OPINIóN
Actualizado 16/03/2026 09:47:05
Charo Alonso

-A mí no me hagas leer.

Los hay que te hurtan la mirada. Los hay que corren tanto que lo de la pausa versal es para convertir en prosa todo poema. Los hay que hablan para el cuello de la sudadera e incluso, quienes se comen las negaciones, añaden conjunciones y desvirtúan todo con tal de acabar antes. Y por supuesto, no les preguntes después qué han leído. No recuerdan absolutamente nada de esa retahíla rauda por los renglones que siguen con los dedos.

Hay intensos a los que eso de leer les da una pereza infinita, una fobia absoluta, una dejadez tremenda. Hay intensos que no leen ni en voz alta ni baja, pero que tienen la cerviz en acogotada servidumbre frente a la pantalla en la que descifran un código sin signos de puntuación, sin palabras enteras, sin sentido más que para sus ojos. Pero no son todos. El que lee, de mis intensos, lee mucho y bien, se apunta al club de lectura que lleva el Departamento de Lengua, siempre levanta la mano cuando hay que hacerlo en voz alta y se esfuerza en no comerse ni una sílaba. E incluso, cuando pido voluntarios para un concurso de lectura en voz alta, ahí que va… dispuesto a ganar el premio a la mejor dicción, a la salida al sol por las calles de Salamanca para perder el miedo escénico y hasta para disfrutar de echarle un ojo a los de los otros institutos y a los de los concertados, con sus uniformes y sus maneras cuidadas. ¿Puedo leer, puedo leer?

Cuando le digo a Edgar que sienta cada sílaba en la boca como si fuera lo más importante, puntada a puntada, mientras mira al interlocutor en cada punto y seguido, me pregunto qué verá desde su altura. Me saca casi dos cabezas, viene de un país que ahora no recuerdo y tiene un suave acento y la mala costumbre de pasarse de un renglón a otro, como si se columpiase. Pero quiere estar ahí y cuando le oigo sobre el escenario, con tanto cuidado como lentitud y atención, estoy a punto de llorar como una madre orgullosa. Porque su texto tiene una frase que le he pedido que diga con fuerza, con entusiasmo. Y de repente, clava sus ojos enormes y confiados en mí y sin mirar al papel oigo su voz perfectamente clara en este salón de actos.

-Sí, lo prometo.

Y entonces siento que todo merece la pena. La búsqueda de títulos que les gusten, las clases a las que no atienden, los exámenes llenos de errores, las charlas, las exposiciones, las broncas, las páginas del libro de texto, los ejercicios, los madrugones, los pasillos llenos, el trabajo, la tarea, las notas, la imposibilidad de dar el temario, de evaluar con competencias… Nada puede compararse a esta frase perfectamente modulada que me dedica a mí, a mí que no confiaba en su capacidad de leer en público. Y suspiro de alivio, los hay que no leen, por supuesto, pero quienes lo hacen son nuestra alegría, nuestro orgullo, la esperanza de que el trabajo merece la pena. Y apenas puedo pronunciar un “gracias”, yo, la que insistía en modular cada sílaba como si fuera lo más importante del mundo. Sí, lo prometo.

Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.

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