La primavera nos regala árboles cuajados de flores, los ciruelos silvestres que se adornan mientras vuelven a bajar las temperaturas y recuperamos los guantes, la desazón del frío, la grisura del cielo y el agua que cae no calma la sed. La sed de un tiempo incierto, de noticias que hacen brotar cráteres en el suelo del desierto donde se guardan la cuaresma y el ramadán, caen las bombas y junto al pozo de Jacob, nos preguntamos dónde está el agua viva que apague el fuego de la guerra. Ante el brocal evangélico, se sientan la judía y la musulmana, la mujer velada porque así lo quieren los hombres y la occidental, quizás aquella que en su lejano continente no sabe ni situar este país al que el suyo ha declarado la guerra. Si le arrancamos el velo, no a la cabeza de la mujer tapada, sino a la situación, lo único que encontramos es un pozo de petróleo de donde no mana más que muerte. El mismo que en Venezuela lo tiñó todo de impostura. Negritud que emerge de una tierra masacrada que fue Tigris, fue Eufrates, fue Persia, fue poesía, fue Líbano de cedros majestuosos y gentes que nos enseñaron el alfabeto. Por el desierto sin pozos vagan los hombres y sus desdichas, y las mujeres, hospitalarias, se sientan al abrigo de los pozos, a la sombra de las casas, las palmeras, las higueras y las vides, en el consuelo de los caminos.
Apenas lo entendemos, yendo y viniendo a nuestros quehaceres, sin reparar en el recodo donde se encuentran los desconocidos, los que no se hablan, los hombres, las mujeres, los enemigos, los enfrentados, los pobres, los poderosos. Y quizás sea en ese rincón, en el mero gesto de pedir agua, de entablar conversación, el lugar en el que se rompa el hechizo de la guerra. Agua en el pozo que no es de petróleo, agua en la Gaza destruida, agua en el camino de la ruta de la seda, agua en la hospitalaria ruta persa hacia La India, agua en los infames países del golfo donde el lujo esconde la esclavitud del pobre. Agua en el Jordán de las fronteras que son dunas, agua en el retiro de los profetas, en la sed que se deja para el momento en el que se rompa el ayuno con el fruto de la palmera.
Mientras nosotros seguimos con la vida cotidiana, bajo la rama florecida, el frío que llega de nuevo a recordarnos que marzo tiene cualidad de viento y nombre de dios de la guerra, en el desierto enmudece el pozo y se envenena el oasis. Caen las bombas y las gentes vagan en la sed del ayuno y de la falta. Y todo nos parece tan irreal como la primavera que nos dejó un instante pleno antes de retirarse, dejándonos el recuerdo de la rama florecida. Del agua de la vida de un pozo en el que sentarnos a compartir con la samaritana el cántaro del día, lo incierto del mañana.
Charo Alonso. Fotografía Fernando Sánchez Gómez.