Un emotivo encuentro para evocar el exilio de Miguel de Unamuno en Hendaya y su relación con el injustamente olvidado Eduardo Ortega y Gasset con los nietos de ambos.
La emoción es absoluta cuando, en el salón rectoral de la Casa Museo de Unamuno, Pablo, el nieto de Don Miguel, se inclina hacia Adela Ortega, la nieta de su entrañable amigo para entregarle una copia enmarcada del poema que le escribió a Fernando Ortega, su padre. Un gesto de afecto después de la charla, siempre llena de pasión y de sabiduría ofrecida por Colette y Jean-Claude Rabaté, los expertos en Miguel de Unamuno cuyo empeño es infatigable y que han rastreado como nadie la estancia del autor en ese rincón francés tan cercano a España donde la Dictadura de Primo de Rivera le unió a Eduardo Ortega y Gasset, el hermano mayor del filósofo.
Nacido en abril de 1882, político, intelectual, periodista, jurista y luchador por las libertades. Eduardo Ortega y Gasset fue, junto a Unamuno y a Blasco Ibáñez la cara más visible contra la dictadura entre los años 1925 y 1930. Los dos primeros, en la casa de Ortega, hicieron una revista llamada “Hojas Libres” donde los peores epítetos y la pluma más acerada se blandían contra Primo de Rivera. El apoyo del que luego sería ministro de justicia en la Segunda República, fue vital para Unamuno. “Hombre de paz”, “Santo laico” Ortega era generoso con todo el que precisaba su ayuda y tocaba la puerta de su casa. Él y su esposa la convirtieron en lugar de encuentro y puerto seguro de los enemigos de la primera dictadura que sufrieron. La segunda, tras la Guerra Civil, hizo que la familia se refugiara en Cuba, terminando en Venezuela donde moriría en 1965 un personaje que ha sido injustamente olvidado por la historia.
Era Ortega un hombre dedicado a la escritura. Incluso en el exilio venezolano publicó una memoria de su relación con el rector llena de respeto y cariño, “Monodiálogos de don Miguel de Unamuno”. Gran conocedor de la guerra de Marruecos de la que fue insuperable y dolorido cronista, era un hombre comprometido que sabía remover conciencias con sus escritos. Fruto de la Institución Libre de Enseñanza, un jurista reconocido, hijo y nieto de periodistas, conocía bien a la sociedad francesa y pertenecía a la Liga Pro Derechos Humanos y a la masonería. Escribió contra la dictadura en diarios franceses y compartió en Hendaya, donde se construyó una casa, la lucha y la serenidad también, ya que Don Miguel dejó a un lado la pluma de hierro que “hiere” y se dedicó durante su estancia en ese hotelito humilde donde pasa días y noches, a la poesía, a la redacción de bellísimos cuadros de costumbres que publicaba en un periódico argentino y donde sintiendo el afecto de la persona y del hogar de Eduardo Ortega y Gasset. Una casa llamada en vasco “dulce hogar”, porque desde el piso superior se veía España.
España donde quedó la familia de Unamuno. Para Colette Rabaté, que ahora escribe la biografía de esa gran vasca que fue Concha, la esposa de Don Miguel y el apoyo de la familia sostienen al exiliado. Ella, desde Salamanca, le escribe cartas donde le cuenta lo que lee atentamente en “El Adelanto” e incluso, tiene un problema con las autoridades cuando le encuentran ejemplares de “Hojas libres”, la revista que editan Ortega y Unamuno contra la Dictadura que ella difunde. Son las cartas que intercambia la pareja una gran fuente de información para Colette Rabaté, experta en la historia de las mujeres que aborda ahora el estudio de esa gran matriarca a la que Unamuno llamaba “mi costumbre”. Una costumbre que le falta en Hendaya, estancia de 1638 días y noches, como recuerda Jean-Claude Rabaté. Ambos han conseguido el empeño de Unamuno de recuperar los hermosos textos de Hendaya y ahora, el experto francés recopila los combativos discursos de Unamuno en esa Francia en la que era llamado “El Victor Hugo español”. Una prosa fuerte, poderosa, que nos recuerda al combatiente más comprometido. Un compromiso, afirma Pablo Unamuno, que compartía con el amigo casi veinte años más joven que él que nunca olvidó su amistad con el rector.
Evoca Adela Ortega, nacida en Venezuela, las historias familiares de su abuelo que ya en la vejez escribió sus recuerdos sobre Unamuno en un hermoso libro en el que cuenta que, en un encuentro en París, este juega con su padre, Fernando, haciéndole pajaritas. El niño le pregunta que si habla la pajarita y el escritor, yéndose rápidamente, regresa con un poema que nos ofrece toda su ternura y su especial relación con los niños. Un poema “Habla, que lo pide el niño”, que nos emociona a todos. Un poema que se une a la hermosa anécdota de un Ortega que recibe, a las dos de la mañana, la llamada de Unamuno, quien habitaba el modesto hotel cercano a la estación. Preocupado, Ortega escucha la voz del amigo anunciarle feliz que ha conseguido hacer un animal, un cerdo, doblando ese papel que ahora también florece en las manos de Pablo Unamuno, experto en el arte de la papiroflexia.
La emoción del encuentro nos recuerda la importancia del compromiso, de la amistad, el apoyo y el honor que debemos a los personajes ignorados por la historia. El encuentro de sus descendientes ha sido un regalo del que hemos formado parte, un momento en el que ha estado vivo el recuerdo del tiempo en Hendaya pleno de lucha política que evoca Jean-Claude Rabaté, un tiempo vasco, asomado a la España próxima en el que Unamuno se sostuvo con las cartas de Concha, esa matriarca vasca también valiente y decidida que ahora trabaja incansable, en su estudio francés, Colette Rabaté. Y la historia de una amistad, de un espacio, de una lucha compartida, se hace íntima y amorosa en el abrazo de Adela Ortega y Pablo de Unamuno ante la mirada de los biógrafos y del público emocionado. Ninguno de los dos, en la Casa Museo, es ya un desterrado.
Charo Alonso Martín.
Fotografía: Casa Unamuno y Francisco Antonio Martín Iglesias.