nuestros países; una generación de europeos que ahora tiene entre veinte y treinta años (más o menos) ha aprendido menos de lo que debiera en colegios y universidades que desmocharon sus clases y tuvieron que rebajar sus exigencias académicas, están llenos de traumas y miedos y necesitan acudir a unos psicólogos que tampoco son suficientes en número para atenderlos.

No señores, no, de aquello salimos infinitamente peor de lo que entramos, y quizás por eso hemos hecho todo un esfuerzo colectivo para olvidarlo. En el futuro nos estudiaran como se ha estudiado la gripe de 1920 y llegarán a la conclusión que tengan que llegar; yo por ahora tengo la mía propia y es que, salvo un puñado de gente buena que queda siempre agazapada en calles, pueblos y ciudades, la mayoría somos regulares, malos, o tontos, que es incluso peor.

Concha Torres

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