OPINIóN
Actualizado 06/03/2026 10:15:06
Concha Torres

Creo que me moriré sin poner un pie en Oriente. No es un drama, y no debería ser ni siquiera objeto de una columna de opinión; para empezar porque a nadie le importa y para seguir porque hay millones de seres con pasaporte español (por hacer referencia a unos que sean como yo) que no solo no van a poner un pie en Oriente, sino que ni siquiera han puesto un pie en las Canarias, que al fin y al cabo son territorio nacional.

Son muchas las circunstancias que me impiden ir a Oriente y, una de ellas, es que hay una guerra que entorpece las comunicaciones aéreas a través de esa anomalía en el desierto que son los Emiratos Árabes o Quatar. Escribo estas líneas mientras contemplo en los telediarios a enormes pandillas de chavales (si les saco por lo menos veinte años puedo permitirme llamarlos así) que lloran y se lamentan porque están varados en el aeropuerto de Doha o de Abu Dabi y no van a llegar nunca ni a Tailandia, ni a Bali, ni a Australia y a saber cómo y cuando van a poder regresar a La Mancha de la que provienen, dando por bueno que Madrid es la Mancha, solo que con más cemento y más millonarios por metro cuadrado construido. Dicen ellos que han trabajado mucho para pagarse esas merecidísimas vacaciones que Trump, al que probablemente estarían dispuestos a votar, les ha estropeado. De la pérdida de vidas humanas, la destrucción de las ciudades, la crisis geopolítica y la subida del petróleo ni hablamos, las vacaciones es lo que Trump se ha cargado, el resto son molestias colaterales. Me da que ellos tampoco van a poner un pie en el lejano Oriente.

Si los tuviera a mi vera o, si simplemente leyeran la prensa, les contaría que esa enorme frustración y rabia que comprendo solo hasta cierto punto, lo será menos de aquí a unos años, cuando la obsesión por ser Marco Polo se les vaya pasando y se den cuenta que el viaje a veces no necesita de Quatar Airways y sí de mucha imaginación, o de muchos recuerdos, o de dos o tres lugares que fueron patria en un momento, refugio en otros y desván acogedor para los sentimientos en otros muchos. Que se puede viajar hasta en burro, si es que no se extinguen de aquí a unos años y llegar a lugares que no son exóticos, pero sí una parte de la vida propia; y que cuando llega uno a ellos, siente un dardo sentimental que ha acertado en pleno centro del corazón, o de allá donde guardamos nuestros recuerdos más preciados. Lástima que para apreciar todo ello, el precio a pagar sea envejecer.

Desde hace unos días, la mitad del mundo es un lugar hostil, bombardeado y declarado como territorio en guerra. No parece que esa noticia le conmueva a la familia de Málaga a quienes dejaron en mitad de un crucero por el Golfo Pérsico y, por cierto: ¿qué hacen dos menores en edad colegial paseándose con su familia por el Golfo en días lectivos?; tampoco le conmueve a la Influencer varada en Dubai, que critica al gobierno del que ha salido huyendo para no liquidar sus impuestos porque no la rescata con el dinero de todos, que son esos impuestos que ella y otros como ella se niegan a pagar. No parecen conmovidos los muchos turistas que van por aquellas tierras buscando lujo, neones y rascacielos en medio del desierto (un espejismo, a fin de cuentas) que se quejan de que a pesar de estar alojados en hoteles de cinco estrellas de forma gratuita y comiendo igualmente gratis, no se les permite el acceso a la piscina o las pistas de padel. No sé si están conmovidos los dos ilustres miembros exiliados de nuestra familia Real en Abu Dabi, pero eso es lo que menos me importa.

A mí me conmueven los diplomáticos españoles que tienen que lidiar con toda esa tropa desagradecida, egoísta y plañidera, que se queja de haber tenido que ir en autobús de Quatar a Ryad para coger un avión de evacuación (gratis) que los ha puesto sanos y salvos en Barajas. Por cierto, 582 kilómetros, casi los mismos que hay de Madrid a Huelva y hay gente que lo hace en autobús (pagando) porque en el occidente peninsular no hay trenes, o se montan en un tren para hacer una oposición y pierden la vida. Me conmueve la guerra, y la sola formulación de su nombre, porque pensé que a estas alturas no sería un asunto del que preocuparme, y lo es. Y la verdad, vistos los comentarios del personal varado en esos países del Golfo, que no son precisamente un dechado de virtudes, no me queda más remedio que reconocer que si nos extinguimos, no pasa nada, e incluso puede que nos lo merezcamos como sociedad.

Concha Torres

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