Claves del genocidio vendeano
La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, pasa aún hoy por el fundamento de la Revolución Francesa, artículo 35.
“Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es, para el pueblo y cada parte del pueblo, el más sagrado de los derechos y el más indispensable de los deberes”.
Eso dice la teoría y los libros sostienen las palabras que deseemos escribir; la práctica es muy diferente.
El 1 de agosto de 1793, la Convención ordena la aniquilación de la Vendée Militaire. El proceso fue tortuoso; el 1 de octubre de 1893, Turreau, general en jefe del Ejército del Oeste, envía a la Convención su plan para exterminar a “todos los habitantes” y quemar “todas las viviendas”. Pero cínicamente quiso cubrir su responsabilidad ante el Comité de Salud Pública y pidió que se le confirmaran las órdenes. Ante el retraso, volvió a enviar otra misiva el 29 de enero, y le llegó la confirmación de Lázaro Carnot, en nombre del Comité, animándole a ser implacable. Ante la dificultad de separar las familias, el Comité vota otra ley el 1 de octubre de 1793 para exterminar a todos los brigands, sin restricción, incluidas mujeres, ancianos y niños. Estos son los documentos del genocidio
Westermann y Turreaud encargados de ejecutarles, son conocidos como los carniceros de la Vendée se dirigen así a la Convención:
La Vendée ya no existe. Ha muerto bajo nuestro sable, con sus mujeres, ancianos y niños. Vengo de enterrarles en los pantanos y bosques de Savenay. Siguiendo las órdenes que me habéis dado, aplasté a los niños bajo los pies de los caballos y masacré a ancianos y mujeres, incluso embarazadas; no volverán a parir más bandidos. No tengo un prisionero que reprocharme. Todos han sido exterminados. Mis húsares tienen en la cola de sus caballos trozos de los estandartes de los bandidos. Los caminos están sembrados de cadáveres. Hay tantos que, en muchos lugares, hay montículos de ellos. Se fusila sin cesar en Savenay, ya que a cada instante llegan bandidos que pretenden rendirse como prisioneros (…) Nosotros no tomamos prisioneros; habría que darles el pan de la libertad y la piedad no es revolucionaria”.
Rendidos, exhaustos, arruinados, vencidos, los vendeanos deberían firmar un tratado de paz. Robespierre se negó, porque eran “irrecuperables y peligrosos para el futuro de una gran nación”, y gritó: ¡No hay salvación para los enemigos de la libertad!” No la hubo, pero no exterminaron a los vendeanos. Mataron a los presos por cientos, ahogándoles en el río Loira; las llamaron “deportaciones verticales” o “los baños de república” porque no los distinguían de los rebeldes, y era mejor matar inocentes que perdonar a un bandido. El genocidio acabó, por sadismo y diversión, por regocijo revolucionario al estilo Lenin, Stalin o Mao.
Pero la admiración del heroísmo vendeano y la repugnancia de los carniceros de la Revolución hacen que nos preguntemos: ¿Somos capaces, incluso en Navidad, de pensar en la Vendée, de comprender ese mundo de ayer, que fue capaz de ir cantando al cadalso? ¿Hasta qué punto entendemos hoy la religión como la entendían aquellos católicos admirables?
En las conocidas como las guerras de la Vendée, las autoridades revolucionarias sometieron a esta región del Oeste de Francia a una política de “tierra quemada”, cometiendo un genocidio religioso “estructural”. Mujeres asadas en barras de hierro como si fueran animales para obtener la grasa, niños de un mes, asesinados; aprovechaban la piel para hacer ropa … “El objetivo era la eliminación de un grupo social y religioso”. Es el holocausto modélico contra los cristianos.
En el aniversario de la Revolución, se quiso silenciar a la Vendée, incluso terminar con carreras brillantes. No cedieron las gentes de nuestro siglo, y salieron a la luz los crímenes de los supuestos adalides de la “Igualdad, Fraternidad y Libertad”, que sigue vigente como lema oficial de Francia, pero su aplicación real es un desafío constante, ya que la historia ha demostrado que nunca se cumplió, incluso durante la Revolución, donde hubo exclusiones y violencia, y hoy enfrenta nuevos retos como la desigualdad y la polarización de los franceses.