De vez en cuando me gusta ojear las fotos de otras épocas y al hacerlo, tengo sentimientos y emociones encontradas. Por un lado, me asusta el paso tan rápido del tiempo, tan evidente en mí mismo cuando me veo ahora ataviado con más canas y más señales de madurez (es decir, más viejo), junto a sentimientos de nostalgia por recordar a tantas y tantos que ya no están pero que son parte de mi vida, adobada de esa mentirijilla de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Pero el cócktail se completa con el licor del agradecimiento por todo lo vivido y volver a confirmar lo afortunado que soy pese a todo lo que a veces me quejo. Y en esas imágenes del pasado que siguen en el presente estás tú, hijo mío.
Parece mentira que los meses, las semanas y los días hayan volado desde el día en el que te ví por primera vez en aquel hospital. Sí, acababas de nacer y cuando te cogí en brazos supe que mi existencia quedaba unida a la tuya. Pesabas bien poco y te podía llevar a cualquier lugar, porque sobre todo dormías y comías. Ver tu carita de bebé era causa de mucha emoción y cuando me agarrabas el dedo de mi mano, me sentía más vivo que nunca. Aquellos ojos que hablaban cuando me miraban, tu capacidad de explorar, de aprender, de querer tocar todo y hasta llevártelo a la boca. ¡Cuántas veces te cambié de pañales o me dormí a tu lado rodeado de muñecos y juguetes de mil colores y olores!
Tus primeros pasos y tu risa contagiosa ante cualquier cosa. Pero también tu llanto y tus lágrimas por hambre, miedo o por rabia. Veo fotos en las que sales con la cuchara en ristre y tus morritos llenos de puré o papilla, con ese babero lleno de lo que no te cabía en la boca. Y cómo te sorprendía todo, y te quedabas con la boca abierta al descubrir la lluvia o las olas del mar, una melodía bonita o los dibujos animados en la tele. Tus primeros lienzos artísticos en las paredes de casa o tus primeras patadas a un balón de fútbol, más grande que tú. Esos cuentos que te contaba que escuchabas con inusitada atención hasta que te daba sueño, o ese chocolate que te encantaba comer a cualquier hora.
Y ahora, ya ves, has crecido en estatura y edad. Ahora estás en ese período que los mayores hemos bautizado como adolescencia. Mis historias te interesan menos y hasta a veces te parecen cuentos chinos. Te enfadas mucho cuando te digo algo que tienes que hacer, y no te gusta o con lo que no estás de acuerdo. Pero que sepas que me gusta mucho cuando das argumentos o razones, porque veo que vas teniendo tus ideas propias. Y aunque me contestes, te pongas cabezota o te enfades cuando te digo algunas cosas, quiero que sepas que yo también necesito tiempo y sabiduría para comprender que vas creciendo y ya has dejado de ser un niño.
Porque ser padre no es fácil, hijo. Por un lado quiero lo mejor para ti, pero por otro lado sé que a veces no te dejo crecer si siempre te digo cómo hacer las cosas, aunque eso signifique que te puedas estrellar contra la pared. Es muy difícil el equilibrio entre dejar hacer e intervenir en lo que haces, dices o con quien vas. Cuando te pongo límites con el uso del móvil o te doy caña para que estudies más, lo hago con el convencimiento de que eso es lo que tengo que hacer, aunque sé que no te guste escucharlo. Me gusta que me cuentes cosas tuyas y también me gusta contarte, compartir planes contigo y me alegra verte crecer, aunque yo tenga la sensación de que lo haces muy rápido, incluso corporalmente. No, yo no soy de los que dice que ojalá fueras siempre un niño. Yo quiero que vueles y que experimentes la miel y la hiel, lo hermoso y lo difícil. Yo también fui adolescente un día y en algún momento pensé que mi padre no me entendía. También fui rebelde y cuestioné a mi padre simplemente porque era autoridad. También he desobedecido y las he liado (no te voy a dar ideas). Por ese te entiendo, aunque a veces se me olvide el manual del padre ideal y me enfade o me deje llevar por mi orgullo. Quizá, aunque lo intento, nunca consiga entender la música o los influencers que tanto te gustan y yo no acabo de pillar, pero quiero que sepas que seas brillante o mediocre en las notas, juegues mejor o peor al fútbol, triunfes o fracases, te quiero y mi corazón lleva tatuado tu nombre para siempre.