Delante de nosotros, la niña que monta en su bicicleta de ruedines cae al suelo en un remolino de colores y gorro de lana. Tarda un momento en darse cuenta, y después rompe a llorar para que cualquier mano la levante del barro aunque solo se deja consolar por el padre que le suelta la letanía reiterada del no-pasa-nada-sana-sana-culito-de-rana. Manchado su atuendo invernal y desconfiada, la pequeña prefiere seguir en brazos y dejar que el padre lleve su bicicleta y me pregunto si ese dulce y doble esfuerzo no lo recordaremos, cuando pase el tiempo, como un regalo pequeño de tiempos de lazos, trenzas, caídas, tiritas y libros infantiles. Un tiempo de colores y bienaventuranzas.
Cada gesto contiene la suma de un mundo acariciado por la lluvia, agotado por las noticias que no cesan, pulidos por un viento inclemente. Mientras nos apresuramos, lo pequeño despliega su milagro cotidiano, la gata busca el reflejo de la ventana, el niño el consuelo y la madre anciana, el gesto confiado del reconocimiento. Hay un visillo que se descorre, hay un árbol que anuncia las hojas en la yema apretada, hay un chico que te sonríe cuando le llamas por el pasillo por su nombre. Cada gesto es un momento detenido que adquiere su perfección al borde de su rima, en el verso de su quietud. Y dejamos a un lado la prisa, los temores, el frío del que estamos cansados, la humedad que corroe las paredes, las noticias de todo lo atroz que nos rodea. Un solo gesto y un solo ángulo que nos basta, el de la imagen de la inocencia de una ventana que se adorna de flores de papel, de plástico colorido, del toldo que anuncia días de luz y de balcones deseados que no se tienen. Y ahí, en el interior hospitalario del bar, sonríen las gentes la lentitud del domingo, ese de ritual sin horarios, de copa donde oficiar el misterio del pan y del vino, la mesa adornada de brotes de olivo.
Nos puede la barbarie de la pena y sin embargo, con la alegría de un niño pisando charcos dejamos la sonrisa flotar sobre las calles anegadas, oír el cascabel de una risa que encesta la mirada, golpea la pelota y no sabe de fríos ni de derrotas. Es el triunfo de lo pequeño, de lo humilde, de lo consabido, de lo diario, del tiempo ordinario de la semana que pasa, que se condensa en la copa del domingo y su bendita reunión en torno a la mesa. Y bajo un cielo nublado que se ilumina con su risa, la niña que acaba de caerse, desde el hombro de su padre, nos mira protegida de toda perturbación, milagro de la tarde.
Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.