Hace no tanto que Alex Grijelmo, “ElPaís”, escribía sacando los colores al estamento arbitral. Porque acuñaron lo de la “inmediatez” para justificar la anulación de un gol, para mí legal, marcado por el futbolista Güller del Real Madrid.
Aquel episodio fue demoledor precisamente porque no lo denunció un exárbitro ni un forobo, sino un filólogo. Por lo que el estamento, muy aficionado últimamente a la literatura, quedó desnudo en su esencia. De hecho, Grijelmo no discutió una jugada sino que desmontaba una palabra: “inmediatez”, cuando el lenguaje se inventa para mandar.
El gol de Güller fue legal según el Reglamento escrito. Para anularlo hubo que crear un concepto nuevo, un subterfugio, no definido en ninguna parte con precisión operativa: La inmediatez. Grijelmo preguntó qué significa, donde está escrito, quién fija sus límites y por qué aparece solo cuando conviene. Conclusión implícita: no es un término reglamentario, es un artefacto retórico… El patrón es siempre el mismo:
- La jugada no encaja en el Reglamento vigente.
- La decisión ya está tomada.
- Se acuña o estira una palabra.
- Se presenta como criterio técnico.
- Se clausura el debate.
Nuevo debate semántico, ya sea aquello de la “voluntariedad”, ya sea ahora la “inmediatez”. “De esto solo pueden hablar los que han estado dentro”. Un lingüista externo señaló algo obvio: si el concepto no puede delimitarse, no puede decidir derechos. Y ahí el arbitraje mostró su verdadera naturaleza actual, no jurídica, no deportiva, sino discursiva. El Reglamento como literatura creativa (pero interesada). Lo grave no es que el lenguaje evolucione. Lo grave es que evolucione solo en una dirección: la que amplía el margen de poder del intérprete.
“Inmediatez” no aclara nada, no es tiempo medible, no es acción concreta, no es criterio repetible. Es exactamente lo que necesita una élite cerrada, una palabra que suena técnica, pero funciona como llave maestra. Lo cual podría encajar en “las mentiras del fútbol”. “Cuando el Reglamento no alcanza, se inventa un adjetivo”. También podríamos aseverar que “El problema no es que el árbitro interprete; es que ahora también escrib”.
Gracias a Grijelmo se ha visto con claridad que el arbitraje ya no gobierna con normas, sino con vocabulario. Y cuando el poder se ejerce desde el lenguaje, la justicia deja de ser discutible y pasa a ser explicable a posteriori.
El otro día, el comentarista de cámara de la Ser, exárbitro, daba voces a los periodistas porque aseguraba que el árbitro del VAR, en el partido Alavés-Real Madrid, nunca antes había amenazado al Real Madrid en unas declaraciones, desafortunadas, que fechas antes realizó. Una vez más, esta élite perniciosa se confabula para ir todos a una con un enfermizo corporativismo, pernicioso desde hace ya mucho tiempo. Tóxio porque no discute los hechos sino que desautoriza al mensajero, elevando la voz con mala educación, y es que cuando se grita casi siempre es porque los argumentos se han acabado.
Estamos asistiendo a un protectorado exagerado de los árbitros, a una élite que se protege incluso cuando yerra ya que reconocen que un error debilita el sistema de poder. El relato oficial siempre gira así: El problema no es que un árbitro haga declaraciones. El problema no es que exista un contexto previo. El problema no es que el Reglamento se estire. El problema es que “los periodistas lo digan”. Cuando hablar se convierte en el problema, ya no estamos en el deporte sino en una estructura cerrada de poder. El arbitraje en el fútbol no quiere ser justo; quiere ser incuestionable. Y eso es letal para cualquier sistema que aspire a credibilidad. Porque, al final, el mensaje es claro: No quieren que se analice lo que dicen, sino que se acepte lo que deciden.
Es lamentable escuchar, después de los 8 millones contabilizados en el Club de Fútbol Barcelona a favor del Vicepresidente de los árbitros señor Negreira, que “nadie puede demostrar que no hubo tráfico de influencias”, o que “nadie puede demostrar que no se condicionaron decisiones”, o que “nadie puede demostrar que no existió un clima de favor”. Pero es que no se descubre la “ética institucional” de ese acto contradictorio. Siendo el “corporativismo” en su forma más cruda el que aparece en los árbitros con solo encoger los hombros.
El corporativismo no prueba la inocencia; solo garantiza el silencio. Y mientras ese silencio se venda como rigor, el estamento no necesitará ser justo pues le bastará con ser inexpugnable. No se dice: “Esto no debería pasar”. Se dice: “No alcanza el umbral”. Y así el sistema no se examina, sólo se autocalibra.
El arbitraje puede dar al traste con el fútbol en España. El presidente del Barça fue al Juzgado y tanto FEF como LaLiga son acusación e hicieron solo una pregunta. Resulta vergonzoso. Dos Organismos supuestos garantes del sistema comparecen medio a escondidas. Instituciones que no buscan la verdad y hacen la pose del avestruz. “No queremos saber más”. Cuando el árbitro deja de ser árbitro y pasa a ser problema sistémico, el juego pierde su último sostén moral.
Afortunadamente, sube la moral al ver un árbitro de nivel, francés, dirigiendo en Lisboa el 17 de febrero de 2026 un partido entre Benfica y Real Madrid. Un árbitro sin estridencias, exacto, justo, siguiendo el juego muy de cerca y haciéndose respetar por los jugadores, sacando las tarjetas justas, ni más ni menos.
Salamanca, 19. Febrero.2026.