OPINIóN
Actualizado 15/03/2026 23:56:37
Francisco López Celador

Vista la trayectoria que sigue la política exterior de Trump, y a pesar de sus constantes cambios de opinión, es arriesgado asegurar que, tras sus intervenciones en Venezuela e Irán, no lo repita en Cuba. Ya lo ha insinuado. Desde que inició su segundo mandato, no ha cesado de sacar pecho ante cualquier situación que considere como buena ocasión que le permita convertirse en el árbitro de la Tierra. Es verdad contrastada que EE.UU. es una potencia que va camino de abandonar su hegemonía como potencia mundial para ceder el testigo, de momento, a China. De ahí que su actual pase por asegurarse los recursos necesarios para recuperar esa pretendida posición estratégica. Ya lo dejó muy claro al tomar posesión en su primer mandato: América First

En el caso concreto de Cuba, no se debe olvidar los recursos estratégicos que posee en metales como cobalto, níquel, cobre y oro, así como en petróleo que guardan sus aguas territoriales. Detrás de la disculpa de acabar con un régimen dictatorial -medida muy sana- pueden esconderse beneficios económicos, que es lo que mueve a Trump. Así pues, vamos a recorrer la historia de la isla desde su pertenencia a España hasta hoy.

Cuba alcanzó su independencia de España –con la ayuda de Estados Unidos- en 1898 aunque no tuvo efectos hasta 1902 con el Tratado de París. Allí impusieron los norteamericanos la famosa Enmienda Platt por la que podían intervenir militarmente en la isla. A principios del siglo XX funcionó como una economía dependiente de EE.UU. sobre todo en la industria azucarera. En 1934 se derogó la enmienda y disminuyó la tutela de USA, pero no la dependencia política y económica. Esta situación generó tensiones internas y alimentó movimientos nacionalistas que criticaban la desigual distribución de la riqueza y la influencia extranjera.

Con la llegada de Fidel Castro al poder, en 1959, cesó la dictadura de Batista y apareció la Revolución. El nuevo gobierno adoptó el modelo socialista nacionalizando empresas e introduciendo reformas agrícolas. Ese cambio supuso la reacción de EE.UU. imponiendo

el aislamiento político y económico de la isla. En 1961 se produjo el intento fallido de invasión conocido como Invasión de Bahía de Cochinos, apoyado por la CIA y ejecutado por exiliados cubanos.

Al desaparecer la Unión Soviética llegó una profunda crisis y Cuba perdió su principal socio comercial y fuente de energía, lo que provocó escasez generalizada y un fuerte descenso del nivel de vida. Para remediar el trance, el gobierno cubano introdujo reformas unilaterales: apertura parcial al turismo internacional, autorización de pequeñas actividades privadas y búsqueda de nuevos socios económicos, pero el embargo al que le sometieron los estadounidenses fue determinante en la economía del país. Durante los años 2000 y 2010, el liderazgo pasó gradualmente de Fidel Castro a su hermano Raúl, quien introdujo algunas reformas económicas y facilitó el histórico acercamiento diplomático con Estados Unidos durante la presidencia de Barack Obama.

Desde 2018 el país está presidido por el comunista Miguel Díaz-Canel, primer líder cubano que no pertenece a la generación revolucionaria original. Su gobierno se ha enfrentado a una situación económica extremadamente compleja: escasez de energía, inflación, emigración masiva y protestas sociales.

La situación se ha agravado recientemente por la crisis energética y por las tensiones con Estados Unidos, que ha intensificado la presión económica. Todo indica que la falta de petróleo y las sanciones han paralizado sectores clave de la economía y han provocado apagones generalizados.

Al mismo tiempo, se han iniciado contactos entre La Habana y Washington para tratar de resolver problemas bilaterales en medio de esta crisis.

La hipotética intervención de EE.UU. en Cuba bien podría responder a un control del Caribe y el Golfo de México, a su escasa distancia al continente y al valor simbólico que representa ser el último gran régimen socialista del hemisferio occidental. Con esa operación, se podría conseguir un posible cambio de régimen político a otro más acorde con sus intereses, a la vez que se potenciaría el Caribe en sectores como turismo, o la logística portuaria. Una apertura económica plena podría atraer fuertes inversiones internacionales.

Entre los inconvenientes de esa intervención, se puede hablar de un peligro de desestabilidad en la región, de su elevado coste y del más que probable movimiento masivo de migración.

Como vemos, la historia de Cuba ha ido evolucionando unida a su relación con EE.UU. Desde su independencia, la revolución rompió ese lazo de unión para atarse al bloque socialista. A partir de ese momento ha predominado el enfrentamiento entre los dos modelos.

Actualmente Cuba pasa por una profunda crisis económica y se deja entrever un futuro político en el que habrá que ver cuál será la posición de EE.UU. Todo parece indicar que habrá una presión económica con negociaciones que faciliten cambios progresivos. En cuanto a la posible intervención militar, Cuba puede agradecer a Trump que haya emprendido su ”guerra particular” comenzando por Oriente Medio. Todo apunta a que el final de ese conflicto no está tan próximo como le gustaría. Sería un fracaso que en Oriente Medio se repitiera la historia de Corea, Vietnam, Irak o Afganistán. Demasiadas vidas humanas, elevados costes y grandes estragos para no siempre acabar con el problema.

Vistos los repentinos cambios de opinión de Trump, no se puede asegurar nada. Por eso, no es extraño que el gobierno cubano esté dispuesto a entrar en negociaciones con los Estados Unidos. Está dispuesto a poner sus barbas a remojar antes de que sea tarde.

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