«La Cuaresma es un tiempo para creer de nuevo, para confiar de nuevo y para amar de nuevo.»
PAPA FRANCISCO
«Quien ayuna del pecado y se alimenta de la Palabra de Dios celebra un ayuno agradable al Señor.»
ORÍGENES
La Cuaresma es uno de esos tiempos fuertes del cristianismo que con frecuencia se entienden de manera reductiva. A menudo se la asocia casi exclusivamente con la renuncia, el sacrificio o la privación, como si fuera un paréntesis incómodo que hay que atravesar antes de llegar a la alegría pascual. Sin embargo, su sentido más profundo es mucho más rico y esperanzador. La Cuaresma no nace para empobrecer la vida, sino para orientarla; no pretende encerrar al creyente en la culpa, sino abrirlo a una transformación que afecta a toda la existencia. Es un tiempo que mira hacia adelante, un camino que conduce a la Pascua y que, precisamente por eso, educa en el futuro.
Desde sus orígenes, la Cuaresma está vinculada a la experiencia bíblica del desierto. Israel atraviesa el desierto durante cuarenta años antes de entrar en la tierra prometida; Jesús pasa cuarenta días en el desierto antes de iniciar su vida pública. No se trata de un espacio de huida, sino de un lugar de verdad. En el desierto se caen las seguridades, se revelan las dependencias y se aprende a confiar. La Cuaresma recoge esta memoria bíblica y la traduce en una experiencia espiritual que sigue siendo actual: crear un espacio interior donde la vida pueda ser escuchada sin disfraces. En una sociedad marcada por la prisa, el ruido y la saturación de estímulos, este tiempo litúrgico propone un ritmo distinto, más lento y más humano.
La liturgia de la ceniza expresa de manera sobria y elocuente este comienzo. “Recuerda que eres polvo”, se dice al creyente, no para humillarlo, sino para situarlo en la verdad de su condición. La fragilidad no se oculta ni se disimula; se asume. Pero esa verdad no conduce a la desesperación. La ceniza no es un punto final, sino un inicio. Remite al barro del Génesis, del que Dios modela la vida, y anticipa la posibilidad de una recreación. San Agustín lo expresó con profundidad al afirmar que Dios es “más íntimo a mí que yo mismo”, recordando que la gracia no actúa al margen de la fragilidad humana, sino desde dentro de ella.
Históricamente, la Cuaresma fue también un tiempo de preparación intensa para los catecúmenos que iban a recibir el bautismo en la noche de Pascua. No se trataba solo de una instrucción doctrinal, sino de una verdadera iniciación a una vida nueva. La conversión, núcleo de este tiempo, no era un simple ajuste moral, sino un cambio de orientación vital. Volver el corazón a Dios implicaba aprender una forma distinta de vivir, de relacionarse y de mirar el mundo. En este sentido, la Cuaresma conserva una dimensión profundamente eclesial y comunitaria: nadie se convierte solo.
La Escritura insiste en que esta conversión no puede reducirse a un gesto interior. El Dios bíblico vincula siempre la relación con Él a la justicia con el prójimo. El profeta Isaías lo expresa con palabras que la liturgia cuaresmal pone de nuevo en nuestros labios: el ayuno que Dios quiere es “partir el pan con el hambriento” y “no desentenderse de tu hermano”. La Cuaresma desenmascara así una religiosidad superficial y recuerda que no hay culto verdadero sin compromiso con los más vulnerables. Como escribió san Juan Crisóstomo, “no honras el cuerpo de Cristo si lo desprecias cuando lo ves desnudo en el pobre”.
Las prácticas tradicionales de este tiempo —ayuno, oración y limosna— no son fines en sí mismas. Son gestos pedagógicos que buscan reordenar la vida. El ayuno educa el deseo y libera de la dependencia de lo inmediato; la oración abre un espacio para escuchar a Dios en medio de la vida; la limosna rompe el encierro en uno mismo y convierte la fe en gesto concreto. Vividas así, estas prácticas no empobrecen, sino que ensanchan el corazón. La Cuaresma aparece entonces como una crítica silenciosa a una cultura del consumo y de la autosuficiencia.
Lejos de conducir al pesimismo, este tiempo mantiene viva una esperanza sobria y realista. La tradición cristiana nunca ha separado la cruz de la resurrección. La noche no se niega, pero tampoco se absolutiza. Se atraviesa. Antes de la Pascua está el Viernes Santo, pero ese viernes no es el final de la historia. Como recordaba Jürgen Moltmann desde la teología cristiana, la esperanza no nace de ignorar el sufrimiento, sino de creer que Dios puede abrir futuro incluso allí donde parece cerrado.
El perdón ocupa en la Cuaresma un lugar central. No como gesto fácil, sino como experiencia que libera y recrea. Perdonar no borra el pasado, pero impide que el pasado determine el futuro. San Gregorio Magno afirmaba que “la misericordia es la prueba más clara de la conversión”, subrayando que el perdón no es debilidad, sino fuerza transformadora. En un mundo marcado por la herida y la división, la Cuaresma propone un camino exigente y profundamente humano.
En definitiva, la Cuaresma es una escuela de fe y de humanidad. Enseña a vivir con menos ruido y más verdad, con menos autosuficiencia y más confianza. No invita a huir del mundo, sino a habitarlo de otro modo. San Juan de la Cruz lo expresó con sobriedad luminosa al decir que “el alma que anda en amor ni cansa ni se cansa”. No se trata de acumular esfuerzos, sino de dejarse transformar por un amor que precede y sostiene.
Vivida así, la Cuaresma deja de ser solo un tiempo de privación para convertirse en un anuncio discreto del futuro. Proclama que la fragilidad no es el final, que la historia no está cerrada y que la vida, incluso atravesada por la cruz, puede renacer. Esa es la esperanza que conduce a la Pascua y que, año tras año, sigue sosteniendo el camino del creyente.