En una espléndida edición de Galaxia Gutemberg la autora castellano-leonesa vuelve tras veinte años a la poesía con este libro.
Conocí en persona a Esperanza Ortega de la mano de Castilla Ediciones y de la poeta salmantina Gloria Muriel. Y de ella me impresionaron la calma y el sosiego de quien hace bien las cosas, a su manera, sin estridencias, paso firme y decidido. Y así nos ha entregado este nuevo poemario, tras veinte años sin publicar no poesía, sino un libro. Con esa misma entrega apasionada a lo que define como “la dama más exigente, que me posee sin que yo la posea en absoluto”.
Esperanza Ortega ha escrito narrativa, crítica, ensayo, traducción, poesía, participado en las más importantes revistas literarias. Y es la poesía la que practica, como lo hizo su padre y lo hace ahora su hija, con calma, con sabiduría. Veinte años hace que no publica un libro de versos y, sin embargo, es la poesía la que ocupa su imaginario citando a un autor medieval “nunca la tuve/pero me tiene”, poesía como latido constante, alegría de escribir un poema, ese poema que no se sabe si es de la autora o de esa doble, amiga, reflejo, a la que interpela la autora: “ESCRIBIR UN POEMA te llena de dicha” escribe Ortega para iniciar un libro que finaliza de esta manera: “Hacer lo único que haría/si volviera a resucitar en otro mundo/escribir un poema”.
¿Y cómo es este libro de poemas que tan bellamente publica Galaxia Gutemberg? Pues quizás, un libro hospitalario. Un libro que nos resulta fácil de leer. Un libro necesario. Un libro amable. Un libro que toca el corazón. Un libro que nos deja un no sé qué que queda balbuciendo. Un libro que no se cierra al acabar su lectura. Un breviario que guardar en los márgenes del corazón. Un libro para quienes estamos en el borde de esa edad mediana, más cerca del final que del principio. Un libro enamorado de la otredad, un libro solidario. Un libro con empatía, un libro del que prendarse a cada verso. Un libro necesario.
Un libro de voz decidida “no me gustan los joviales que aconsejan/la terapia de la risa a los enfermos”, de voz memoriosa que recuerda a la madre y a la vez, se ve, certera y trágica, como quien no tiene nada: “tienes camisas y faldas y abrigos y zapatos,/ pero andas desnuda” o se mira al espejo sin ojos ni pelo. Esa voz que juega con los copos de nieve que se hacen tipografía, o que se compadece de un sol que no sale para todos. Una voz atenta al otro y a sí misma, reflexionando no solo sobre la vida “Así es y será siempre el Universo./La vida pequeña y el afán/infinito”, sino sobre esa muerte que, sin embargo, no vuelve trágico el poemario, ni siquiera ante el rostro del amigo muerto, como en el poema dedicado al poeta salmantino José Miguel Ullán. No, la poesía de Ortega no es dramática, sino cierta, sosegada en su sabiduría, lenta y a la vez, llena de dicha, escrita a la luz de lo cotidiano, con la cadencia de la lucidez, con esa vecindad con la muerte que practica la aparente sencillez del instante pleno de emoción.
Ortega, traductora del italiano, profesora de lengua y literatura durante toda una vida, practica una sutileza que, sin embargo, no practica el lenguaje complejo, la retórica vacía. Lo suyo es una profundidad que reflexiona a medida que avanza y hace reflexionar al lector evocando su propia experiencia. La vida cotidiana, constante afán, es de una profunda hondura. Calma y dicha, reconocimiento y cercanía, diálogo y espejo. En su reflejo nos miramos y nos reconocemos, de ahí que sea este libro una sorpresa que guardamos como breviario del corazón, como lectura de cabecera. La poesía que conmueve, acompaña, ratifica y nos identifica. La poesía de una amiga que se llama, tras su lectura, Esperanza Ortega.
Charo Alonso.