El novelista zamorano afronta en El último caso de Miguel de Unamuno la sospechosa muerte del rector.
‘Venceréis, pero no convenceréis’. Casi noventa años después, las palabras de Unamuno siguen resonando en el lugar donde fueron pronunciadas y el silencio del Paraninfo de la Universidad de Salamanca nos recuerda la mesa presidencial donde se sentó junto a Carmen Polo de Franco y Millán Astray. Fue su particular día del destino al que le siguió el confinamiento, aislamiento y una muerte extraña y repentina. Le habían silenciado, algo peor que la muerte, pero para Luis García Jambrina, quien le ha hecho revivir en otra novela, Miguel de Unamuno está muy vivo y su palabra, en estos tiempos complejos, se alza mucho más.
Charo Alonso: ¿Estás convencido de que la muerte de Unamuno fue un asesinato?
Luis García Jambrina: Totalmente, absolutamente. Y lo pongo en relación con otras muertes que se atribuyen a Francisco Franco: la de Sanjurjo, Mola, la del jefe de las Fuerzas de Canarias, que no se había unido al movimiento.
Ch.A.: Lo público y lo privado, es la familia quien tiene la última palabra a la hora de exhumar los restos de Unamuno.
L.G.J.: Legal y moralmente la familia tiene la primera y la última palabra. Lo de ser personaje público no implica dejar de ser una persona privada. Creo que debe ser la familia, no el Estado ni ninguna de sus instituciones, incluidas la judicial y la académica, la que debe decidir sobre ese aspecto. Yo lo tengo muy claro.
Ch.A.: Primero la verdad que la paz. ¿Estaría de acuerdo Unamuno con la búsqueda de la verdad, aunque sea de una forma tan tremenda como una exhumación?
L.G.J.: Yo creo que la verdad debe estar por encima de cualquier otra consideración, siempre que la familia lo permita, claro está, pues, como he dicho, ellos son los que tienen el poder de decisión. De todas formas, creo que hay que ver las cosas relacionadas con la muerte con toda naturalidad. Una exhumación puede ser necesaria y conveniente en determinadas situaciones. No hay nada tremendo ni morboso en ello. Se ha hecho con otros escritores, como, por ejemplo, Pablo Neruda, que es un caso que tiene bastantes similitudes con el de Unamuno.
Ch.A.: Llegas incluso a explicar cómo se produce esta muerte. ¿Verdad o ficción?
L.G.J.: Tras publicar el libro sobre Unamuno escrito con Menchón, mucha gente vino a mí a contarme cosas. Incluso alguien que hablaba de una amiga suya, criada en una casa del parque de San Francisco, que había ayudado, probablemente a Aurelia, a amortajar a Unamuno, me contó que esta afirmaba que en el cuello de la camisa había gotas de sangre. Inventar eso es un poco raro, puede ser un testimonio poco fidedigno, pero lo cierto es que Bartolomé Aragón no da el perfil de alguien que comete un asesinato.
Ch.A.: Poniatowska decía que sus estudiosos sabían más de ella que ella misma, y tú has estudiado la vida y la obra de Unamuno durante muchos años. ¿Puede decirse que lo conoces perfectamente?
L.G.J.: Nunca se conoce perfectamente a nadie por mucho que se lo estudie o se conviva con esa persona, pues siempre hay facetas que se escapan. Yo tengo una relación de familiaridad con Unamuno y, por así decirlo, empatizo mucho con él. He trabajado como becario en la Casa Museo durante año y medio, he editado y comentado algunas de sus obras, ahora dirijo una revista sobre él, y eso me da una amplia perspectiva. Yo creo que Unamuno se conocía bastante bien a sí mismo. Pero su yo, su identidad, era múltiple, cambiante, inestable… Por eso sigue siendo un misterio. Hay estudiosos por ahí que pretenden saberlo todo sobre él, y lo que en realidad nos ofrecen es una visión muy limitada y dogmática de Unamuno. Unamuno no admite encasillamientos de ningún tipo.
Ch.A.: Se celebran los 90 años de la muerte de Unamuno y tú participas en una Comisión que la estudia, ¿no puede pensarse que hay demasiadas coincidencias, que es una novela muy oportuna?
L.G.J.: Mi proyecto de escribir una novela como El último caso de Unamuno data nada menos que del año 1987, hace casi cuarenta años, cuando trabajaba en la Casa Muso Unamuno. Escribí un cuento sobre el tema hace unos veinte años, en el 2005; y un ensayo, con Manuel Menchón, hace cinco años. La redacción de la novela estaba ya muy avanzada antes de que comenzara a andar el grupo de investigación, del que formo parte. Lo de los 90 años es una coincidencia; tampoco es un aniversario completamente redondo. A mí me hubiera gustado más que fuera el centenario. Pero las cosas surgen cuando surgen; he necesitado muchos años de aprendizaje y experiencia para poder escribir esta novela y ya no podía esquivarla por más tiempo.
Ch.A.: Unamuno no quería etiquetas y tú escribes una novela histórica, detectivesca, filosófica, y también, como tantas de las tuyas, metaliteraria, algo que me fascina. ¿Cómo la definirías tú?
L.G.J.: En efecto, al igual que a Unamuno, no me gusta que me clasifiquen ni que coloquen lo que escribo en los viejos casilleros de siempre. Digamos que es una novela ambiciosa con trama de novela negra, subtrama amorosa y trasfondo histórico, entreverada de reflexión política y filosófica y con una gran dosis de intriga y de misterio. Pero lo central y más importante es su protagonista: un personaje complejo y extraordinario, lleno de aristas y paradojas, pero creíble, un antihéroe heroico.
Ch.A.: Yo diría que es una ‘nivola’ y lo que menos me gusta, Luis, es su historia de amor frustrado aunque fecundo, con Teresa.
L.G.J.: Sí, también es una ‘nivola’; y es una nivola llena de guiños y juegos literarios muy unamunianos. En cuanto a la historia amorosa, tiene como puno de partida el libro de Unamuno así titulado y alguna anécdota más o menos real. Es un amor que va más allá del tiempo y del espacio; es un amor simbólico y no por ello menos apasionado. Más que frustrado, yo diría que es un amor imposible, como lo son, por lo general, los grandes amores. Creo que completa muy bien la imagen que tenemos de Unamuno, de persona demasiado austera y puritana.
Ch.A.: Afirmas que esta novela está muy documentada con investigaciones propias y ajenas y una dosis de ficción. ¿Temes que esa ficción acabe siendo tomada como una verdad por el lector?
L.G.J.: La mayor parte de las cosas que tenemos por verdades son pura ficción, por no decir burdas mentiras. Yo en mi novela he buscado la verosimilitud y una verdad que podríamos llamar poética o literaria, y que nada tiene que ver con la verdad jurídica ni con la verdad histórica, verdades que con mucha frecuencia son falsas e interesadas o están amañadas y manipuladas. De modo que no debería haber ningún problema con eso. Lo importante es ser honesto cuando escribes y tratar de hacer tu trabajo de la mejor manera posible.
Ch.A.: El momento en el que Unamuno sabe de forma irrevocable que va a morir es una parte excelsa de la obra. ¿Qué sentiste escribiéndola?
L.G.J: Fue un momento muy emotivo para mí. Incluso me puse a temblar mientras lo escribía. Como Unamuno sabía de sobra, pues habla de ello en Niebla, con frecuencia sucede que el personaje se te va de las manos y adquiere cierta autonomía o independencia y toma las riendas de la novela. Y eso fue lo que me pasó en ese y otros episodios con Unamuno. Digamos que lo dejé hablar y que dijera lo que tenía que decir. A veces el escritor lo que tiene que hacer es apartarse un poco y permitir hablar libremente a los personajes, y más en los momentos decisivos de la novela, como el que mencionas.
Ch.A.: ¿El tiempo hace que aflore una verdad que ha estado oculta por miedo a las represalias? Ahora somos libres para hablar.
L.G.J.: Yo creo que en el caso de la muerte de Unamuno el miedo lo explica todo. Por un lado, matan a Unamuno porque tienen miedo de que hable y de que sus palabras lleguen más allá de las fronteras, ya que Unamuno era muy conocido y respetado. Y si muchos no se atrevieron a reconocer lo evidente, que es que a Unamuno lo asesinaron, es también por miedo. En el momento del hecho y durante la guerra y la posguerra, fue por miedo a sufrir represalias e incluso a ser fusilado. Y después, porque el silencio se había convertido ya en una especie de losa muy pesada que nadie se atrevía a levantar, por temor a que se pudiera considerar un silencio cómplice. De modo que por miedo se ha dado crédito a la versión oficial y luego ya ha sido muy difícil ponerla en duda. Por supuesto, ahora somos más libres que en aquellos momentos, pero ese silencio cómplice ha seguido presente hasta no hace mucho, yo diría que hasta que, primero, Menchón y luego Menchón y yo nos atrevimos a decir que el rey estaba desnudo, como en el famoso cuento. Y nos atacaron o nos lanzaron muchos reproches por ello, sobre todo en Salamanca. La muerte de Unamuno ha sido un tema tabú hasta hace poco, incluso dentro de la propia familia. Nunca se hablaba de la muerte del abuelo.
Ch.A.: Unamuno era incómodo para todos, y me gusta que le muestres frágil y hasta criticado por sus amigos. Sus paseos por esta ciudad son una parte importante de la obra, como lo eran los de Fernando de Rojas ¿A ti te hablan las paredes de Salamanca, Luis?
L.G.J.: Claro que era frágil, pero también fuerte y valiente. Fue un héroe y un antihéroe. Y, en efecto, Unamuno era un gran paseante y caminante de la vida. Las viejas piedras de Salamanca saben mucho sobre él. Solo hay que pararse a escucharlas. Las piedras hablan, sobre todo la piedra de Villamayor, tal vez por ser arenisca y porosa.
Ch.A.: Todos los expertos en Unamuno acaban pareciéndosele físicamente. ¿Cuándo te recortas la barba barroca, Luis?
L.G.J.: A mí me dicen que parezco más bien a Valle-Inclán, cosa que tampoco me disgusta, pues es otro autor admirable de la misma época. En cuanto a lo de parecerme a Unamuno, preferiría parecerme por dentro, ya que para mí es un referente ético y político.
Ch.A.: Confiésalo, dinos que has usado la ouija...
L.G.J.: Usé la ouija con Fernando de Rojas cuando era adolescente, y luego me valí de ello en mis novelas. Con Unamuno no la he necesitado. Hablo con él sin ninguna clase de artilugio ni de intermediario, pues para mí está más vivo y presente que nunca. El problema con Unamuno es que no se calla nunca.
Ch.A.: El primer libro tuyo que leí es un bello volumen de cuentos con Unamuno en la portada y un título extraño Muertos S.A.
L.G.J.: Como ya dije, la idea de mi novela es muy antigua y tiene el antecedente del cuento que publiqué en 2005 en ese libro; el personaje central de ese cuento, que es una niña, lo he recuperado, por cierto, en la novela. Pero fueron la escritura de La doble muerte de Unamuno y la investigación correspondiente las que me llevaron a recuperar aquella idea inicial. Fue entonces cuando sentí que por fin estaba preparado para escribirla, después de haber escrito trece novelas, dos libros de cuentos y varios libros de ensayo. Las cosas necesitan su momento y su punto de maduración. Por otra parte, son dos libros, La doble muerte de Unamuno, y la novela, completamente distintos. La diferencia fundamental estriba en que con ella he podido llegar mucho más lejos que con el ensayo y describir las cosas desde dentro y de una manera más viva y menos distanciada. Aquí, además, he abierto mucho el foco y he tenido en cuenta otras contribuciones posteriores, así como declaraciones de testigos más o menos directos y más o menos anónimos que me llegaron, por diferentes vías, después de la publicación del ensayo, y que añaden nuevos datos y perspectivas o que confirman lo que ya intuía. Lo relativo a la muerte de Unamuno se completa, por otra parte, con un hipotético caso que el propio Unamuno pudo haber investigado en esos primeros meses de la Guerra Civil y últimos de su vida. Hay dos casos: el que investiga Unamuno y el caso de la muerte del propio Unamuno, que, a lo largo de la novela, se van entrelazando.
Ch.A.: Parecía una muerte anunciada, el hallazgo por parte de Carlos Sá Mayoral de la carta a Henry Miller confiscada es muy reveladora, como la primera biografía de Margaret Rudd que esperamos leer pronto.
L.G.J.: La carta a Henry Miller es un documento muy importante que se suma a otras misivas que ya conocíamos. Es una carta que, como es lógico, también he tenido en cuenta en mi novela; de hecho, se alude a ella en un momento dado. En cuanto al libro de Rudd, puedo adelantar que por fin podremos leerlo muy pronto en castellano. La reivindicación pública de este libro surge a raíz de los trabajos de investigación emprendidos por el cineasta Manuel Menchón para su película documental Palabras para un fin del mundo (2020) y luego por ambos para La doble muerte de Unamuno. Desde entonces hemos hecho todo lo posible para recuperar la figura de Rudd y para que su libro se tradujera y se editara como es debido en Ediciones de la Universidad de Salamanca, donde pronto aparecerá, gracias a la complicidad y el buen hacer de su director, Jacobo Sanz, y el apoyo incondicional de Ana Chaguaceda, directora de la Casa Museo Unamuno.
Ch.A.: Habéis publicado de forma magistral Teresa, y La tía Tula.
L.G.J.: Han sido publicaciones muy hermosas y ambas han sido premiadas. Estoy pensando, aquí, en este lugar, que la gran historia de Unamuno era su vida.
Carmen Borrego: ¿Cuál es la obra de Unamuno que más te gusta?
L.G.J.: En cada etapa de la vida te vas fijando en una u otra. Me gusta la ambigüedad de La tía Tula, tuve de libro de cabecera Teresa y ahora Como se hace una novela, en la que confluyen lo autobiográfico, la intriga policíaca… es una novela renovadora, puro siglo XX. Unamuno era un pensador que se planteaba a cada paso muchos temas existenciales.
C.B.: Siempre nos preguntamos cómo pudo escribir y vivir tanto.
L.G.J.: Él decía que dormía las suficientes horas, paseaba, trabajaba, escribía varias cartas al día. Tenía facilidad, y en ellas, dice “es donde más estoy yo, donde más libre me siento”.
Ch.A.: La muerte le aterraba ¿Crees que verdaderamente asumió su destino en los últimos momentos?
L.G.J.: Quizás un poco a la manera de Jesucristo acepta lo que le va a ocurrir. Por la edad, por el contexto de la guerra, la muerte de tantos… a él lo que más le preocupaba era la familia. Se da por amortizado, dice que el día que le silencien, le han matado, y le habían silenciado, aislado, apartado.
Ch.A.: Por los dos casos que se entretejen en la novela, pasean un gran número de personajes, hasta Franco, su esposa, Millán Astray, y alguien muy especial, el conde de Alba de Yeltes, novio de mi Inés Luna…
L.G.J.: El Capitán Veneno, un personaje que casi parece de ficción. A mí me dicen que trato con respeto a los personajes, incluso a los villanos, y ojalá sea verdad. Por cierto, Filomena, la niña que aparecía también en el cuento del libro Muertos S.A. es real. Era la abuela de la editora de “El Gaviero Ediciones”. Me contó la anécdota y me dijo “Haz con ella lo que quieras”. Y cuando leyó el libro, su esposo, Pedro Miguel, el padre de la escritora Luna Miguel, me contó que ella había llorado leyéndolo porque encontró cosas que eran verdad pero que no me había contado. Su bisabuela era una mujer que jamás probaba el azúcar y que estaba convencida de lo que había visto. Yo la he recordado también en la novela.
Ch.A.: Para saber qué le pasaba con el azúcar hay que leer este libro que tiene una edición magnífica y que me gusta mucho porque conocí y quise a Álvaro Mutis, el autor de Maqroll el gaviero. Es una historia para escribir otro cuento. Luis, ¿te gusta el trasiego de presentaciones, entrevistas, jaleos editoriales...? Después de tanta documentación, trabajo solitario y horas y horas con tus personajes, debe ser un cambio tremendamente brusco...
L.G.J.: Las entrevistas, presentaciones, participación en festivales, clubes de lectura y mesas redondas son algo que hay que hacer, te guste o no; son gajes de este curioso oficio, que en realidad no es un oficio. Pero, como tú bien dejas entrever, es algo que agradezco después de tantos meses de escritura solitaria y con lo que disfruto mucho, aunque no siempre. Te permite también comprobar de primera mano cómo se va recibiendo y leyendo tu novela, que al fin y al cabo es lo que importa, que se lea.
Charo Alonso, Carmen Borrego.