En sentido inverso, ¿cómo representaríamos el drama de las Pagodas Gemelas y el Templo Luohan, de Suzhou, en español?
Iniciaremos el escrito con una negación. Aprender otro idioma no equivale a vaciarse de la lengua propia, para llenarse de la nueva. En cambio, significa acoplar la lengua propia a la nueva, como quien viste un disfraz con un cuerpo que no cambia. La tesis, que refutarán quienes sí hablen dos idiomas —que parece cómica, además, en mi caso: veo mi barriga abultada bajo la nueva prenda ajustada a mi existir—, la argumentaremos, sin defenderla lo suficiente, en la parca extensión del escrito inconcluso. Tras una digresión no omitida, usaremos una obra del Siglo de Oro sin traducción, hasta donde sepamos, al chino, para representar la idea.
En China, se habla chino. Asimismo, cada país habla su propio idioma. Cómo ha sido, para una persona que escribe en español, la vida en otro hemisferio. Si reuniéramos la experiencia en una palabra, mencionaríamos, sin saber por qué, a Demian, de Hermann Hesse, en la edición de Porrúa, colección Sepan cuantos…, acompañada de Siddartha.
Aquella lectura de Demian llegó con El lobo estepario, en una fecha cuando desconocíamos que aquellas representaciones mostraban con símbolos experiencias compartidas por la humanidad. En el Año del Caballo, seguimos creyendo aquello, pero diferente. Seguimos en busca de una poesía en un suplemento cultural, que no sea de las que abundan por doquier.
Qué poema buscamos. La poesía es como la vida: en España, me parece, se dice que el chorizo huele de lejos. También he escuchado decir que el verso mata a la poesía. Esa poesía, para dos amistades que me han compartido un libro inédito, bajo condición de anonimato, «es el arte de ver y sentir, a través de las palabras, la otra cara de la realidad.» «La buena poesía, como es el caso, tiene que estar un poco seca, no muy sentimental, para que arda bien.»
Con las personas nos sucede lo mismo. En el adentro, sabemos quién es buena persona y quién no lo es. El recuerdo (dicta el lugar común), dura por siempre. Como lo sugiere la poesía de Garcilaso, su figura queda impresa en el alma.
Esa poesía no agrega nada donde no cabe nada más, ni retira nada tampoco. Resalta la evidencia; dispensa un grano de sal. Abre la ventana, para que entre el aire y la luz, al recinto de la página en blanco. No define nada tampoco, agregamos nosotros, adelantándonos a Rilke. Abre un espacio para la duda y dice por ahí. Esa poesía conserva el encanto de la infancia, en un cerebro desengañado del mundo.
Aprender otro idioma —palabras más, palabras menos— equivale a algo por el estilo. Cuando escucho el chino, en ocasiones, me parece percibir un cuerpo robusto, trabajado, descansado, tendido en el campo, entre árboles presentes y un río que no pasa desapercibido. Las mariposas que se persiguen por la geometría del espacio imitan las pocas palabras que domino. La cueva de Salamanca, de Juan Ruiz de Alarcón, aquí está deshabitada, en ruinas. Falta tiempo para levantarla, pero no con la piedra de Villamayor, ni con ninguna mexicana, sino con la local, china, para que comunique, a un tiempo, el misterio original de aquella cueva salmantina, española, y el misterio local, representado en aquel escenario.
En sentido inverso, ¿cómo representaríamos el drama de las Pagodas Gemelas y el Templo Luohan, de Suzhou, en español?
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