“La cultura es inestable” me repito a mí mismo. Es un mantra, un precepto religioso que me obliga cuestionar asiduamente mi lugar como consumidor, en las dinámicas del capitalismo posmoderno, en los cubos blancos expositivos, en mis redes sociales y en la calle. Veo cómo los dispositivos y objetos tratan de ser neutrales, de emanciparse, de funcionar de manera autónoma sin darle cuentas a nadie. Pero la cultura es inestable, me digo y solvento mis palabras ausentes.
La calle, que desde siempre ha sido un lugar de batalla tanto cultural como política, se ha vuelto por unos días un organismo de propaganda electoral que promete la salvación. Los falsos mesías visten de colores y logos en pos de un interés fingido por el viandante. Las sonrisas son controvertidas, parecen conocer a quién se dirigen. El folleto llega a mi mano sin poderlo rechazar y así me empapo de nuevo de todo lo que consume el día.
Cuando visito las exposiciones me pregunto cuál será la visión de los artistas más allá de las líneas, los colores o los formatos. Hay una verbena de pensamientos en torno a la obra de arte contemporánea. Se acude a lo inmediato: su belleza, su fealdad, su gracia (ya sea vasariana o cómica) para fundamentar el veredicto final.
Se acude a las referencias que manejan los artistas para valorar su obra, ya sea para probar sus aportaciones a la cultura o para medir su lugar en la tradición. También se reivindica en función de sus características sociales. Aunque es más difícil ver el juicio en torno a la ausencia de la obra. La pura participación de una pieza muestra también las ausencias de otras, del proceso creativo del artista y la necesidad de articular vínculos a la manera de icónicas alocuciones. Por qué hablar tanto, por qué tantas palabras, por qué el signo convertido en cadenas. Así, una obra muestra un campo azul de manera discreta.
En su marea de significantes, el azul ultramar remite a la tranquilidad, pero también a la tristeza y a la riqueza. Su caso es sobradamente conocido. Este color ha sido tomado en varias partes de la historia como un símbolo de distinción por la dificultad de conseguirlo. De esta guisa, nace su vertiente política y se erige como un cuerpo de batalla más. Se asoció a los personajes más importantes, lo cual les otorgó un estatus de divinidad y conformó su propia iconografía. De ahí, la descontextualización del color mediante su aplicación en reductos insignificantes se considerase tanto una ofensa como una reivindicación.
El azul, en sus diversas tonalidades, aparece explotado en la cerámica, especialmente en los sonoros azulejos que tantos poemas despiertan. Esa variedad tonal tan ligera, brumosa y empática nace como resultado de una oxidación en el horno, de un bautismo de fuego. Allí donde triunfó, en Delft y posteriormente en todo Portugal, se gestó una especie de milagro. Una epifanía, como creo fervientemente. Sus formas se imitaron hasta en la pintura, en un interesante trasvase plástico, como se puede comprobar en el coro de la Sé de Miranda de Duero. Posteriormente, el azul pasó por un proceso de democratización, vamos a decir, “sincera”.
Los pantalones vaqueros aparecían teñidos por índigo y décadas después se mostraron revolucionarios hasta que las clases privilegiadas controlaron el símbolo. Del mismo modo, parece interesante ver cómo se patentó y pasó a ser un organismo rotundo del capital, como vemos en el caso del azul Klein. Todo ello sin contar con la connotaciones psicológicas dadas a él, así como la cultura que generó como el Bluets de Maggie Nelson. Así que, por si no ha quedado claro, su utilización mostraba una realidad más intensa e interesante que la que nos puede remitir su propia visibilidad. Por lo que no es algo neutral, sino algo afectado por el sistema humano. Por la cultura, a la que llamo “inestable” por mi propia incapacidad de elegir palabras exactas.
Ni el azul ni la calle ni yo.