“No puede haber liberación para las mujeres sin una transformación profunda de la teología y de la Iglesia.”
ROSEMARY RADFORD RUETHER
“Hablar de Dios desde la experiencia de las mujeres cambia la manera de comprenderlo todo.”
IVONE GEBARA
El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, no es una simple conmemoración civil. Es una fecha que interpela también a la Iglesia, quizá uno de los últimos reductos institucionales del patriarcado en nuestras sociedades occidentales. Mientras en la política, la universidad o el ámbito profesional se han abierto espacios —todavía insuficientes— para la igualdad efectiva, en la Iglesia católica la estructura sacramental y el modelo de autoridad siguen siendo exclusivamente masculinos en su nivel decisivo. Hablar de la igualdad de la mujer en la Iglesia no es una concesión a la moda cultural, sino una exigencia de coherencia evangélica y de justicia interna.
Durante siglos, la lectura de la Escritura ha estado marcada por una perspectiva androcéntrica que se ha presentado como neutral. Sin embargo, la exégesis contemporánea ha mostrado que muchas interpretaciones tradicionales han absolutizado textos de control y han silenciado otros relatos. La teóloga Elisabeth Schüssler Fiorenza advirtió que “la Biblia ha sido interpretada en clave patriarcal, legitimando estructuras de dominación que no necesariamente responden a su dinamismo liberador”. Esta observación no desacredita la Escritura; al contrario, invita a leerla de forma más rigurosa y crítica, distinguiendo entre mensaje revelado y mediaciones culturales.
En la misma línea, la biblista Mercedes Navarro Puerto ha subrayado que el problema no es la existencia de textos condicionados por su época, sino su recepción acrítica a lo largo de los siglos. Como ella señala, la tradición interpretativa ha tendido a convertir en norma universal lo que en muchos casos era una regulación contextual. Esta forma de lectura ha reforzado la idea de que la subordinación femenina forma parte del orden querido por Dios, cuando en realidad responde a estructuras sociales históricas.
Si nos acercamos al Nuevo Testamento sin prejuicios, encontramos mujeres que no ocupan un papel marginal. Elisabeth Schüssler Fiorenza habló incluso de una “discipulado de iguales” en las primeras comunidades cristianas. El propio testimonio paulino menciona colaboradoras activas en la misión. La memoria de esas mujeres quedó después diluida en una organización eclesial cada vez más jerárquica y clericalizada. No es una cuestión menor recordar que el cristianismo nació en un contexto donde la presencia pública femenina era limitada, y, aun así, el movimiento de Jesús abrió espacios de dignidad y reconocimiento inéditos.
La discusión sobre el ministerio ordenado femenino se ha planteado muchas veces como si se tratara de una ruptura con la tradición. Sin embargo, la historiadora Karen Jo Torjesen mostró que en los primeros siglos del cristianismo las mujeres ejercieron funciones de liderazgo y autoridad en determinadas comunidades. La uniformidad posterior no fue inmediata ni absoluta. La historia eclesial no es una línea recta, sino un proceso complejo en el que las decisiones se han visto influidas por factores culturales y políticos.
Uno de los argumentos más repetidos contra la ordenación de mujeres es la elección de los Doce varones por parte de Jesús. Sin embargo, como recuerda el teólogo Yves Congar, la tradición no puede entenderse como mera repetición material de gestos históricos, sino como fidelidad al sentido profundo del Evangelio en cada época. Si el núcleo del mensaje cristiano es la dignidad radical de toda persona bautizada, entonces la exclusión permanente de las mujeres del ministerio ordenado plantea una tensión teológica difícil de resolver.
El problema no se reduce al acceso al sacerdocio. La estructura de poder en la Iglesia sigue siendo eminentemente masculina. Las mujeres sostienen la vida parroquial, la catequesis, la acción social, la transmisión cotidiana de la fe, pero apenas participan en los órganos donde se toman las decisiones doctrinales y disciplinarias. La teóloga Ivone Gebara ha afirmado con claridad que “no basta con reconocer la igualdad en abstracto si las estructuras concretas siguen reproduciendo desigualdad”. La igualdad sacramental proclamada en el bautismo no se traduce en igualdad real de participación.
Llamar a la Iglesia “último reducto del patriarcado” puede parecer una expresión dura, pero describe una realidad estructural: el monopolio masculino de la autoridad sacramental y jurídica. En un mundo donde la igualdad de derechos es un principio asumido, esta situación resulta cada vez más incomprensible para muchas personas creyentes. No se trata de someter la fe a la cultura dominante, sino de discernir si ciertas prácticas responden al núcleo del Evangelio o a condicionamientos históricos que podrían revisarse.
El 8 de marzo recuerda que la igualdad no es una amenaza, sino una oportunidad de conversión institucional. La Iglesia ha cambiado en otras cuestiones que durante siglos se consideraron inmutables: la relación con la libertad religiosa, la valoración de la conciencia, la comprensión de los derechos humanos. Como señaló John Henry Newman, “vivir es cambiar, y ser perfecto es haber cambiado muchas veces”. La tradición no es un bloque inmóvil, sino un proceso vivo de interpretación fiel.
Muchas mujeres creyentes viven hoy una tensión interior profunda: aman a la Iglesia y, al mismo tiempo, experimentan que no son plenamente reconocidas en ella. No buscan privilegios ni revancha, sino coherencia entre el mensaje proclamado y la práctica institucional. Si la Iglesia afirma que en Cristo “no hay hombre ni mujer” en términos de dignidad y salvación, debe preguntarse hasta qué punto sus estructuras reflejan realmente esa convicción.
La igualdad de la mujer en la Iglesia no implica uniformidad ni negación de la diferencia. Significa reconocer que la vocación, la capacidad de liderazgo y la llamada al servicio no están determinadas por el sexo. Significa admitir que el Espíritu no se distribuye según categorías biológicas. Y significa, sobre todo, que la comunidad cristiana tenga el coraje de revisarse críticamente a la luz del Evangelio.
El 8 de marzo no debería vivirse como una presión externa, sino como una llamada interna a la justicia evangélica. Una Iglesia que escucha la voz de las mujeres, que comparte la autoridad y que se atreve a reformar sus estructuras no pierde identidad; gana credibilidad. Tal vez el verdadero desafío no sea defender posiciones heredadas, sino preguntarse, con honestidad intelectual y humildad espiritual, si la exclusión femenina del ministerio y del poder decisorio refleja el rostro de Cristo o más bien la inercia de una historia marcada por el patriarcado.