OPINIóN
Actualizado 28/02/2026 09:08:36
Juan Ángel Torres Rechy

-La anécdota de la esfera me recuerda algo-, murmuré. Anquet se acercó. Sentí su brazo contra el mío. -I’m all ears-, susurró

En la esfera del dragón chino se podía apreciar todo, como en el Aleph.
Para otros relatores del caso, su encubrimiento a simple vista careció de inteligencia, pues toda persona acostumbrada a las letras, por mínimo cerebro que tenga, sabrá que ese resulta el lugar más correcto y menos previsible. Con una pizca de sal y buena suerte, todo queda arreglado. Quien desea comunicar algo, lo dice de una vez. No emplaza al destinatario a una postrera clave más.
En mi caso, el rastro solo medió un par de eslabones, que pude seguir debido a que la cafetería donde escribo estaba cerrada, por vacaciones de año nuevo chino. Sonó una notificación de mi teléfono. Era el bibliófilo de Kunshan. Acababa de volver de Shanghái. Tenía un mensaje que comunicarme.
Antes de revisar su mensaje en el teléfono, crucé la avenida. Me refugié debajo de un pabellón. En un foro sobre una exhibición de Modigliani, había conocido a una joven egipcia, de nombre Anquet, que le había hablado de mí. Releí el mensaje: «Anquet.» Antes de responder con otro mensaje de texto, lo llamé. —Sí, la recuerdo—, dije. Mientras el bibliófilo me contaba algunos pormenores adicionales, clavé la mirada en el tejado del conjunto habitacional enfrente. Las tejas eran diferentes, no eran compactas, ni negras, ni lucían pesadas. Tenían un color marrón. —¿Puedes recibirme en Nanjing? —me preguntó. —Solo será un momento. —Claro —contesté.
Dos horas más tarde, por primera vez, no iba yo a Kunshan a verlo a él, sino que él venía a verme a mí. Mientras esperaba en la estación de trenes, recordaba el jardín de su casa, con senderos empedrados con motivos florales y animales. «Estoy por llegar», escribió.
Su bastón, con una bola de billar 8, de la secundaria, no lo necesitaba, ni solía llevar nada en su portafolios, salvo algún poema impreso en casa: ambas piezas lucían como ornamentos de su vestir. Lo saludé en chino, o inglés. Él contestó llevando la mano al ala del sombrero. Abordamos el metro rumbo a Xuanwumen.
Si yo hubiera sido una persona experimentada, acaso doctorando en ciencias, de habla persa, habría sabido comportarme a la altura, pero como no era mi caso, actué con la inocencia que me ha caracterizado a mi pesar. Le pregunté qué lo traía a Nanjing. Él dejó caer la taza sobre el plato de cerámica. Apreció el sonido del golpe. Tomó la cucharita y la inspeccionó. —Es plata mexicana—. También señaló con la mano un Labubu de ojos rosados, con corazones en las pupilas, sentado en una silla de madera en una estantería. Me preguntó si había llevado algún Labubu a México. Yo omití las frases habituales de encuentros parecidos, no le pregunté cómo había estado últimamente, ni cómo estaba el tiempo en Kunshan. Le dije, en cambio: —Dígame—.
Puso sobre la mesa Los indios de México, de Fernando Benítez, en una edición francesa. Sacó un retrato de Angel María Garibay Kintana, impreso en una hoja suelta, más otro de Lino Gómez Canedo. También sacó una hoja con un foro público del Bulletin Board System, de la década de los setenta u ochenta. —El nombre del foro, por ahora, lo he raspado, así como el nombre del usuario—. Señaló con el dedo la consulta del usuario y me pidió leerla en voz alta.
Preguntaba si alguien conocía las obras tales y cuales del traductor de Fernando Benítez al francés, y los biógrafos de Angel María Garibay Kintana y Lino Gómez Canedo: Miguel León Portilla y José Luis Soto Pérez, respectivamente. —Pay attention to the date— indicó. A continuación, con un acento británico, continuó: —Something doesn’t add up.
Cuando el usuario hizo la consulta, las obras no habían sido escritas aún. —Además —explicó, indicando otro foro—, esta referencia a Dante Alighieri aparece como Comedia, no Divina comedia. Esto último, no lo sabríamos sino hasta ahora, con la publicación de Acantilado—. Cuando el bibliófilo de Kunshan citó por segunda vez la obra de Dante, dijo «Shen qu», o sea, Divina comedia. Yo le pregunté su parecer sobre el título de Comedia, aceptado por Acantilado. Él me replicó que si había leído a José María Micó.
La conversación terminó con una llamada suya a su consorte odontóloga. Le avisó que en un par de horas estaría de vuelta en casa: lo dijo para avisar que no podría llegar a cocinar los cangrejos del lago Taihu, que por favor ella los preparara. Antes de acompañarlo de vuelta a la estación de trenes, sacó una tarjeta del bolsillo de la americana. —Esta es la dirección de la librería de viejo, que tiene el volumen del catálogo que te mostré. Ese libro puede resultarnos de alguna ayuda, pienso. Si no te importa, además, Anquet me dijo que puede acompañarte. Me dio su número telefónico, aunque tú tienes su WeChat.
El libro del catálogo, me había advertido el bibliófilo, no se encontraba en el lugar correspondiente. En su sitio, junto al atril vacío, había una bola de billar. —Examínala con atención, pero sin despertar demasiadas sospechas— advirtió. Yo asentí.
—La bola de billar 8 del bastón es en realidad una esfera antigua, recuperada del retablo de un templo de la provincia Jiangsu, con dragones y leones jugando— explicó Anquet, en un café. —Esa esfera, de un material inapreciable, fue cubierta con pintura acrílica, esmalte, tal vez por el mismo librero que piensa tenerla, como bola de billar 8, en el escaparate.
Habíamos ido a ese café por los buenos comentarios de los usuarios en RedNote. Ella no quiso probar el café con crema de pistache. Tampoco pidió la tarta de la casa. En cambio, se limitó a pedir un café americano bien caliente, —tang yidiande kafei—. Tomó la pasta que acompañaba su café, me preguntó si me había gustado el mío, hizo algún comentario sobre la lámpara con forma de cajero automático violeta en la mesa al lado y, examinando un lapislázuli, continuó: —El letrero que prohíbe tocar la bola de billar 8 asegura que nadie reconozca el objeto escondido. Si retiras la capa de pintura, la esfera arroja una visión de todo lo que habrá sido y lo que nunca ha dejado de ser, desde siempre y hasta nunca—. Tomó mi pasta y le dio un mordisco. —Yo lo vi con este par de ojos— aseguró. —Pleasantly surprised— fueron sus palabras. —A bolt from the blue.
Yo no me inmuté. Atribuí todo a un juego derivado del encuentro casual entre Anquet y el bibliófilo de Kunshan, en el foro de la exhibición de Modigliani, en Shanghái. —I couldn’t believe my eyes— prosiguió Anquet. —La esfera está en el bastón del bibliófilo, no en la librería—. Me preguntó si le creía. Repitió que era cierto. —En una pausa de café, descubrió una cicatriz minúscula, apenas perceptible si pasas la mano sobre ella. Me dijo que la mirara contra la luz de un anuncio—. Yo no retiraba la mirada de Anquet, incrédulo. —Vi esculturas no conocidas de Amedeo Modigliani.
Yo me preguntaba si la broma no había llegado demasiado lejos. Al café habían llegado otras parejas. También estaba un joven de rasgos italianos, espalda ancha, jugando con el teléfono en un sofá con la forma de una piscina de bebés. —Qué más viste, le pregunté—. —La vi a ella, a la rosa de los vientos del Este— «The East Wind Rose», fueron sus palabras. Yo hundí la mirada en la mesa.
Con base en mi reducida experiencia para gestionar esas situaciones, atiné a preguntarle lo peor que pude haber dicho. —¿Cómo es ella?—. Sin pensarlo, dando un golpe con el lapislázuli en la mesa, respondió —Pues eso deberías decírmelo tú a mí—. Tras una pausa incómoda, con el horizonte teñido con los primeros colores del ocaso, la escuché leer en su teléfono, con la gracia de quien ignora el idioma: «II. Las flores, cuando nacen, / desconocen la brisa que se posará en sus pétalos. / Los árboles también ignoran el libro […] / Quizá con las estrellas, / fijadas al espacio, / el alma recuerde lo no sabido. // La luz en la farola de la calle no ignora / la fuente…» No la interrumpí, dejé que terminara. —Aquí en China eso me encanta —observó Anquet—, si una farola se funde, basta con levantar el reporte para verla encendida de nuevo por la noche.
—La anécdota de la esfera me recuerda algo—, murmuré. Anquet se acercó. Sentí su brazo contra el mío. —I’m all ears—, susurró.
torres_rechy@hotmail.com

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