Acaban de cumplirse cuatro años de la guerra de Ucrania. ¡Menos mal que iba a durar unos días! Van miles de muertos inocentes; de los heridos, se ha perdido la cuenta; han desaparecido edificios, tanto públicos como privados; son muchas las casas que han sufrido daños importantes, y ni hay dinero, ni hay manos, ni quedan ganas para rehabilitarlas; son muchas las familias que han tenido que huir a otros países, y no pocos los que no huyen porque se lo impide la edad, los problemas de salud o porque no tienen donde ir; ni se sabe el número de niños que han sido reportados para ser adoctrinados aunque digan que para protegerlos; han sido muchos días de frío, de calor, de hambre, de miedo, sin luz, sin agua, sin teléfono, sin clases, sin trabajo… y la tragedia no tiene visos de acabar.
Al Putin de los demonios y a sus secuaces no les importa un palmo de tierra como dicen. Eso es el pretexto para justificar sus crímenes. La verdadera razón es la razón que da lugar a todas las guerras desde que el mundo es mundo: probar bombas, granadas, misiles, aviones, carros de combate, drones o como se llamen los nuevos artilugios y sobre todo vaciar los arsenales de armas para volver a llenarlos y así evitar que el más sucio de los negocios no corra peligro de desaparecer.
¿Quién puede creerse que con la facilidad que tienen para empezar una guerra les cueste tanto terminarla? ¿Por qué antes de acabar una empiezan otra? ¿Por qué en tantos siglos no ha habido ni un solo día sin una guerra en el mundo? ¿Por qué si quieren la paz se preparan para la guerra?
Porque en el centro de todos los porqués solo hay una respuesta tan simple como olvidada: porque en lo que los gobernantes no sean capaces de evitar problemas en lugar de crearlos, de arreglar los pueblos en lugar de destruirlos, de servir a los ciudadanos en lugar de servirse de ellos, que es su obligación y su responsabilidad, ni a los que estén a favor, ni a los que estén en contra, les interesa acabar con este viejo, vergonzoso y salvaje negocio que llaman guerra y algunos hasta se atreven a pedir el Nobel de la Paz. ¿Cabe mayor despropósito…?