Anda alborotado el gallinero literario con mucha pluma y pocos espolones. Y ya lo dice César Aira: una cosa es la literatura y otra, el mundo literario. Y ese faranduleo nos da cierta vidilla en este invierno largo de humedades y vientos que se lo llevan todo, las páginas, las declaraciones y hasta los anticipos o las becas de estancia para escribir novelas que luego, ganan premios sustanciosos. Toda esa hojarasca crujiente de billetes, liquidaciones y hasta número de ejemplares vendidos en segundas y terceras ediciones engañosas. Al final, todo es cuestión de números y no de letras.
Como estamos polarizados hasta para elegir té, café o nesquik y cola cao, el ruedo ibérico de los autores es capaz de decir cosas tales como que no significa nada vender menos de trescientos ejemplares o que el Planeta tiene valor literario. Y mientras nos enredados en esas banalidades, discutimos acerca de la muerte de Unamuno sin leerlo o nos dedicamos a cerrar librerías o amontonar volúmenes de memorias famosas dignas de las páginas del Hola. Tiene todo esto su gracia -salvo la cuestión palpitante de la muerte de Unamuno-, al final, es más fácil dirimir tales minucias que leer a los autores, o abismarse en un libro de poesía. El debate intelectual e incluso, la contienda quevedesca o gongorina tienen ese nivel bajísimo al que nos asomamos porque es más fácil y frívolo hablar de la boina de los unos o la soberbia de los hotros, o negar la mayor y usar despiadadamente el trabajo de los demás sin citar ni siquiera la fuente donde se bebe sin tapujos y que se lo digan a una autora amiga mía que no puede creerse tamaña ignominia. Todo vale y todo cabe en el noble arte de novelar y dar capotazos a diestro y siniestro con muleta ajena. Por suerte, el mercado está tan saturado como el campo de agua, y lucen las novedades en la mesa menos que una bolsa de gominolas en la mía. Hojarasca he dicho, al viento de nuestras inclemencias.
Se divierten algunos autores diciendo boutades y lo hacen calibrando bien el peso del titular, sabiendo que van a arder las redes y multiplicarse los comentarios de toda índole. Al final, lo importante es estar en el candelabro, como decía la otra, que todo vale para seguir en el mentidero por si acaso al ir a buscar más madera, nos inclinamos por el libro del autor deslenguado. Un escritor de esos que cambia de editorial con un premio sustancioso como alfombra de bienvenida, el pellizco para comprar una casa o salir en los papeles enseñando en las fotos el pelo repeinado y el disfraz de progre-antiguo, la barbita descuidada o de plano frondosa al estilo de Valle Inclán, que también. Está revuelto el gallinero y todo lo que sea menear la página y hacer que nos interesemos por el libro resulta bienvenido, de ahí que estemos atentos a las diversas contiendas pese a lo liviano de su peso y a lo insustancial de su empeño. Vaya tropa, que diría el otro, de todas formas, lo importante es que estamos en san Blas y cigüeña verás.
Charo Alonso.
Fotografía: Fernando Sánchez.