En este contexto, no quedaría mal recordar a Carmen Balcells, restauradora, como Don Quijote y Sancho, de entuertos letraheridos
Lo que me desagrada de la literatura, en ocasiones, son las y los escritores. Quienes seguro entenderán el postulado, serán las y los lectores, a quienes, pienso, poco les importan las personas detrás de las firmas de los volúmenes degustados de principio a fin. Para esos lectores, debe resultar un martirio sufrir la intromisión de los autores en unas tramas que pudieron haber prescindido de ellos. Para esos buenos lectores, los libros deberían carecer de autoría, las portadas deberían exhibir únicamente el título de la obra. Lo demás —lo hemos escrito—, resulta innecesario. (Por el momento, no hablaremos de editoriales, mas no por ello no omitiremos, siquiera en este renglón, aunque no retomemos el hilo abajo, a Carmen Balcells, Mamá Grande de —suena horrible— grandes escritoras y escritores).
La estética del juicio se apoya en la idea de que lo oculto confiere mayor atracción que lo manifiesto. Con TikTok, me sucedió anoche. Una señora abría la puerta con sigilo. Cuidaba reducir al mínimo el rechinido de las bisagras. Contenía la respiración. Por medio de la luz que se filtraba del otro lado, sabíamos que se trataba de una habitación en penumbra. De espaldas a nosotros, se apreciaba a una persona de constitución robusta sentada en un sofá. Tenía el televisor encendido. La señora pisaba la alfombra con sigilo. Yo veía el video y no podía cambiarlo hasta no saber qué sucedería. La señora tenía un mensaje de texto en su teléfono. Lo leía atentamente y acto seguido confrontaba el escenario con el mensaje.
Cuando la trama de la historia consigue contagiarnos el suspenso, poco importa que el Jorge Luis Borges sentado frente a un río en realidad haya estado en esa ciudad inglesa. Si la filosofía del tiempo la creó un griego, un árabe o un egipcio, o una persona de esos lugares, de género femenino, poco importa, pensamos. Si el nombre de Juan Valera apareciera estampado en el libro Azul…, en lugar de Rubén Darío, el libro no dejaría de ser el mismo. Si Virgilio hubiera inventado a Dante, con la historia de Italia y el universo literario del poema, la Divina comedia (aunque la filología de Acantilado diga que el nombre correcto es Comedia, no Divina comedia, nosotros compartimos el uso acostumbrado, que no violenta, queremos creer, lo prescrito por la editorial apreciada; el nuevo título lo encontramos… cómo decirlo, perjudicado, cómico); la Divina comedia, decimos, no dejaría de llamarse así, por haber sido escrita por Virgilio. Si las Escrituras Sagradas las hubieran compuesto las mujeres y los hombres, en lugar del Espíritu Santo, tampoco perderían un ápice de sacralidad.
Mientras más lejos se encuentre el autor de la obra, mejor. Se reduce a cero la interferencia electromagnética. Qué difícil debe ser el trabajo de la entrevista periodística si el entrevistador no sabe dirigir el foco de atención a la obra. La perturbación obligaría a llevarnos las manos a los oídos y perdernos el silencio incómodo del autor. En mi trabajo, lo vivo de cierta manera. Procuro preparar las clases de principio a fin, con la cuenta de los minutos y segundos. Por qué. Para desaparecer detrás del contenido de la asignatura. Aquella fascinación por los títeres, o el teatro de sombras, un día de la infancia, cuando brinqué de la cuna y caminé entre los coches de la avenida hasta entrar al teatro levantando la cortina con la mano izquierda (con la derecha sostenía el biberón), aquella fascinación la he comunicado a la realidad por medio del artificio referido. Una marca de coches que aprecio en China se llama BYD, es decir, Build your dreams. Tiene razón con el criterio.
Pienso en el programa televisivo A fondo, de Joaquín Soler Serrano. Veo su fotografía en internet y llevo la mano al rostro. Vaya que tuvo que haberla pasado mal el locutor natural de Murcia; o debió haber trabajo muchísimo semanalmente, más que nosotros en la columna, para llegar a la altura de la obra de cada entrevistado y entrevistada. Caso contrario, en relación con el oficio de Soler Serrano, nos causa el programa El show de los libros, de Antonio Skármeta; ciertamente, este último fue un programa cultural chileno, no únicamente de entrevistas, pero a pesar de la falta de concordancia exacta establecemos la comparación. El episodio dedicado al Hijo de ladrón, de Manuel Rojas, nos resulta entrañable. (Qué bueno que la novela chilena no se llamó simplemente Hijo, o Ladrón.)
Aquella tarde en el teatro, todavía con leche en el biberón, escuché discutir a unos críticos de arte en el asiento de atrás. Hablaban de los símbolos en la obra de títeres. Decían que el número 666 colgado al cuello de un dragón chino encantador era la encarnación del mal. También comentaban que otro número, el 888, en el collar de un comerciante de la misma representación, ubicada en Shanghái, simbolizaba el infinito de la lejanía. Cuando refirieron, por último, que el tío artesano de jade tenía demasiadas y demasiados sobrinos (todos lo llamaban tío, en efecto), no pude más. Giré sobre el asiento, de pie, dejé el biberón al lado, y les dije que lo anterior lo podía soportar, hasta que mencionaron lo del tío. Ellos quisieron saber qué pasaba con el tío. Debido a la tensión del momento, no recuerdo si les expliqué el significado para la cultura china. Solo conservo la imagen de mis aplausos a la representación y del camino regreso a casa, con mis padres angustiados por no saber dónde estaba.
En los bancos, las personas tienen números, no nombres. En edificios inapreciables, como las cortes de justicia o los burós de asuntos igualmente sensibles, no se ve a ninguna persona en la primera nave del edificio, salvo el nombre de la institución con caracteres a la altura de la materia. Yo un día, caminando por el centro de Nanjing, en la noche, vi esos caracteres dorados, brillantes, en contraste con el fondo rojo del recinto, y me detuve a medio paso de cebra para tomar una fotografía. Antes de pulsar el obturador de la cámara, tenía a un policía a mis espaldas advirtiéndome sobre la prohibición de la fotografía. Yo sonreí, con la sonrisa de quien toma una fotografía en la Biblioteca Apostólica Vaticana y es pillado por el flash. Le mostré mi cámara. Fue a la carpeta de archivos eliminados y pulsé el botón rojo. Él me respondió meiguanxi, lo que interpreté como para la otra me quedo con la cámara.
Hablando de sustos, referiremos una anécdota de fantasmas. No será como los videos de TikTok, después del comentado arriba, de la señora con el mensaje en el teléfono «la mesa detras del sofa» (carecía de tildes). Vimos un par de videos donde las cámaras de seguridad registran por la noche la supuesta aparición de un fantasma, interpretado por un joven envuelto en una sábana que al final se parte de risa. La anécdota, en cambio, no tiene nada de artificio, obedece a la más pura realidad. El personaje es un extranjero en un país asiático. La amistad que me refirió la noticia me dijo haberla leída en una columna como la nuestra. Yo le pregunté si la creía verdadera. Por supuesto, me contestó. Lo leí en la columna. ¿La gente creía que él era un fantasma? Sí. La noticia comenzó a circular en las redes sociales. Nunca habían visto a un extranjero solo, sin compañía, en ese Distrito, en esa época del año, cuando todos en el país vuelven a sus lugares de origen para celebrar la festividad más importante del año. Qué pasó después, le pregunté. Ella me refirió el caso completo.
La parte más curiosa, me dijo, fue cuando un joven de una tienda de conveniencia se armó de valor y salió a su paso. Conocían con precisión la hora a la que pasaba por ahí. Sabían a qué café se dirigía. Tenían cronometrado el tiempo que se tardaba en ir al baño a la vuelta de la esquina. Sus fotografías, en 360°, se recuperaban con facilidad. Calzó sus sandalias el joven (nevaba, pero calzaba sandalias), dejó el teléfono en el escaparate y encaró al extranjero. Él se detuvo, sin saber qué pasaba. El joven retiró el sudor de su frente (nevaba, pero la tensión le arrancaba esas perlas de la frente). Dio un paso adelante. Otro más. Entonces, con el extranjero a media calle, con la gente de los demás establecimientos mirando por la ventana, frotando el cristal con el vaho del aliento, tendió el dedo índice y lo incrustó en su costado. El extranjero dijo ay. En ese momento, me dijo mi amistad, supieron que no era un fantasma. Un gato salió detrás del contenedor de la basura. Otro gato saltó del tejado a la calle. Un pájaro emprendió el vuelo desde el cable de luz. A partir de ese día, el extranjero fue conocido con el nombre de Fantasma en ese Distrito. Probablemente, alguno de los niños que vieron la escena detrás de la ventana, agarrando el ala del abrigo de los padres, en ese instante abrigó el deseo de ser un Fantasma cuando creciera.
Las historias resultan hermosas porque al encanto del érase una vez… la historia cobra una vida más real que la nuestra. Es como el mundo, el universo. ¿Podrían imaginar a un señor cansado, erudito, con dolor de articulaciones, como el creador de cuanto existe? ¿Podrían imaginar la creación como el tejido de una señora con la vista cansada, pasando los ganchos de la trama sentada al lado de una ventana, quizá en el ocaso? ¿Y si la creación fuera obra del joven del quiosco, que busca hacerse de unas monedas adicionales vendiéndole las confituras a las y los niños a un precio inflado, un joven que durante su sueño nocturno nos diera vida a nosotros? Al menos para mí, resulta mejor desconocer la autoría de la creación. Luce más bella así, quiero pensar. Más o menos en relación con esto, otra amistad, empapelando su biblioteca por unas obras de casa, sacó un volumen de Pablo Neruda e hizo un comentario sobre su nombre anterior, Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto. Yo glosé su observación con una cita de Michael Jackson. Él dijo algo más, que no aprecié por haber desviado la atención a mi teléfono. Asentí como una señal de deferencia.
El final del video de la señora de TikTok me decepcionó. Por eso no lo referiremos. Era una carta con el código para interpretar un acertijo. Ella, al inspeccionarla (esa parte nos resultó inverosímil: nadie se tomaría el tiempo de inspeccionar algo cuando se trata de robarlo), al mirarla forzando la vista, la desechó, tomándola como un recibo de la luz. En cuanto al extranjero, el Fantasma, después supimos que también cobró fama de sospechoso, pues nadie en su sano juicio, con recursos de una empresa estatal, permanecería en las inmediaciones de ese Distrito, solo con su sombra. Para el niño que abrigaba deseos de ser un Fantasma cuando se hiciera mayor, eso debió resultar un incentivo adicional.
Por este motivo, como decíamos no ayer, sino arriba, los libros deberían carecer de autoría. Mario Ruoppolo, el amigo de Pablo Neruda (sic), lo dijo en la novela de Antonio Skármeta, con el guion de que la literatura es de quien la usa, no de quien la escribe. Qué horrible gesto el de las y los escritores, cuando ponen sus firmas en los libros: rasgan el velo de la historia y asoman sus rostros, ya sonrientes, ya severos, ya compungidos, entre el coro de las letras sin adjetivos. La obra por sí misma dice que ellos han sido, como más o menos lo refirió Miguel de Unamuno.
Todas y todos sabemos que a Cervantes lo inventaron Don Quijote y Sancho. Imaginen, entonces, al Caballero de la Triste Figura y su escudero cabalgar desde Castilla a todo punto del orbe donde se citara a su criatura, Cervantes. Resultaría demoledor. Acabarían, quizá, a la orilla de un acantilado. Eso no significa, obviamente, que cualquier persona cobre el derecho de adjudicarse lo ajeno. Sería como decir que el joven del quiosco que le roba el dinero a los niños no resulta creíble para ejercer el oficio de creador del universo, y por ese motivo lo suplantáramos por una deidad prehispánica o africana. En este contexto, no quedaría mal recordar a Carmen Balcells, restauradora, como Don Quijote y Sancho, de entuertos letraheridos.
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