En uno de los pocos países en los que se sigue hablando –y pensando- en derechas e izquierdas, no había más remedio que tratar el nuevo estallido de Oriente Próximo como blanco o negro. Sin matices. Los buenos y los malos. Es cierto que, cuando surge un conflicto armado, es porque algo ha fallado previamente. En este caso, el motivo es bastante complejo. Aquí no se trata de analizar un estallido repentino, es más bien el resultado de un proceso histórico lleno de decisiones y fracasos. Lo de ahora es consecuencia de lo pactado al final de la G.M. I. La creación del estado de Israel en 1948, por resolución de la ONU, no dejó satisfechos a todos: Israel vio materializado su proyecto, pero fue, también, el inicio de una guerra con los Estados árabes vecinos y el éxodo masivo de la población palestina. Desde ese momento, el enfrentamiento ha pasado por varias etapas: guerras convencionales (1948, 1967, 1973), levantamientos palestinos (Intifada), aparición de grupos terroristas (Hamás).
Un momento clave fue la Guerra de los Seis Días, en 1967, cuando Israel ocupó Cisjordania, Jerusalén Este y Gaza, territorios que siguen siendo motivo del conflicto. Con los Acuerdos de Oslo parecía que se abriría la puerta a la solución. Sin embargo, el desmoronamiento de Palestina y el aumento de asentamientos judíos en Cisjordania acabaron con la posible solución.
A este enfrentamiento regional se deben añadir otros factores importantes: la rivalidad entre Arabia Saudí e Irán, la intromisión de Hezbolá en Líbano, la guerra civil en Siria y la intervención de Rusia y EE.UU. Todo ha servido para convertir el conflicto palestino-israelí en un conjunto de tensiones estratégicas mucho más amplias. El posterior reconocimiento de Israel por parte de varios países árabes ha acabado alterando los equilibrios tradicionales, pero no ha resuelto el tema palestino, que continúa siendo el motivo movilizador de la opinión pública árabe.
Últimamente, la insistencia interna en Israel, la debilidad de la Autoridad Palestina y el aislamiento de Gaza, fruto de la intervención de Hamás, han creado un peligroso volcán. La reciente violencia no indica la persistencia del problema, también ha influido la torpeza diplomática y la poca consistencia de los acuerdos alcanzados.
Fruto de esta difícil situación, el ataque conjunto a Irán por parte de Israel y EE.UU. ha estirado la cuerda al máximo. Otro tirón y se romperá, sin poder asegurar cuál va a ser la parte más débil. Como era de esperar, el Gobierno de España ha vuelto a las andadas. Cuando todas las democracias liberales están dispuestas a colaborar en la seguridad de Occidente y en defender las verdaderas libertades humanas -muy especialmente la verdadera emancipación femenina; esa que tanto pregona la izquierda española y que previamente pasa por el filtro de su particular capricho-, España se coloca en el pelotón contrario. Veremos la manifestación del día 8, encabezada por las mismas mujeres que agravaron las consecuencias del covid 19, plagada de carteles que digan algo parecido a “Israel genocida”, pero ninguno que indique “Jamenei, culpable de 40-000 muertes”. No conviene olvidar que la gravedad reciente tiene su origen en el sangriento ataque de Hamás a Israel, a base de lanzar más de 5.000misiles que produjeron 1250 muertos, y tomar 250 rehenes. Por otra parte, el régimen que ha gobernado Irán en las últimas décadas es el responsable dela ejecución de miles de disidentes, incluidas las mujeres que osaron salir a la calle sin velo, y también es el protagonista de ese fundamentalismo teórico que va cargado con el mismo progresismo que aquí proclama Sánchez. Pues bien, ese gobierno presidido por el desequilibrado ayatola Jamenei también estaba empeñado en la fabricación de su bomba atómica para, según propia confesión, arrasar el territorio de Israel.
Ante este estado de cosas, España, como ha hecho todas las democracias liberales, podía haberse alineado con los países que buscan la seguridad y el imperio de los Derechos Humanos. Como miembro dela OTAN no debe enfrentarse a sus socios por acceder a las exigencias de sus compañeros de gobierno; aunque es algo para lo que no es necesario animarle, lo hace siempre que puede. Su última señal de “progresismo” ha sido comunicar a EE.UU. su negativa a ofrecer las bases de Rota y Morón a cualquier operación relacionada con el conflicto de Oriente Próximo. Ya hay más de un medio de comunicación extranjero que sugiere la conveniencia de expulsar a España de la OTAN. Me imagino que en Bruselas tampoco estarán de acuerdo con esa postura.
Particularmente, y conociendo su forma de actuar, me imagino a Marruecos frotándose las manos. Tener a EE.UU. como nuevo protector ya ha servido para ofrecer sus aguas y su territorio ante la posibilidad de que Trump decida abandonar las bases de Rota y Morón ¿A quién deberemos pedir ayuda el día que Marruecos pida Ceuta, Melilla y las aguas territoriales de Canarias?
Ante el grave problema de Oriente Próximo caben varias posibilidades. La más peligrosa sería la escalada regional abierta. Dado el nivel de armamento en la zona y la importancia estratégica de Oriente Próximo para el suministro energético y el equilibrio geopolítico global, un conflicto ampliado tendría repercusiones económicas y de seguridad a escala mundial. Otro peligro sería que se consolidara un estado de guerra permanente. No habría grandes batallas, pero afectaría de lleno a la estabilidad, la economía y la seguridad de todo el mundo. Es decir, que la gravedad ya depende del fracaso de la democracia. El desenlace estará en manos de las negociaciones locales, pero también de que las grandes potencias quieran compartir una seguridad y se olviden de pactos a corto plazo.