“Hay una ley verdadera, la recta razón, conforme a la naturaleza, común a todos.”
CICERÓN
“El respeto a la persona humana no tiene grados.”
SIMONE WEIL
Cuando hoy hablamos de Derecho Internacional o de derechos humanos solemos pensar en tratados modernos, en Naciones Unidas o en declaraciones nacidas tras las grandes guerras del siglo XX. Sin embargo, algunas de las intuiciones más profundas que sostienen esas construcciones jurídicas tienen raíces mucho más antiguas. Una de ellas se encuentra en la figura de Francisco de Vitoria, fraile dominico del siglo XVI, catedrático de la Universidad de Salamanca y uno de los grandes pensadores del humanismo cristiano. En un tiempo marcado por la conquista de América, la violencia imperial y la justificación teológica del dominio, Vitoria se atrevió a plantear una pregunta incómoda y decisiva: ¿con qué derecho un pueblo se impone sobre otro?
Francisco de Vitoria no fue un jurista en el sentido moderno, ni escribió tratados sistemáticos sobre derechos humanos. Fue ante todo un teólogo que pensaba los problemas concretos de su tiempo a la luz de la razón y de la fe. Pero precisamente ahí radica su aportación: al reflexionar sobre la legitimidad de la conquista y sobre el trato a los pueblos indígenas, formuló principios que hoy reconocemos como pilares del Derecho Internacional. Su punto de partida es sencillo y radical a la vez: todos los seres humanos comparten la misma dignidad porque participan de una misma naturaleza racional. Por eso afirma con claridad que los indígenas americanos no eran inferiores ni incapaces de gobernarse, sino auténticos dueños de sus tierras y de sus comunidades. “Los indios eran verdaderos dueños, pública y privadamente”, sostiene Vitoria, desmontando así la idea de que la superioridad cultural o religiosa otorgue derechos de dominación.
El trasfondo filosófico de esta afirmación se encuentra en la obra de Tomás de Aquino, cuya influencia en el pensamiento de Vitoria es decisiva. De la tradición tomista hereda la convicción de que la razón humana es capaz de reconocer una ley moral inscrita en la propia naturaleza y válida para todos, con independencia de culturas, pueblos o creencias. Gracias a esta herencia, Vitoria puede sostener que la dignidad humana no depende de la fe cristiana ni de la pertenencia a un imperio, sino de la condición misma de ser humano.
Esta afirmación tiene consecuencias profundas. Si todos los pueblos poseen dignidad y capacidad moral, entonces no existe un poder universal —ni el emperador ni el papa— que pueda apropiarse legítimamente del mundo. Frente a la mentalidad imperial de su época, Vitoria defiende una comunidad internacional basada no en la fuerza, sino en el derecho. Aquí aparece su concepto clave: el derecho de gentes, un conjunto de normas que no dependen de la voluntad de un imperio, sino de la razón común a toda la humanidad. En este punto, Vitoria anticipa una idea que siglos después formulará Hugo Grocio, considerado otro padre del Derecho Internacional, cuando escriba que “el derecho natural tendría vigencia incluso si concediéramos —lo que no puede hacerse sin impiedad— que Dios no existe”. Ambos comparten la convicción de que el derecho entre los pueblos se funda en algo más profundo que el interés o la imposición.
Uno de los aspectos más originales del pensamiento de Vitoria es su defensa del derecho a la comunicación entre los pueblos. Los seres humanos, afirma, están naturalmente inclinados a relacionarse, viajar, comerciar y compartir conocimientos. Ninguna comunidad puede cerrarse completamente al resto del mundo sin traicionar su propia condición humana. Esta idea, expresada en su doctrina del ius communicationis, resulta sorprendentemente actual en un mundo atravesado por debates sobre fronteras, migraciones y hospitalidad. En el fondo, Vitoria sostiene que el extranjero no es un enemigo por defecto, sino alguien con quien se puede y se debe establecer una relación justa.
Ahora bien, Vitoria no idealiza el conflicto ni justifica la guerra con ligereza. Al contrario, limita de manera muy estricta las causas que podrían hacerla legítima y defiende con firmeza la protección de los inocentes. Afirma que nunca es lícito matar directamente a quien no ha cometido culpa alguna, incluso en el contexto de una guerra. Esta idea conecta con un principio central del derecho humanitario moderno y recuerda la afirmación de Kant según la cual “el ser humano debe ser siempre un fin y nunca solo un medio”. Aunque Vitoria no utiliza este lenguaje ilustrado, su preocupación es la misma: impedir que la persona quede aplastada por los intereses del poder.
Sin embargo, sería un error presentar a Vitoria como un pensador plenamente moderno. Su visión mantiene límites claros, propios de su tiempo, y no llega a formular una teoría de derechos individuales en sentido contemporáneo. Aun así, su aportación resulta decisiva porque introduce un cambio de mirada. Frente a la lógica de la conquista, propone una lógica del reconocimiento. Frente al dominio, la justicia. Frente a la fuerza, la razón. En este sentido, puede decirse que Vitoria prepara el terreno para una comprensión más universal del ser humano, que culminará siglos después en las declaraciones de derechos.
Jacques Maritain escribió que “la persona humana tiene derechos porque es persona, no porque el Estado se los conceda”. Esta afirmación, formulada siglos después, expresa con un lenguaje moderno una intuición ya presente en Francisco de Vitoria. Cuando el dominico salmantino sostiene que los pueblos indígenas conservan su dignidad y sus derechos con independencia del poder imperial o religioso que se arrogue sobre ellos, está afirmando precisamente eso: que el derecho no crea al ser humano, sino que debe reconocerlo y protegerlo.
No es casual que, quinientos años después, la figura de Francisco de Vitoria y el legado de la Escuela de Salamanca sigan siendo objeto de estudio y conmemoración. Este aniversario no recuerda solo a un profesor brillante del siglo XVI, sino el nacimiento de una manera nueva de pensar la justicia entre los pueblos. En un tiempo de expansión, conflictos y profundas desigualdades, Vitoria y sus discípulos se atrevieron a poner límites morales al poder y a situar la dignidad humana en el centro de la reflexión jurídica, allí donde la fuerza pretendía tener la última palabra.
La aportación de Francisco de Vitoria al Derecho Internacional y a los derechos humanos no consiste en haber dado respuestas definitivas, sino en haber abierto un camino. Un camino que recuerda que el derecho no nace del poder, sino de la justicia; que la convivencia entre los pueblos exige límites morales; y que la dignidad humana no es una concesión del Estado, sino un dato previo que debe ser respetado. En un mundo que aún lucha por aprender a vivir en paz, su voz, serena y exigente, sigue teniendo algo importante que decirnos.