Es en el tratamiento de estas temáticas, que entrañan y revisten de crudeza, donde se observa la otra faceta del Cine (englobando documentales, series o películas), aquella en la que cesa la preeminencia del entretenimiento en aras de transmitir una problemática social: en este caso, el bullying o acoso escolar. En estas líneas se aportan algunos paradigmas cinematográficos que han plasmado en sus tramas tanto el desarrollo como los estragos que provocan estas conductas realizadas por menores de edad (las conclusiones extraídas responden a lo visionado); a partir de los catorce años existe la responsabilidad criminal, regulada de manera específica en la Ley Orgánica 5/2000. La referencia a la edad es empleada usualmente por los familiares y los abogados defensores, al estilo de “son solo niños” o “no estropeemos también el futuro de estos jóvenes”; recientemente se ha emitido un documental sobre el caso Fernando Báez Sosa que, a pesar de no tratarse de acoso y tener los ya condenados entre 18 y 20 años, refleja fielmente la idea anterior. Un crimen que resonó y resuena en Argentina, en el cual estos “rugbiers” mataron de una paliza al joven Fernando tras una discusión en una discoteca.
Las estadísticas del bulliyng y la repercusión mediática suelen ser asimétricas, esto ocurre con todo tipo de delitos, pues no todos los hechos en torno a las agresiones físicas o morales en los centros educativos son objeto de movilización o conocimiento a nivel nacional. Ello puede generar la errónea creencia de que se han mitigado sus efectos y, cuando surge la noticia, se reavivan. El acoso escolar es una presencia nociva y asidua en esta etapa, en el instituto e inclusive, puede existir durante la carrera universitaria; sobre esta última, España cuenta en su acervo con la película Novatos (2015) en cuyo elenco están Lucía Ramos (de la serie Física o Química) y Nicolás Coronado (Demonios tus ojos de 2017, junto a Ivana Baquero) que escenifica la exacerbación de las prácticas llevadas a cabo en algunas residencias universitarias para recibir a sus nuevos miembros. Sin embargo, quisiera circunscribir este cometario a lo acaecido durante el colegio o la secundaria porque, pese a que la mayoría de personas se halla en la incesante búsqueda de “encajar”, lo cual lleva a sucumbir a los múltiples proselitismos que ofrece el discurrir vital, el albedrío difiere bastante si nos centramos en las franjas de edad y la presión existente por lograr un buen círculo de amistades o de personas que nos concedan su aprobación en este lapso.
También de producción española, encontramos Bullying (2009) y Cobardes (2008) donde el acoso se produce tanto dentro como fuera del ámbito escolar, lo que conlleva un temor constante para la víctima, y en grupo; por supuesto, siempre hay un cabecilla que induce a su círculo de fieles seguidores para emplear violencia física o moral contra otro. Es el patrón habitual, el agresor necesita sentirse respaldado por un público o tal vez porque alberga inseguridad en su fuero interno.
Ahora bien, los estadounidenses son los “reyes” al contextualizar la vida en los institutos, demostrando qué implica la popularidad, así como la cara inversa: los parias, denominación drástica que pretende resaltar el sentimiento de soledad y desasosiego experimentado por los menores acosados. Establecer una gradación de este tipo de conductas sería especular con los sentimientos y sensaciones de cada persona, pues a todos no les afecta por igual un “mote” (apodo) o referencias a su aspecto físico (por poner un ejemplo); el nivel de fortaleza varía, así como la intención y constancia de los emisores. Pero continuando con el aislamiento de una persona por el resto, el año pasado se estrenó “La Plaga” (con la participación del actor Joel Edgerton) cuya historia transcurre en un campamento de waterpolo (con esto se pretende señalar la irrelevancia del entorno, los efectos del acoso no mutan) al que llega un nuevo alumno; el protagonista tarda poco en familiarizarse con la fundamental de las premisas: no acercarse a un muchacho que padece una afección en la piel, de lo contario podría contagiarse de esta extraña escoriación.
Un breve excurso para decir, a raíz de la categorización de La Plaga (2025) como película de terror, que este tipo de exponentes está “salvando” el género frente a los intereses comerciales, los cuales están desnaturalizando los clásicos y sagas con los recientes remakes de: Scream, La matanza de Texas, Halloween, I.T. o las últimas de expediente Warren. Frente a esta vertiente, se erige un subgénero (aclaro que esto es una apreciación propia) en el que se emplea el terror para dejar latente un mensaje crítico. Algunos ejemplos son: Efecto Nocebo (2022) protagonizada por Eva Green (Soñadores de 2003, Cracks de 2009 o El reino de los cielos de 2005) y contra la explotación laboral; contra el racismo (específicamente contra los afroamericanos en Estados Unidos) están Cámara policial (2020), Master (2022), Ellos (serie de 2021) o Déjame salir (2017).
Retomando y para concluir (parcialmente) con la concepción cinematográfica de los institutos estadounidenses, puede decirse que es una muestra rudimentaria de las personas en quienes recala el éxito a estas edades; por un lado, el capitán del equipo (el deporte es lo único que varía) seguido ciegamente por sus compañeros y, por otro, la jefa de las animadoras o, en su defecto, la chica más influyente del lugar; en ambos casos, los realizadores buscan a intérpretes que se ajusten al canon de belleza al estilo de Olivia Newton-John o Zac Efron (ya expresaba Oscar Wilde en El retrato de Dorian Grey que la belleza es un don). Esta perspectiva también ha dado lugar a las comedias o dramas románticos donde el argumento “innova”, y uno de los anteriores se enamora de algún estudiante perteneciente a otro “estamento” o con características físicas menos destacables.
Lo condenable y luctuoso se produce cuando a este selecto grupo de alumnos no les sacia el reconocimiento obtenido o el ostracismo que propician respecto de otro u otros compañeros, y comienza la calculada individualización del hostigamiento, pues cuanto mayor sea el grupo de damnificados, mayor será la posibilidad de que se “subleven” ante ese comportamiento. Además, esto les granjea la connivencia o pasividad del grupo con tal de evitar ser el foco de sus ataques; esta actitud de reprimir aptitudes, sobre todo en el plano intelectual (si continuáramos con el ejemplo del párrafo anterior, los “nerds” o alumnos con destacado intelecto son objeto de acoso permanente), obtiene una explicación con el síndrome de Solomon: la reticencia a demostrar el talento para poder integrarse. Esto adquiere sentido en muchas ocasiones, pues quien ejerce la violencia (sea un alumno popular o alguien que posee superioridad física) suele adolecer de algo que sí percibe en su víctima. Aunque conviene aclarar que las razones del que ejerce acoso puede deberse a diversas razones, ello se muestra al final de la película El Profesor (2019) en la que David Dastmalchian (esta vez en el papel de “bueno”, teniendo en cuenta sus participaciones en la saga Batman de C. Nolan o Prisioneros de 2013) encarna a un profesor el cual se involucra en un caso de bullying, llegando a adoptar medidas poco ortodoxas contra el acosador (este alumno a su vez recibía abusos físicos por parte de su padre).
Volviendo a la consideración de estamentos, es algo inmanente a estas etapas la existencia de gente más popular que otra y los intentos por estos últimos de formar parte de esa Élite; este es el nombre que recibe una serie española bastante aclamada (desde 2018). Entiendo que se debe a los personajes, ya que el argumento se agota en la primera temporada. La trama contiene un motivo de rechazo hacia algunos estudiantes: la posición económica o el origen (recuerdo que también en un capítulo está presente la utilización del hiyab en el recinto escolar). En fin, una amalgama de diversos elementos empleados en producciones sobre estudiantes a la que se suma un crimen, realizando un guiño (directa o indirectamente, incluso en la fisionomía de la protagonista) en sus inicios a la serie Por trece razones (2017). Señalar que tuvo su remake hindú: Class (2023), que cobra mayor sentido habida cuenta de los enormes cismas sociales de la India; paulatinamente se ha pretendido corregir la estructura determinada por las castas, que los ingleses durante su época colonial promovieron. Existe el delito de discriminación por casta, mención presente en Dahaad o Luz Negra (2023) con la cual aprovecho para destacar la calidad de algunas producciones hindúes que ahora podemos conocer gracias a diversas plataformas (La belleza y el enigma de 2021, Juegos sagrados de 2018, Aranyak de 2021 o Sospechoso X de 2023).
Más recomendable sería la serie surcoreana Jerarquía (2024), que transcurre de igual forma en un centro privado para alumnos de familias acaudaladas (ambientadas en este entorno, la serie El mal de 2023 o Shool Ties de 1992). Si bien, en ella se introduce de forma diáfana la venganza, como represalia diluida en el tiempo; esta perseverancia es acólita de la frase: “la venganza es un plato que se sirve frío”. La razón de aludir a la venganza es que, como señalaba al comienzo del texto, el acoso escolar trae consecuencias y una de las variables irreversibles está en el número de víctimas, en función del desenlace que elijan la o las personas sometidas a tales vejaciones. La venganza privada es la antítesis de la legítima defensa, aunque ello carece de importancia para la protagonista de La Gloria (2022), quien a lo largo de dos temporadas ejecuta un plan trazado tras los abusos sufridos a manos de cuatro compañeros (descendientes de familias con elevado poder adquisitivo); la amplia gama de torturas que emplearon con ella queda impune, e inclusive, el centro le atribuye la culpa con la consiguiente expulsión. Queda reverberada la pregunta: ¿cuánta ficción hay en la trama?
Los centros docentes, inexorables protagonistas en estos casos al ostentar la responsabilidad de lo que ocurre durante el horario lectivo y dentro del recinto. Vuelvo a mencionar la serie Por trece razones (2017), ya que en ella tiene lugar un proceso judicial tras el fallecimiento de una alumna; los padres demandan al centro docente y, aquí lo importante, el propio orientador del instituto acaba reconociendo que “pudo hacer más” ante los hechos puestos en su conocimiento por la fallecida (una agresión sexual), lo que se traduce en mala praxis. En el ordenamiento jurídico español, la Ley Orgánica 8/2021 de protección integral a la infancia y la adolescencia frente a la violencia prevé en su articulado la figura del coordinador o coordinadora de bienestar y protección (art. 35) y los protocolos de actuación (art. 34).
Se produce una tesitura en cuanto a la credibilidad de los hechos denunciados que, por su gravedad, deberían desplegar ipso facto medidas para erradicar su continuidad. Por otra parte, pueden existir casos aislados en que sea una acusación falsa o con manifiesta intención de dañar, lo cual resulta sumamente perjudicial para las personas que realmente son víctimas porque genera incertidumbre. Sean unas circunstancias u otras, se debería abordar el asunto sin dilación con el fin de esclarecer lo ocurrido y evitar mayores consecuencias.
De igual manera, podemos encontrar películas desde el prisma de los profesores. A modo de recomendación, dos películas recientes: una producción francesa, La acusación (2024), que tiene su similitud con La caza (2012) al contener en la trama la acusación de una alumna contra un profesor por abuso sexual; un filme de Alemania, El salón de profesores (2023) donde se explora la educación de los alumnos desde el contraste entre una política de tolerancia cero del centro y el idealismo de una joven profesora (la escena final parece dar su veredicto). En la senda de profesores volcados con sus labores, Detachment (2011) con Adrien Brody y también reseñaré Coach Carter (2005) con Samuel L. Jackson que encarna a un entrenador de baloncesto el cual procura motivar a los alumnos a través del deporte para que no sucumban a la delincuencia o abandonen los estudios.
Otro paradigma de la tensión generada por este tipo de sucesos en los centros educativos es Armand o La Tutoría (2024), una cinta noruega en la que el hijo de una actriz presuntamente ha cometido actos inapropiados con su amigo y compañero; podemos calificarlo de acoso puesto que no se especifica si había ocurrido en otras ocasiones, pero lo llamativo es la gestión de la profesora y sus superiores. Cabe también destacar también esta la versatilidad o lo voluble que es la masa (entendida como un conjunto de personas carentes de criterio propio o cuya postura se guía por el pensamiento o sentimiento mayoritario), en este caso los miembros del consejo escolar quedan retratados en una de las escenas finales donde, en cuestión de instantes, varía su apoyo a una de las partes.
De nuevo con el factor de la venganza, Carrie (1976) de Brian de Palma (Los intocables de Elliot Ness de 1987, una grandiosa “epopeya” de la investigación contable para enjuiciar al mafioso Al Capone, Doble cuerpo de 1984, una película dentro de una película, o La Dalia Negra de 2006, sobre el asesinato real sin resolver de la aspirante a actriz Elizabeth Short). Estamos ante una ficción y debo decir que recuerdo más nítidamente el remake de 2013 donde la protagonista es la notable actriz Chloë Grace Moretz. Hice mención a la inevitable condición física a la hora de elegir quienes representarán la popularidad y el éxito en el ambiente estudiantil, por ello la elección de la mentada interprete resulta tan desacertada como colocar a Charlie Hunnam en el papel del asesino en serie Ed Gein.
En Estados Unidos existe una tendencia sumamente preocupante en cuanto a los tiroteos acaecidos en los institutos y el consiguiente debate sobre el acceso a las armas. El caso más conocido es el de la masacre de Columbine en 1999 cometida por dos alumnos, esta tragedia ha dado lugar a documentales y películas entre las cuales esta Elephant (2003); si se busca información sobre los terribles sucesos, lo inexorable es la vituperación y la condena por lo que hicieron, pero hay divergencia en cuanto a una de las motivaciones. Una, porque ellos habían perdido la noción de la realidad y lo que obtiene diversas opiniones es si sufrieron o no acoso escolar, ello resulta irrelevante tras conocer las consecuencias. En la película estonia Klass (2007), en el supuesto de que estuviera inspirada en los hechos citados, se refleja la idea de que un alumno está sufriendo vejaciones constantes y uno de sus compañeros comienza a “solidarizarse” con aquel hasta tal punto de perpetrar una matanza. Otros paradigmas tratan de demostrar que este instinto asesino puede darse sin existir acoso escolar o cualquier otra vicisitud en la vida de los autores: la serie sueca Arenas movedizas (2019) o la película Tenemos que hablar de Kevin (2011) con Tilda Swinton y Ezra Miller.
Para terminar, una excelente serie tailandesa que engloba las diversas situaciones de peligro a las que están expuestos los jóvenes, por lo que puede hablarse de una función preventiva o didáctica: La chica nueva (2018). Hace unos días se estrenó una nueva versión con otra actriz en el papel de Nannó (antes era Chicha Amatayakul), que parece seguir la misma configuración antológica de la precedente; pero el nombrar a la protagonista se debe al componente de originalidad (en principio no podría mentar otro ejemplo similar): la serie introduce una “heroína” que, en posesión del don de la atemporalidad, castiga a los autores de conductas reprobables en los diversos supuestos.