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OPINIóN
Actualizado 18/02/2026 03:04:20
Redacción

Solo hace siete años que conozco este carnaval, una tradición centenaria. Siete carnavales que he tenido el placer de disfrutar y sufrir, según la ocasión y el momento.

Mi primer contacto con el Carnaval del Toro no fue ni un encierro ni una capea. Fue algo mucho más sencillo y, a la vez, profundamente revelador: el sonido seco y constante de los martillos golpeando las puntas en los tablones mientras se montaba la plaza de toros. Ese sonido que, para un farinato, marca el verdadero inicio de la fiesta. Ese sonido que no necesita anuncio ni pregón porque se reconoce con los sentidos y con la memoria.

La plaza, centenaria y montada año tras año de forma tradicional, desprende olor a madera recién trabajada. A su alrededor, los montadores se afanan en su labor entre bromas y voces, mientras los paisanos continúan con sus quehaceres cotidianos, se detienen un instante, saludan, observan… y siguen. Todo fluye con naturalidad porque esto no es algo improvisado: es una tradición profundamente arraigada entre sus gentes.

El Carnaval del Toro es una fiesta marcada por el toro: encierros y desencierros, capeas, festivales taurinos, encierros a caballo, toros del aguardiente… y vuelta a desencerrar. Pero también convive con lo alternativo: bailes de disfraces, concursos, carrozas y una ciudad que se transforma por completo durante cinco días intensos.

Miles de personas forasteras llegan para disfrutar del ambiente. Personas de todas las nacionalidades, bares llenos hasta no caber un alma y calles que se convierten en pistas improvisadas donde se baila al son de las charangas que resuenan por toda la ciudad. Disfrazados de cualquier cosa imaginable, como manda el carnaval: color, ruido, desorden y alegría compartida.

Y HABLANDO DEL CARNAVAL… y sus disfraces.

Siempre entendí que un disfraz sirve para provocar la risa, para parodiar, para homenajear o para representar algo o a alguien. El carnaval es precisamente eso: una expresión popular donde la intención, el contexto y el espíritu lo son todo.

Hoy, martes de carnaval, último día de estos cinco días tan intensos como agotadores, confieso que me ha explotado la cabeza al escuchar ciertos comentarios sobre un disfraz.

Jesús Martín, con esa alegría que desprende y que siempre —y cuando digo siempre es siempre— nos sorprende, volvió a hacerlo. Disfraces trabajados, imaginación desbordante y muchas ganas de que los demás lo pasemos bien. Esta vez tuvo la brillante idea de honrar a un colectivo que desde hace años no falta en el carnaval: los vendedores ambulantes de chapas, gafas, gorras y todo lo que cabe en unas cajas que transportan de un lado a otro, recorriendo las calles día tras día con una sonrisa mientras ofrecen su mercancía.

Un trabajo duro y poco agradecido, pero trabajo al fin y al cabo.

Chuchi se pintó la cara de negro, se puso una peluca, un chándal y se confeccionó una sábana repleta de las ya famosas chapas. Salió a la calle y, una vez más, la gente sonrió. Mi sorpresa llegó cuando, en un corrillo, escuché decir a algunas personas: “Eso es un disfraz muy racista”.

No pude evitar darme la vuelta y decir: Dios, ¿con qué ojos miráis? ¿Qué mente tenéis? ¿Por qué no puede hacerse un disfraz de esto? Entonces lo entendí. Cuando uno mira con malos ojos, sus pensamientos se vuelven así: malos.

Muchos de los presentes sabrán que hoy Chuchi se pintó la cara de negro. Lo que quizá no sepan es que, desde el primer día de este carnaval, su corazón ya iba teñido de luto. Y aun así —o quizá precisamente por eso— decidió salir a la calle. Porque pocas formas hay más honestas de honrar a quien ya no está que seguir defendiendo la tradición que da sentido a estas fiestas. Ahí estaba Chuchi, haciendo un enorme esfuerzo personal, vistiendo su disfraz y regalando su mejor sonrisa, no para esconder el dolor, sino para rendir homenaje a lo que significa el carnaval y a todos los que lo viven y lo han vivido.

Yo no soy más que una novata. Una novata algo más empapada de esta cultura que hace siete años, con un respeto absoluto hacia todo lo que se hace y representa el Carnaval del Toro. Y hoy, más que nunca, con un profundo respeto hacia todas esas personas que, a pesar del cansancio, del frío o del dolor, siguen haciendo grandes esfuerzos para que el carnaval esté presente, siga vivo y continúe latiendo año tras año en las calles de Ciudad Rodrigo.

Ana B. ASENSIO

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