En numerosos puntos de la Península, durante las últimas semanas muchos españoles ( y portugueses) hemos tenido la posibilidad de asombrarnos con las fuerzas de la Naturaleza, en esta cadena de borrascas que nos han sacudido. Nos hemos asombrado, hemos visto paisajes inacostumbrados, producidos por el viento y el agua, hemos sentido algún temor, conscientes de la capacidad destructora de la Naturaleza, cuando sobrepasa algunos límites y, a la vez, hemos sentido y visto cierta belleza en este derroche de vida y fuerza.
En algún momento de nuestra mirada, más o menos alarmada, hemos sentido también que las dimensiones de esos fenómenos atmosféricos nos sobrecogen, son demasiado grandes para nuestras capacidades y tamaño, y solamente podemos frente a ellos poner barreras, huir, protegernos. Y junto a nuestra sensación de empequeñecimiento, hemos echado de menos los seres vivos, pero pequeños, los que podemos dominar, cuidar, amar, proteger; nuestro jardín, nuestra huerta, nuestro perro, nuestra vivienda, todas las manifestaciones de la vida y del entorno que nos rodea.
En mi experiencia personal, la primera enfermedad de mi gatito, que ha coincidido con esta época borrascosa, me ha empujado a valorar lo pequeño. Y he recordado una frase leída en la prensa, la semana pasada de un ingeniero agrónomo de orientación ecológica: “Los seres humanos deberíamos empezar seriamente a retirarnos de más territorios, para que los elementos vivos tuvieran más expansión”, escribía.
Los siglos de civilización vividos ya, nos muestran que en la imaginaria batalla de la Naturaleza y el ser humano, nuestras tácticas continuas de dominio y ocupación del territorio nos llevan a la derrota del medio ambiente y de nuestra propia especie. Todo estratega aprende que una temporal y parcial retirada, puede ser el comienzo de la victoria. El planeta Tierra no parece admitir cualquier modificación de su funcionamiento: el hecho de haber llegado a un calentamiento significativo de las aguas oceánicas, de haber producido el deshielo parcial del Ártico y el aprovechamiento para trazar nuevas vías marítimas que lo crucen, puede que no sean avances para el bienestar de la Humanidad, sino seguramente significarán más deterioro de las leyes que rigen la Naturaleza, tiempos más inestables, más borrascas, más nevadas, más sequías, veranos más largos e intensos, etc…
Aceptemos que ante muchas facetas de nuestra Tierra y de la Naturaleza, solo nos cabe contemplar su belleza, renunciar a su explotación, pues corremos el riesgo de que buscando “tierras raras” ricas en minerales, enrarezcamos sin retorno nuestra existencia.