Esta semana continúo con el intenso acercamiento a la apasionante existencia —biográfica y literaria, profundamente entrelazadas— de las hermanas Brontë, cerrando el círculo que inicié hace quince días con Cumbres borrascosas, de Emily; continué el viernes pasado con Jane Eyre, de Charlotte; y clausuro ahora con Agnes Grey, de la menor de las tres, Anne.
Antes de adentrarme en el comentario de la novela, quiero detenerme brevemente en la personalidad de Anne, cuya biografía explica no pocos elementos de su obra. Durante mucho tiempo, su literatura fue minusvalorada, eclipsada por la poderosa sombra de Emily y, sobre todo, de Charlotte. Desde los inicios de sus carreras, Anne fue percibida como “la otra hermana”, una figura secundaria, casi una Cenicienta literaria. Entre las causas aducidas por la crítica figura su carácter tímido, dulce y retraído, interpretado en su época como debilidad. De salud frágil desde la infancia y huérfana de madre con apenas un año, fue objeto de una protección especial por parte de su familia y, en particular, de su tía Elizabeth Branwell, cuya severa religiosidad ejerció una influencia decisiva sobre ella. Las crisis espirituales de Anne, su temor al pecado, su inseguridad y su baja autoestima contribuyeron a forjar una imagen de fragilidad intelectual y moral que contrastaba con la energía apasionada atribuida a sus hermanas. Todo ello aflora en su novela.
La trama de Agnes Grey, narrada en primera persona, es sencilla y carente de grandes lances, muy distinta del dramatismo de Cumbres borrascosas o del misterio de Jane Eyre. Agnes, hija de un clérigo arruinado por una mala inversión, se ve obligada a trabajar como institutriz. Su experiencia en dos hogares —los Bloomfield y los Murray— revela distintas formas de degradación social. En el primero, la negligencia aristocrática se manifiesta en niños malcriados, padres ausentes y una posición profesional ambigua para la institutriz, respetable por su formación pero tratada como una sirvienta. En el segundo, de mayor refinamiento aparente, el desprecio, la humillación y la hostilidad persisten bajo una fachada de cultura superficial: “yo era la única persona en la casa que profesaba sólidos principios, que habitualmente decía la verdad y que en general tenía sentido del deber”.
El relato de estas experiencias, rico en escenas de una cotidianidad amarga, avanza entre muestras de fortaleza moral, religiosidad y espíritu crítico, aunque no sin, a veces, un cierto desaliento: “He vivido casi veintitrés años, he sufrido mucho y apenas he conocido la alegría. ¿Es posible que mi vida continúe siempre siendo tan sombría? (…) ¿No tengo derecho a mantener la esperanza?”. Durante su estancia con los Murray, Agnes conoce al clérigo Edward Weston, cuya sensatez, coherencia moral y bondad representan para ella “la estrella matutina que podía salvarme del terror de una oscuridad completa”. Weston aporta a una Agnes sufriente pero por fin esperanzada un atisbo de ilusión en un hilo de la trama novelesca cuyo desarrollo, como es obvio, no desvelaré.
Desde sus primeras páginas, la novela se presenta como un relato con intención moral: “Todas las historias verdaderas contienen una enseñanza…”; una afirmación que apunta, además, a un vínculo entre la vida de Agnes y la de Anne, reforzado por el carácter casi diarístico del texto (“Aquí me detengo. Mi diario, del cual he extraído estas páginas…”, escribe casi al final del libro). El paralelismo es evidente: la formación de Anne, su trabajo como institutriz, la inseguridad profesional, el despotismo infantil amparado por padres complacientes, la muerte de un ser querido (la tía Elizabeth), o la figura de un clérigo inspirador (Edward Weston en la ficción, William Weightman en la realidad).
A ello se suman numerosos guiños al universo compartido de las Brontë: coincidencias en topónimos y nombres; personajes intensos, introspectivos y en cierto modo marginales; temas esenciales en común: el conflicto entre pasión y moralidad; la figura femenina que desafía las convenciones; la crítica social y de clase; la denuncia del sometimiento de la mujer y la reivindicación de su dignidad, autonomía y derecho al juicio propio; motivos repetidos como la infidelidad conyugal, la violencia de algunos caracteres masculinos, la presencia evanescente de lo sobrenatural, las referencias bíblicas (muy abundantes en Anne), los espacios cerrados y opresivos —orfanatos, internados, casas aisladas, escuelas coercitivas, entornos familiares insensibles y carentes de la mínima empatía—, la importancia de la naturaleza como espejo moral y psicológico.
Agnes Grey presenta, no obstante, dos rasgos singulares: su exposición casi documental de la vida de las institutrices y su marcado énfasis pedagógico. La novela describe con minuciosidad la precariedad laboral y social de estas mujeres en una sociedad con escasez de hombres (1.053 mujeres por cada 1.000 hombres) y escasas salidas laborales “decentes” al margen del matrimonio. La enseñanza era una de ellas: en 1851 había unas 25.000 institutrices en Inglaterra, reflejo también en la literatura (entre 1814 y 1835, se llegaron a publicar ciento cuarenta novelas con institutrices en su trama). Anne describe esta realidad sin desprecio ni victimismo: salarios bajos, humillaciones, aislamiento y soledad, pérdida de identidad social, niños tiránicos, padres indiferentes, criados hostiles, y reivindica la dignidad profesional de la institutriz. La novela denuncia, con mesura, la violencia doméstica y cuestiona la autoridad familiar mediante la exposición paciente de los hechos, hasta el punto de que algunos críticos la consideran una novela testimonial o casi un informe, juicio con el que coincido y que, a mi entender, limita algo su valor literario.
Todo ello entronca con el fuerte didactismo moral de la obra. Para Agnes —y para Anne— educar es formar el carácter, cultivar la compasión y la integridad, no exhibir refinamiento social. Frente a los Bloomfield, que ignoran todo valor educativo, y los Murray, que confunden educación con apariencia, la protagonista afirma convicciones claras. Autoridad moral, honradez, ejemplaridad y prudencia frente a la impostura social: este es el mensaje central de la joven institutriz, expresado con un estilo claro y sobrio, una primera persona testimonial y cercana y una notable economía léxica. Todo ello hace de Agnes Grey una novela estimable, aunque sin llegar a la altura de las de sus hermanas.
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Anne Brontë. Agnes Grey. Alba Editorial. Barcelona, 1997. Traducción de Menchu Gutiérrez. 248 páginas. 16 euros