La otra tarde, charlando con un amigo de mi generación (los que estábamos en el paraíso de la infancia en la década de los años 40) nos dimos cuenta de la obviedad de que nunca habíamos vivido un conflicto bélico a lo largo de la vida, excepto de manera fantasmática, a través de los relatos de los vencedores, (más que de los vencidos).
Pero las palabras y los fantasmas también dejan huellas y transforman el modo de percibir el mundo del que escucha.
Viene esta reflexión al hilo del tenso presente que estamos viviendo a causa del ataque de EEUU e Israel a Irán y los ataques de Irán a varias bases militares norteamericanas, en países de Oriente Medio, (también a la base militar inglesa en Chipre). La madeja del statu quo internacional del que formamos parte es tan compleja que nos resulta difícil delimitar nuestros objetivos e intereses de los otros componentes de la madeja; los intentos de análisis políticos completos se frustran en el maremágnum de intereses nacionales.
Algunos de nuestros políticos, no muy aficionados a utilizar a la diosa Razón en su ayuda, desde el principio toman partido por la alianza con el más poderoso o el que tiene más posibilidades de “ganar”. Y dan por resueltas las dudas. Otros, como nuestro actual Gobierno, analizan y llegan a la conclusión de que esta guerra ( la de EEUU e Israel contra Irán y aliados) no es nuestra guerra: nosotros no estamos en guerra, afirman.
Pero la realidad, siempre tozuda, nos golpea con golpes concretos, a los pocos días de iniciarse las hostilidades: los precios del petróleo y derivados suben, también los del gas, los de numerosas mercancías que ahora tienen que hacer un recorrido mucho más largo para llegar a nuestro país. La Bolsa española, que tan orgullosa iba hasta hace una semana, comienza a bajar significativamente. Nos tensamos involuntariamente.
Porque hasta ahora el ser humano se guiaba por la distancia física que le separaba de un acontecimiento para sentirlo ajeno o propio; era cuestión de kilómetros de distancia. “No te preocupes de eso. Está muy lejos”, nos decían nuestros padres. Pero hemos llegado a una etapa en la que todo está cerca, incluso dentro de nuestra casa; la televisión nos ofrece imágenes de casi todo lo que sucede. Sobre todo, de lo traumático.
De tal manera que la única fórmula que nos queda a los ciudadanos de a pie es enfocar nuestra atención en asuntos más inmediatos, de nuestro alrededor, aquellos en los que aún podemos sentirnos de algún modo protagonistas, y así alejarnos mentalmente de guerras que no son las nuestras ( que quedan como fondo y no como figura de nuestra existencia): como por ejemplo, cómo podremos conseguir la vivienda que necesitamos, qué haremos con nuestra hija o hijo que últimamente llegan revueltos del colegio, cómo plantearemos el tema pendiente en la próxima reunión de vecinos, dónde podremos ir este verano de vacaciones, etc.
Pues si abandonamos nuestros intereses, ocurre como si abandonáramos nuestro sentido común, como vemos que le pasa a ese presidente de pelo naranja, que, con su gorra roja, cada día se otorga el derecho a inmiscuirse y querer transformar cualquier territorio ajeno en su patio trasero. En su nueva finca de recreo.