La publicación de un estudio estadístico reciente, “Barómetro de Juventud y Género 2025”, realizado por 'Fad Juventud', arroja unas cifras no por esperadas menos alarmantes, que hablan de un creciente rechazo al concepto “feminismo”, su sentido y su significado, por parte de jóvenes españoles entre 15 y 29 años, mayoritariamente varones, justamente el período vital en que deberían ser ayudados, enseñados, apoyados u orientados para madurar. Y no.
El rechazo al feminismo no va nunca solo: significa también la adopción de posturas no solo machistas, sino xenófobas, discriminatorias, desiguales y clasistas. Hablar de los aumentos del porcentaje de quienes rechazan el feminismo como realidad social y de avance democrático en derechos, es hablar de la miseria de las realidades cotidianas y del debilitamiento de los principios esenciales de la convivencia. Y es, sobre todo, hablar de la inocultable responsabilidad que el sistema de enseñanza español tiene en el descarado aumento del fascismo, la ignorancia y la incultura entre jóvenes.
El lamentable rechazo al feminismo y lo que significa, principalmente por parte de hombres jóvenes (también, ay, de mujeres), no solo obedece a la intoxicación mediática y en redes que, buscando rentabilidad electoral, señala los avances feministas como culpables de unos magnificados procesos de frustración y decepción, y que buscan hacer responsables a las conquistas de la igualdad y la justicia social, lo que llamamos feminismo, del supuesto descenso de unos no menos supuestos ‘derechos de masculinidad’ que se dicen amenazados.
Ese rechazo juvenil al feminismo obedece también, y quizá en mayor medida que a ninguna otra cosa, a la descomunal desatención educativa y de enseñanza en cuanto a temas como la igualdad, la naturaleza de los derechos y la conciencia social de las exigencias éticas de la convivencia. ¿Alguien, alguna vez, tendrá la suficiente osadía humana y moral como para denunciar en voz alta desde la tarima de un aula, desde el atril de un Paraninfo, desde la mesa de un Ministerio, que la enseñanza en España se ha convertido en un trámite administrativo donde el aprendizaje es apenas un eco lejano de lo que debería ser?
Ese machismo creciente que ahora se muestra en las encuestas con el disfraz de rechazo al feminismo, es el fruto directo de la frivolidad, la inconsciencia y la brutal negligencia con que en la enseñanza pública, desde Primaria hasta la Universidad, se gestiona algo tan trascendental como la educación en valores, la ética y el derecho, una labor especializada, de competencias estrictas y capacidades directas, una labor delicada, frágil y fundamental que académica, didáctica y pedagógicamente habría que poner en manos de especialistas formados específicamente, y no como “maría” ni para completar la carga lectiva de nadie.
¿Alguien tendrá el valor, o el ataque de sinceridad, o la vergüenza, para decir desde dentro del sistema de enseñanza, que los profesores, los enseñantes, los “educadores” en su inmensa mayoría se han convertido, si es que alguna vez fueron o les dejaron ser algo diferente, en náufragos asfixiados por una burocracia estéril, presos de la necesidad económica y rehenes de un abandono oficial que, llenándolos de matasuegras, trompetillas, silbatos, efemérides, eventos y disfraces, vacía sus manos de verdaderas herramientas para enseñar, y su voz de motivos para querer hacerlo?
Preguntemos, inquiramos, planteemos…: …qué aprendemos, qué enseñamos, cómo conservamos y nos alineamos con “tradiciones” o “celebraciones” que remachan y reafirman las mentalidades desiguales de hace décadas o siglos…: porque ahí está, también, el rechazo al feminismo;
…de qué forma confundimos la lealtad con el inmovilismo, la obligación con la humillación; cómo nos callamos ante la imposición caprichosa de directores, rectores, inspectores o ministros…: porque ahí se fragua la molicie del joven y nuestra pereza por explicarle;
…qué beneficios obtenemos con los roles desiguales entre sexos, cómo somos incapaces de enfrentarlos más allá de la hora del café al hábito cruel o a la costumbre injusta; qué nivel de egoísmo hace que nuestro beneficio, el propio, el yo-mi-me-conmigo (mi bienestar, mi opinión, mi comodidad… como norte y clave de todo y que a los demás les vayan dando); y que eso, solo eso, esté siempre por encima de cualquier otro cielo (y cualquier otro infierno);
…a qué renunciamos y a qué no, para lograr la igualdad de quien no es cercano, conocido, cómplice o acreedor;
…cómo y por qué creemos que el diferente es siempre menos importante que ese patético rostro de la indiferencia, el egoísmo y la mezquindad que nos mira desde el espejo.