Una madre de acogida salmantina comparte su emotiva experiencia tras cuatro veranos participando en el programa 'Vacaciones en Paz' con un niño saharaui. Su testimonio busca romper miedos y animar a otros hogares a sumarse a esta experiencia solidaria
El verano en casa de Monse y su familia se ha transformado en sinónimo de reencuentro y solidaridad. Sin embargo, la próxima campaña estival llegará cargada de una emotividad especial y un matiz de despedida. Tras cuatro años consecutivos abriendo las puertas de su hogar a un niño procedente de los campamentos de refugiados saharauis, este será el último capítulo de esta etapa concreta.
"Este año es el último que viene él. Los niños vienen con 7 u 8 años y solo pueden participar hasta los 12, y él cumple esa edad este año", explica Monse con la serenidad de quien ha exprimido al máximo una experiencia vital transformadora. Su historia no es solo un relato de acogida, sino un llamamiento directo a la sociedad salmantina para que pierda el miedo a participar en el programa 'Vacaciones en Paz'.
La conexión de esta familia con el pueblo saharaui viene de lejos. Aunque la idea surgió tras ver un anuncio hace años y contar con la predisposición de su marido, quien "siempre ha estado muy a favor de la gente del Sáhara", el proceso no fue inmediato. Tras un primer intento fallido por falta de plazas y el parón de la pandemia, una conversación con una amiga reactivó la maquinaria burocrática. "Me llamaron en noviembre o diciembre diciéndome que necesitaban familias, y así empezamos", recuerda.
Monse no oculta la realidad de los primeros momentos, desmitificando la experiencia para ofrecer una visión honesta a los futuros padres de acogida. El inicio "es duro", reconoce, marcado por la barrera idiomática y la corta edad de los menores, que suelen llegar con apenas 7 años. "Los primeros días son frustrantes porque él no nos entiende, nosotros no le entendemos y suelen llorar", confiesa.
No obstante, la capacidad de resiliencia de los pequeños es asombrosa. En el caso de su familia, el periodo de adaptación apenas duró diez días. A partir de ahí, la convivencia regaló momentos inolvidables nacidos del contraste entre dos mundos opuestos. Monse atesora anécdotas como la sorpresa del niño al ver agua corriente en un grifo, su fascinación por las piscinas o su primer contacto con un helado.
"La primera vez que le di un helado comía con la mano, no sabía lo que era, le sorprendía que estuviera frío", relata con cariño. Es en esos detalles cotidianos donde la familia encuentra la mayor recompensa: ver cómo se les iluminan los ojos ante realidades que en España se dan por sentadas.
Más allá del intercambio cultural, el programa cumple una función sanitaria vital. Durante estos veranos, la familia se ha volcado en cubrir las necesidades médicas del menor. "El primer año le arreglamos la boca entera, porque venía con ella llena de caries", detalla Monse. El acceso a revisiones médicas, oculistas y una alimentación equilibrada son pilares fundamentales de su estancia en la provincia.
La integración social del menor ha sido absoluta, convirtiéndose en uno más de la comunidad. El niño participa activamente en el grupo de scouts al que pertenece el hijo de la familia anfitriona, donde es recibido con entusiasmo. "Lo adoran, es como si fuera el niño de todo el grupo. Él está deseando llegar solo para irse al campamento de verano con ellos", asegura Monse con orgullo.
El vínculo ha trascendido las fronteras y los meses de verano. La familia mantiene el contacto durante el invierno mediante videollamadas y el envío de paquetes con comida y ropa a través de un conocido que viaja a los campamentos. Además, la red afectiva se ha ampliado al descubrir que el menor tiene un hermano mellizo acogido en Barcelona, lo que ha conectado a ambas familias de acogida en España.
A pesar de trabajar en el sector de la hostelería, con las dificultades de conciliación que ello conlleva, Monse insiste en que la experiencia es "totalmente gestionable". Lamenta que cada vez cueste más encontrar familias de acogida en Salamanca, una situación que atribuye al desconocimiento y a falsos mitos sobre las exigencias de los menores.
"A lo mejor existe ese miedo a no saber qué va a venir, pero son niños normales", insiste, desmintiendo que los pequeños lleguen con exigencias materiales. "A mí el niño nunca me ha pedido nada. Si íbamos al supermercado y le preguntaba qué quería, no pedía nada".
Para finalizar, lanza un mensaje claro a quienes dudan: "Es una experiencia única que deberían probar. Es más gratificante para ti que para ellos. Te dan más ellos a ti que tú a ellos". Mientras el pequeño regresa cada año a los campamentos con una sonrisa, Monse confiesa que ella se queda llorando, la prueba irrefutable de un vínculo que, aunque el programa termine por edad, ya es para siempre.