OPINIóN
Actualizado 04/02/2026 18:54:41
Ángel González Quesada

“Lo que dice no dice / lo que dice: ¿cómo se dice / lo que no dice?”. OCTAVIO PAZ, ‘La palabra dicha’, en Días hábiles, 1958-61

El desconocimiento que la sociedad española, en general, tiene de lo que fue, significó y provocó en España el golpe de estado fascista de 1936, la posterior guerra civil de tres años y la consiguiente dictadura de cuarenta, sigue dando lugar a polémicas, enfrentamientos, debates y foros que, en su mayoría, no intentan una explicación racional y veraz de la escalofriante realidad histórica, social, cultural y de convivencia que se inició con la asonada militar del 18 de julio de 1936, sino que buscan una suerte de reparto de responsabilidades y una balanza de igualdad entre vencedores y vencidos, un prorrateo de sufrimiento entre víctimas y verdugos, abonando de esta forma no solo el desconocimiento abismal de la realidad, sino una forma de absolución de los culpables y vías de culpa de los perjudicados, que no hacen sino aumentar el diámetro de la boca abierta social, educativa, académica e histórica que, desinformada, traga en este país cuanto le echen.

Es el caso del aplazado Foro llamado ‘1936: la guerra que todos perdimos’ (título que ya anuncia esa equidistancia de responsabilidad que la derecha política nunca deja de buscar), auspiciado, entre otros, por el conocido escritor Arturo Pérez Reverte, y en el que se pretendía “debatir” públicamente sobre las circunstancias, responsabilidades y “culpas” del golpe de estado reaccionario de aquel año, con la presencia “en igualdad” de diversas personalidades de diferentes sensibilidades políticas, algunas claramente alineadas con el fascismo y defensoras tanto del alzamiento militar como de la posterior dictadura.

El conocimiento de la participación en esa “tertulia” con disfraz histórico de personajes de claro sesgo reaccionario como Aznar y Espinosa de los Monteros, conocidos manipuladores de la realidad histórica y defensores de lo más repugnante del fascismo, además de otros nombres igualmente alineados con la defensa del franquismo, hizo que los escritores David Uclés y Paco Cerdá, además de otras personas más cercanas en su sensibilidad a las víctimas que a sus verdugos, declinaran participar en el enjuague seudohistórico en el que, sin ambages se pretendía blanquear la responsabilidad culposa de represores, torturadores y asesinos, que a sangre y fuego sumieron a este país durante décadas en la más pavorosa oscuridad del miedo, la incultura, el hambre, el atraso, la imposición, la amenaza y el crimen. Las declaraciones, excusas y fintas dialécticas de algunos organizadores del citado Foro, una vez que las renuncias de muchos invitados obligaron a su aplazamiento, han venido a subrayar esa chulería característica de los petulantes perdonavidas españoles, ese deje fatuo conocido ya en alguno de sus voceros, ese intento de ‘sostenella y no enmendalla’ que identifica al engreído incapaz de rectificar.

No sería adecuado terminar estas líneas de lamento por la difusión de la mentira y la preponderancia que quienes informan otorgan a los mentirosos, sin citar, además de las abismales lagunas académicas, educativas, culturales y de enseñanza de que la historia reciente de este país adolece, una categoría cómplice de pasiva actividad en esa operación de falseamiento de la historia: el silencio. Ante estos continuados intentos de manipulación histórica, duele y hiere, repugna y alarma, el silencio de quienes particularmente conocieron la verdad, de quienes personalmente vivieron los hechos, de quieres por sí mismos fueron partícipes o espectadores sufrientes tanto de la dictadura como de sus consecuencias, sus asfixias y la cotidianidad de su sufrimiento, y que vivieron en sus propias carnes las miserias del franquismo y que, sin embargo, una vez desaparecidas las prohibiciones y las amenazas (ya hace cincuenta años, dicen) siguieron guardando un silencio ominoso incluso para sus cercanos, para sus hijos y nietos, y se negaron a contar qué fue, a desdecir al mentiroso, a desmentir el bulo, a recordar qué era y a decir cómo era, con un egoísmo que ha querido justificarse con un sentimiento arraigado de miedo, pero que en la mayoría de las ocasiones (salvemos aquí las excepciones) no ha sido sino un mendaz egoísmo y mirar a otro lado, un sestear indiferente mientras la realidad se manipulaba, y que ha contribuido y contribuye a la perseverancia de la mentira histórica, a la boca abierta de la ignorancia en la mentalidad de los más jóvenes que se ven, así, expuestos e indefensos ante la amenaza manipuladora de foros, alatristes y mentiras.

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