Supongo que los primeros presidentes de gobierno de esta etapa democrática más de una vez estarán preguntándose si cumplieron con lo que de ellos se esperaba a la hora de interpretar la política exterior de España. Es posible que lo delicado de la situación en que algunos encontraron los asuntos internos no les dejara mucho tiempo para pensar en lo de fuera. También es cierto que, en aquellos momentos, no formábamos parte de la CEE ni de la OTAN, por lo que no era imprescindible acudir a reuniones de sus miembros. Ha sido ya en el siglo XXI cuando los viajes al extranjero han rellenado la agenda diaria de cada inquilino de La Moncloa.
Ya dijo Dios que no es bueno que el hombre esté solo y, para no desentonar, nuestros primeros espadas de la política comenzaron a familiarizarse con el empleo del avión privado. Como si de una progresión geométrica se tratara, cada presidente de turno ha ido superando la cifra de viajes de su antecesor. Zapatero ya puso de moda en su mandato la costumbre de subirse al avión -el destino era lo de menos. Efectuó 135 viajes para visitar 25 países. A pesar de su cara de alienado, después de dejar el cargo, está más tiempo en Venezuela que en España. Es un expresidente convertido en blanqueador de dictaduras y permanente enlace directo entre el régimen chavista y el complejo progresista de La Moncloa. Por cierto, muy bien “engrasado” desde ambos lados.
Tuvo que llegar Sánchez al poder para convertirse en el Marco Polo de la nueva España. Aquel viajaba a caballo, este en avión. Tiene más horas de vuelo que muchos pilotos de Iberia. Desde que entró en La Moncloa, ha efectuado 250 viajes y visitado 79 países. Si unimos los vuelos interiores –unos oficiales y otros por el “ya que”- llegaremos a la conclusión de que ha dormido más noches fuera que dentro de La Moncloa. Dicho lo anterior, no seré yo quien asegure que muchos de esos viajes no entran dentro de las obligaciones de un presidente de gobierno. Sí digo que en alguno de ellos ni le habían llamado ni se le esperaba.
Repasando la lista de destinos, me gustaría hacer algunas consideraciones. Se supone que todo presidente debe acudir a las reuniones que celebren los miembros de los organismos a los que pertenece; también a las naciones que Españas siempre ha considerado socios preferentes o a las que, por su potencial económico, puedan suponer una nueva forma de intercambiar negocios. Pues bien, muchos de estos postulados han sido bordeados por Pedro Sánchez. Los viajes a Bruselas (58) pueden parecer lógicos, aunque dudo que los demás primeros ministros de la UE hayan ido tantas veces. A no pocas naciones de habla española ha viajado menos veces que, por ejemplo, a China. En su última visita declaró: “China es un socio imprescindible a la hora de hacer frente a los desafíos globales”. Sí, ya sé que China es hoy abanderada del boom económico más pujante, pero una cosa es intentar aliviar nuestra balanza comercial y otra muy distinta poner en peligro información confidencial de tecnología occidental en el intercambio de vehículos, armas o medios informáticos. Si alguien pensó que debió informar a Bruselas, ya respondió que “España tiene derecho a mantener la política exterior que desee”. Prepotencia, soberbia y egolatría. Japón está al lado de China, es una potencia nada despreciable y ha ido una sola vez. Además, después de cada uno de esos tres viajes ha ido aumentando la diferencia, en nuestra contra, entre las importaciones y las exportaciones.
En los desplazamientos dentro de la península, hay destinos que están a una hora de Madrid y, sin embargo, ni tren ni coche, hay que usar el avión o el helicóptero. Claro que, después del accidente de Adamuz, conocedor del “integral” mantenimiento de vías y carreteras, no es extraño que prefiera el viaje aéreo. Si a eso unimos la extraña afición que tienen tantos españoles a dedicarlo su correspondiente abucheo cada vez que lo tienen a su alcance, razón de más para que huya de concentraciones que no estén organizadas por su gente.
Ahora bien, hay ausencias de un presidente del gobierno que no tienen perdón, a pesar del rechazo que despierta su presencia en según qué situaciones porque, además de ganárselo a pulso, eso entra en la nómina. Mientras todos los españoles estamos apenados y traumatizados por la tragedia de Adamuz, resulta que Sánchez –que tanto ha criticado la tardanza de Mazón al escenario de la Dana- no acudió al lugar de la catástrofe hasta el día siguiente, lo que no le libró del esperado recibimiento. Tampoco ha querido asistir al funeral celebrado en Huelva –ni él ni Puente- y desconozco si esa ausencia era para evitar los insultos, por su aversión a los actos religiosos o, tal vez, para seguir su política de desconsideración hacia la Corona.
Con Sánchez ya hemos superado nuestra capacidad de asombro. No es que mienta como un bellaco, es que no se recata a la hora de llevar a cabo todas las medidas que condenaba antes de acceder al cargo. Cuando ha visto que bordear al Constitución, acabar con la separación de poderes o conceder toda clase de prebendas a los que se declaran enemigos de España le sale gratis, actúa a cara descubierta sin importarle las graves consecuencias que está acarreando su política a todos los ciudadanos, y a sus descendientes. En una muestra más de lo que le importa España, acabamos de enterarnos que ha pactado con Bildu sacar a ETA de la lista de organizaciones terroristas. Es un cobarde cómplice de asesinos. Si no quiere sentir compasión por los muertos entre servidores del orden, militares o españoles a secas, al menos debería acordarse de los compañeros de partido asesinados por ETA. Eso, en mi tierra, siempre se ha llamado siempre traición.
No contento con todo lo anterior, Sánchez se ha permitido el lujo de no asistir al Senado –la legalidad no va con él- mandando al perdonavidas pucelano. El rey del exabrupto y garrulo guardagujas, tras permitirse negarse a contestar a ninguna de las preguntas que se le formularon, no desaprovechó la ocasión de dejar constancia de su soberbia, autocomplacencia, falsedad, insolencia, narcisismo, desvergüenza y, lo más grave, su total indiferencia ante el dolor de los familiares de las víctimas. Ni una palabra de consuelo. Corazón de piedra de un petulante psicópata.
Esto es lo que tenemos, y que nadie se frote las manos pensando que el doctor en resiliencia está a punto de caer. Su partido lleva una buena temporada sin ganar una sola elección, y ahí está. Sin mayoría, sin presupuestos, sin vergüenza y sin dejar el Falcon ni La Moncloa. En estas condiciones, y con PP y VOX tirándose los trastos a la cabeza, tenemos puto amo para rato. Le ha cogido gusto a gobernar desde el aire y, como no sea con un dron, nadie va a bajarle. Aunque sí lo sabe, no quiere gobernar como los buenos políticos: con los pies en el suelo y prefiere hacer castillos en el aire.