Nos da un respiro la lluvia que nos arrasa y de regreso a la calma de la casa, en medio de la oscuridad del parque infantil oigo a los chicos que reconquistan los columpios con su altura de gigantes, su peso indebido, su infancia reciente. Se balancean como salvajes y se cuelgan, monitos aún, recordando sus tiempos de niños, de madres atentas a la caída, de toboganes en los que ahora, ocupan todo el espacio de colores. Los niños, mientras, soberanos del parque, están en casita recién cenados, olorosos de baño y prestos al sueño ojalá con cuento y beso para contar cuatro esquinitas tiene su cama. Los angelitos, los otros, de largos brazos, piernas y voces cambiadas, juegan a ser de nuevo enanitos de jardín, borrachos de columpio y balanceo. Habitan el parque en la penumbra y no asustan a los patos porque estos están, los pobres, recluidos por la gripe aviar en alguna granja municipal donde echar de menos las migas de los pequeños visitantes y las miradas de los mayores que echan la mañana en los bancos fríos.
Junto al parque, las cristaleras de la piscina climatizada nos devuelven una imagen extraña frente al frío del largo abrigo, de la cabeza cubierta. Es el nadador casi desnudo que se deja ver tras el vaho de la pared acristalada, como una aparición de otro mundo, un mundo cálido de brazadas lentas a esta hora en la que nadan los que acaban de salir de su trabajo, los que aún no se recogen en la casa. Tampoco resonarán allí las voces de los niños, los niños que, como mi hija, llenaban de colores y cabezas calvas la hora de la clase, espuma en el agua y plástico resbaladizo de los aperos de nadar. Niños a los que había que secar con un abrazo y que ya no tienen ni edad de jugar a los columpios por la noche con la pandilla. Niños que ahora están acabando la universidad, pensando en un trabajo que les hará adultos, el miedo a no saber atravesando sus últimos años en ese contenedor de espera que son las clases. Ese espacio amable donde todo está reglado y se refugian para soñar quizás con el estanque de patos y hasta con un tobogán de colores.
Más arriba, hacia la casa, al otro lado del cristal los hombres mayores ven el fútbol mientras se beben la caña de un rato amable, el vino de un tiempo en el que anochece pronto y hace un frío que pela. Aún se sienten fuertes, independientes, no llenan el pasillo de las esperas de una residencia en la que se siente el calor y la serena tristeza. Que sigan bebiendo, me digo, que sigan nadando, lanzándose al vacío, soñando entre los apuntes, demorando la llegada a un mundo en el que el cambio es la única ley inexorable, el poderoso drama del paso de la vida. La vida que me dio una niña nadadora, una niña para ir al parque, una niña que ahora se abisma entre papeles y enlaces a una plataforma… y mientras, llueve y llueve.
Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.