OPINIóN
Actualizado 06/02/2026 09:36:52
Álvaro Maguiño

En mi camino cotidiano, que ya rezuma a ritual de clausura apática, me ha llamado la atención un objeto que creía perdido en el imaginario de las oficinas de los noventa y de la teletienda del insomne. Se trata de un reposapiés ergonómico gris que nace bajo la premisa de evitar lo inevitable: el atrofiamiento de nuestros músculos inferiores. Resuena en mi cabeza de manera lejana esas comedias románticas de hace 30 años donde la primera ambición de la oficinista tímida era conseguir uno de estos artilugios como garante de un milagro. Y la crítica intrínseca del guion podría encaminarse a un recelo por las adversidades de la vida moderna.

Llueve y desllueve en los escaparates que hacen relucir los objetos de nueva temporada al lado de un atractivo “REMATE DE FINAL DE TEMPORADA”. Mis ojos deshacen la estratagema de manera arrítmica intentando seguir las dinámicas de ocultación y destape impuestas por los paraguas. Se torna un juego sugerente imbricado en la tibia rapidez que implica la común lluvia a mediodía. Pasan a mi lado con calma, también de los nervios y adivino en las telas impermeables una actitud cambiante. El viento los levanta, el sol los cierra. Pero el suelo no devuelve una mirada ergonómica, sino un simple deslizamiento que poco tiene que ver con las ambiciones de una oficinista que no sabe que se enamorará irremediablemente. Es algo diferente: la vida y lo humano, si es que se puede generalizar, se inmiscuye. La lluvia molesta a los que caminamos rápido porque nuestra mochila está mojada. Ello sin apenas cuestionar la comodidad de nuestros pies. ¿A qué debemos atribuirlo?

El binomio paraguas-reposapiés ergonómico despierta mi curiosidad porque parece descubrir un pedacito de una realidad que no atañe queja y, si lo hace, es puramente superficial. Quizás es más mi ánimo irritado —por no poder separarme de la bolsa de plástico que utilizo para evitar que se me moje el interior de la mochila al meter el paraguas— lo que hace que me fije más en el humor que desprende la vida del capital. El reposapiés es una reliquia atemporal que valida la inconsistente necesidad de permanecer sentado durante largo y tendido. Como si fuera una meditación sin deidad ni recompensa fuera del siglo. La espiritualidad parece girar en torno a una árida pantalla, espejo del deseo ajeno. El Excel devuelve la mirada, el blanco del Word recrudece las pupilas. Aunque todo parece estar bien en un mundo donde existen los reposapiés ergonómicos. Pues la cabeza dolerá y habrá ibuprofeno, los músculos se atrofiarán y encontrarán un buen sillón de masajes, los ojos llorarán y tendrán colirio. Aunque eso haga olvidar qué es lo que lo causó, marchándose entonces la protesta por el sumidero. ¿Para quién está verdaderamente diseñado el reposapiés ergonómico?

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